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lunes, 20 de diciembre de 2010

Peter Greenaway



Ayer, tras mañana de Rastro con la familia Atanes y cinecito con E. (por favor, vayan a ver "Balada triste de trompeta" sin expectativa alguna y coméntenme qué tal les ha parecido: yo aluciné), finalicé la ronda sistemática de Greenaway con el final del contrato del dibujante y, cómo no, con el cocinero, el ladrón, su mujer (de él) y su amante (de ella). Con Greenaway me pasa algo muy curioso, y es que siempre puedo dividir sus películas en dos grandes cuerpos: un desarrollo estético suave y una "grande finale" rápida, casi brusca, pero siempre duramente apoteósica. A Greenaway le puede la perspectiva estética de las películas y el solaz en los personajes excesivos: se pasa desarrollándolos la mayor parte de la película, y luego pasa lo que pasa, que le queda un cuarto de hora para desarrollar el núcleo del guión que, curiosamente, es el que más contenido tiene. Así que hala, a sintetizar una hora de contenido en 20 minutos como mucho. Y por eso, recordaba lo que me ha estado volviendo a pasar estos días: películas que me bajaban el pulso para luego ponerme repentinamente espídico y con ganas de ver algo de Lynch, Passolini o Alex de la Iglesia. Si es que, una vez exacerbados, nos encanta ver arder las cosas, que diría Guy Montag

martes, 23 de febrero de 2010

La cinta blanca, de Michael Haneke (un cuento infantil alemán)

A excitación del señor ISY, amigo cuya sensibilidad aprecio, abordé anoche la tarea de ver "la cinta blanca", Palma de Oro de Cannes y, con seguridad, perdedora en los Oscars por las razones que se deducirán. Buenos planos -imperceptiblemente variados, como debe ser-, mejor tratamiento de la luz y el blanco y negro, y la típica cadencia que en los primeros 20 minutos hacía presagiar que me iba a tragar un tostón pseudobergmaniano de la leche, lo que motivó el preceptivo SMS-reproche al mentado amigo: fresas salvajes sólo hay una. Pero según iba avanzando la peli, las cosas no eran lo que parecían, y poco a poco, bajo el sustrato de limpia y elegante sordidez que sólo los alemanes saben imprimir a sus dramas, se iba intuyendo que la verdadera película estaba desarrollándose en el subsuelo de la pantalla, donde no se puede ver, pero se escucha, intuye y huele. Y el olor de lo que subyacía era a algo estructuralmente corrupto, a una decadencia moral y crueldad sólo par a la de los verdugos, a una podredumbre que viene directamente del árbol, y no de los frutos. A un pesimismo de época, continente y era que transmitía ese pequeño gran miedo que sólo imprimían los augures romanos cuando abrían las palomas y veían que los Idus de Marzo se prolongarían, inevitablemente, hasta el saco de Roma y las violaciones sistemáticas serbias.

Porque el mensaje de la cinta blanca, prolongado durante 140 minutos, es que difícilmente hay solución para la crueldad cuando ésta se ha ejercitado durante tantas generaciones que ha devenido un rasgo genético, del mismo modo que las automáticas, irremisibles y negras consecuencias de la misma. Y que esta crueldad se contagia, no sólo entre los individuos, sino que, trascendiendo, puede llegar a imprimir a los distintos colectivos y plantar su estigma en toda una nación, hasta el punto de hacerla construir campos crematorios donde había que tener el cesped en perfecto estado estético. La cinta blanca muestra -no explica: lo deja al juicio de cada espectador- el germen de la peor decadencia, la que no pudre el alma, sino que lo arranca de cuajo dejándonos vivos para sobrevivir destruyendo, y las consecuencias que se pueden extraer con la sola contemplación de los cachorros de las bestias que, indefectiblemente, no pueden hacer otra cosa que vivir la vida que el entorno ha marcado, una vida que nunca fue libre. Y así, se puede compaginar el rostro más inocente con el ejercicio de una crueldad que, por estar en todos lados, no es percibida como tal por quienes la inflingen, que la ven como, y la ejercen, del mismo modo que se respira: naturalmente. En la Alemania de principios del XX se torturaba a los niños. Hoy, se prende fuego a los mendigos con la misma sonrisa alegre, con el mismo candor, inocencia e ignorante crueldad: la película no sólo se llama "la cinta blanca". debajo, en caracteres de alemán antiguo reza "Eine deutsche Kindergeschichte", es decir, un cuento de niños alemán; y cada palabra no es en modo alguno baladí. Y sí, hay que preguntarse qué nos ocurre y cómo ponerle coto, porque la otra opción es aceptar que somos animales rabiosos con el poder de la inteligencia. Y yo, al menos, sigo creyendo.

L.

PS.- Otra película similar, muy, muy buena y que pasó sin pena ni gloria fue "En el valle de Elah". Si les gusta la cinta blanca, vean la actualización a la fecha actual

lunes, 16 de noviembre de 2009

Pink Floyd. The Wall

La volví a ver ayer a raíz de una oferta de semanario, y sigue siendo tremenda. Quizás hoy más, en que lo que unicamente se ha democratizado es la capacidad de enloquecer, y en que los alumnos maltratan a los profesores. Un clásico que mejora a cada segundo de visionado. Respecto a las imágenes de régimen autoritario y a las animaciones, sólo las de Bill Plympton podrían estar a la par.

martes, 15 de septiembre de 2009

Requiem for a dream II (second trailer)

Desarrolla el primero: no me pagan por hacer publicidad a la película, que conste, y además se oye la "summer overture" de Mansell, un piezón que nos recuerda hasta qué punto recordamos la necesidad de armonía

lunes, 14 de septiembre de 2009

Requiem por un sueño (requiem for a dream), de Darren Aronofski

Esto, respetando el criterio del Sr. SY, es lo que le hubiera gustado saber hacer a Lars Von Trier. Sólo "12 monos", pocos días antes del segundo oral, me dejó con la sensación con la que he acabado tras ver las dos horas de caída libre más gloriosas que he disfrutado. Veloz, más adictiva que la heroína o las anfetaminas de sus protagonistas, es más que un drama: te agarra y te lleva abajo sin que puedas hacer nada por quitar la mirada de la pantalla, por mucho que te estés imaginando todo lo que va a pasar. Ni siquiera ver el brazo de Jared Leto, destrozado por los chutes de heroina, la pena por la madre o la tristeza ante la adicción de la bella Connelly te despegan de una película que, de ir a una cadencia más normal, habría invertido 4 horas en contar lo que cuenta. Y la música... por favor, escuchad la "summer Overture" de Clint Mansell y olvidad el señor de los anillos: esta es la película de la que no debería haber salido. Entre Pi y la fuente de la vida, Aronofski se ha ganado un lugar entre los directores más relevantes de esta década.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Despedidas (departures), de Yojiro Takita

Nunca entenderé por qué los yankis se empeñan tanto en imprimir velocidad a lo que no la necesita, como ocurre con este trailer. Despedidas no es una película tan dinámica: es una película que fluye, y ni necesita, ni quiere velocidad. Se ve desde dentro, y se sigue como un libro suave. La historia de un músico fracasado que, sin saber cómo, se mete a adecentador de cadáveres. Insisto, la película no es rápida. Pero es muy, muy bella, y la banda sonora,única -meted Joe Hisaishi en Youtube o donde sea, y disfrutad-. Valió la pena, y mira que refunfuñé sobre la elección... Dejaré Anticristo para otro día (aunque eso de la leyendita urbana de que Lars Von Trier estaba depre, y logró exorcisar sus fantasmas en el papel y que si pitos que si flautas, me está hinchando un poco ya ex ante)

martes, 16 de junio de 2009

El sueño de Alexandría (The fall).

Tarsem por aquí, Tarsem por allá... Si le añadimos dos monstruos como Fincher y Spike Jonze con ansias de producción onanistas, sale una película así. Los escenarios, increíbles; la puesta en escena, brutal; el color, el vestuario, las simetrías que forman la belleza... omnipresentes a lo largo de toda una película que no es una película, sino una sucesión de cuadros prerrafaelistas, de reflexiones de Wyeth, de sueños simbolistas, de mil colores soñados y mezclados (o no) por Pollock, Rothko, Twombly o Dave McKean. Curiosas las similitudes subconscientes con otra película especial como "the fountain" (la fuente de la vida), en que Rachel Weisz y, sobre todo, Hugh Jackman, extrañamente lo bordan. Pretendidamente basada, a su vez, en otra película, Yo Ho Ho de Zako Heskija, que tendré que intentar localizar para concluir si sí, o si no. Por favor, no hagan caso al aparente dinamismo que muestran sendos trailers. Ambas películas son para degustar con tranquilidad, disfrutando de los colores, los escenarios y los paisajes. De todo punto aconsejables, buenas para delimitar la verdadera naturaleza del acompañante-acompañanta. Si bien éstos suelen ir avisados (y por ende, preparados) a pelis como "el séptimo sello", "los siete samurais" o "el cielo sobre Berlín", estas dos maravillas visuales pillan por sorpresa y descubren facetas que, quizás, no queríamos aceptar: de ellos y, desgraciadamente, nuestras. A disfrutarlas