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miércoles, 18 de enero de 2012

Nunca cambiamos

Seguimos siendo los mismos niños que, por miedo a ser los próximos en ser humillados, nos unimos, serviles, a las voces de los abusones, y no dejamos de meternos con el débil de la clase, el tonto de la clase, el especial.

A raiz de una conversación con Miguel en el pasillo, he recordado uno de los personajes tan personales que deambulan por mi vecindario: no son los hermanos heavies. Tampoco, el chico del baseball, el ancianito que publicita el restaurante donde se come tan bien o el señor de los perros. Este es un chico tímido y triste que intenta ser mujer. Este chico claramente no es uno de esos transexuales de éxito, operaciones carísimas y modelazos. Este chico que viste de mujer ni siquiera sabe maquillarse bien; se viste torpemente, a trompicones, y nunca le sale, ni la raya del ojo, ni el conjuntado de los colores chillones que me lleva. Pero lo que sí le sale bien -y creo que mejor que a nadie que yo haya visto- es la mirada más triste y asustadiza que he visto nunca: la mirada precavida, fugaz y elusiva de quien, acostumbrado a que se metan con él todos los días -cada minuto, cada segundo-, sabe de seguro que le va a volver a caer la hostia, la burla, el sarcasmo... y solo desconoce el segundo concreto del minuto que, en ese preciso momento, está intentando sobrellevar.

No nos reímos de los transexuales de éxito, de los gigolos que reciben en el apartamento de Torrepicasso ni de los gilipollas que, no tan gilipollas, se forran dando sus doctas opiniones en La Noria o tuiteando sus reconciliaciones. Solo nos reímos de quien pensamos que podemos: de los débiles que no se van a revelar, de los hundidos que apenas pueden sacar la cabeza del agua para seguir respirando. De las pobres prostitutas que, en pleno pozo de la droga, venden sus machacados cuerpos (lo que queda de ellos) para sacar los 10 euros del próximo pico. De los que intentan cantar o hacer lo que piensan que mehjor saben para que les demos los 20 centimos de mierda de la vuelta del metro. Del señor de 70 años que, intentando tirar, se maquilla de payaso y se convierte en el verdader Pagliacci, que hace llorar con su vejez, su tristeza y su boca pintada de rojo desesperación.

Qué valientes somos, qué machos somos, qué hombres... Cuando, al final, lo que estamos es recordando cuando se metían con nosotros en el recreo, tantos años ha, y volvemos, una vez más y como si no hubieran pasado ya 40 años, a intentar desviar la atención de los que nos rodean, para que no nos miren con un mínimo de atención y, al fin, se den cuenta de que los verdaderos objetos de ridículo no debiera ser el mimo, el chico que intenta cambiar o el gangoso, sino nosotros.

Al final, en algún sitio, serán ellos quienes rían los últimos. Pero mientras eso llega, que Dios ampare al próximo hijo de puta que, delante de mí, se ría de mi chico que quiere cambiar -quizás volar a otro sitio mejor, donde, ya, no se rían de él-, y no le dejan.

miércoles, 11 de enero de 2012

Ya de vuelta

... Es cierto que se han pasado más de dos semanas sin escribir, pero circunstancias absolutamente imprevistas me han obligado a centrarme: tanto en los míos como en lo que, sin ser mío, me dijeron que podría haberlo sido. A fecha de hoy, estabilizadas las primeras y olvidada la ciencia-ficción de lo segundo, supongo -sólo supongo- que vuelvo a ser un poco yo. Ahora bien, es en circunstancias como éstas en que se constata la inderogabilidad de ciertos asertos que ni el supremo órgano de control de constitucionalidad puede inutilizar:

a.- Las desgracias nunca vienen solas, las jodías.
b.- El trabajo no se va de vacaciones
c.- El tiempo pasa que se las pela
d.- Todo el mundo envejece
e.- Los kilos, como el resto de las cosas, se cogen fácil, pero se sueltan con dificultad
f.- La política suele ser solo política
g.- Los platos no se lavan solos
h.- El lavadero puede ser visto por ciertos microrganismos como un Eden donde comenzar una nueva civilización (el cuarto de baño, también)
i.- En la próxima reencarnación, cambio el papel de inasequible al desaliento por el de cabrón al que le perdonan todo porque "es que el pobre es así": manda huevos, que diría Don Federico

Todo lo cual no obsta, pongo de manifiesto, a que os desee un feliz 2012 con pinta de que lo vamos a pasar bien. Que sigamos todos por el barrio, y con salud. Más, no necesitamos

L.

martes, 6 de septiembre de 2011

El perdón y el olvido

Seguimos crispados. Con unos, con otros y, muy especialmente, con nosotros mismos. El jodido paro continua subiendo, la Lagarde y el franco suizo nos están penetrando por todas las fronteras, los líderes sindicales que tenemos al fin comienzan a mostrarse como lo que realmente son, id est, un hatajo de chupópteros que, sabiéndose descubiertos, están intentando ponerse a cubierto de la justa ira de los trabajadores... Y en medio de esta olla a presión en que nos hemos convertido, no soy capaz de ver ningún espacio, ningún momento, para la paz. Por eso me limito, hoy, a hacer un llamamiento de comienzo de año (porque el año comienza en septiembre, no en enero), a la paz: y con nosotros mismos, la primera. Con los demás, después.
Me ha tocado presenciar y sufrir, por bastantes motivos, un incremento de tensión humana que, si no logramos canalizar, temo nos lleve al casi-desastre colectivo. La gente contempla con mirada perdida un futuro que se nos ha ido a todos de las manos, un panorama que ya ni siquiera es desolador, porque se antoja, como el peor de los escenarios posibles, perdido. Si el lienzo fuera negro, podríamos cubrirlo con una nueva pátina y volver a empezar, pero es que el bastidor se ha caído a una sima de la que con dificultad podremos recuperarlo. Por eso necesitamos paz. Y no la paz de los líderes, los visionarios o los papas, sino la verdadera paz, que es la que viene del perdón y del recuerdo, no del olvido o, ya que estamos, la memoria. Porque el olvido es la muerte eterna de lo que pasó, y la memoria se usa para almacenar números (de muertos) o datos (de injusticias), pero no para aprender del pasado que no se debe olvidar. Necesitamos sentarnos con nosotros mismos y bucear en nuestros recuerdos para encontrar los momentos en que fuimos felices y, localizados, intentar revivirlos hoy, ahora: para recuperar la felicidad, que yo entiendo como pequeños y concrtísimos momentos en que logramos reconstruir la armonía del Universo en nuestras vidas.
hay pequeños momentos, cortos e intensos, en que miramos lo que nos rodea, nos miramos -desde fuera- siendo uno con lo que nos rodea, y en ese momento somos felices, porque percibimos que, al fin, todo está, y está bien, como debe estar. Y en esos momentos recordamos todo lo bueno, y perdonamos lo malo que, momentaneament, no desaparece, pero sí se aparta para dejar lugar a un sentimiento de tanta intensidad que llena todo lo que nos rodea. Y entonces, todo queda perdonado, porque sin perdón, no podemos ser enteramente felices.
Recuerdo aquella muerte de un viajante con Pepe Sacristán gigante, tremendo, que habría emocionado al mismo Miller y dejado en nada al gran Mamet. Y ahí, en el momento álgido de la obra, me di cuenta de que podemos perdonar a las personas sin mayor problema, pero lo que no podemos perdonar son las injusticias. El hijo del viajante, roto, seguía queriendo a su padre, pero el recuerdo de esas medias que el infiel regalaba a su amante mientras que su madre tenía que remendárselas, no le dejaba ser libre: y el hijo amaba a su padre, pero no podía olvidar las medias nuevas en contraste con las de su madre, llenas de remiendos que acabaron trasladándose al corazón del hijo. Por eso tenemos que aprender a perdonar sin olvidar, pero sin almacenar en la memoria ningún libro de rencores. Y por eso hoy, que volvemos todos (y yo, espero, al blog), esforcémonos por aceptar que hemos de perdonarnos a nosotros mismos, volver a empezar con el recuerdo de lo que hemos de mejorar y encontremos, de nuevo, el pequeño momento en que el universo bajó a nosotros y nos dió su armonía. Recuperémosla, y comencemos a construir, no desde cero, pero sí desde la ilusión que da saber que las oportunidades de ser, de hacer mejor, sí existen.
D.

viernes, 1 de julio de 2011

Miralles y su croissant

Centrado en las "nuevas adquisiones" olvidé colgar uno de los hitos del ingenio patrio, que es el maravilloso onanismo de MIralles, onanismo que encubre un peso específico de filosofía que deja frito. In other words, en todo hay belleza y en todo hay matemñatica. Y si la variable aurea no es más que una proporción matemática, la belleza es proporción, y el atractivo son las micras de imperfección de la misma. De modo que la pasión son las curvas no acotadas del Gran Arquitecto (no deduzcan otros significados, por favor), con que cubre una perfección universal. Esperemos encontrarla, si bien prefiero quedarme en la capa de belleza con que se cubre lo estructuralmente perdurable.

lunes, 30 de mayo de 2011

El tiempo, que todo lo mata

En este mundo es importante saber cuando ha llegado la hora de irse. No de abandonar, ni de claudicar (porque no hay que claudicar nunca), pero sí de irse, y más cuando lo que había que conseguir, ya se ha conseguido. Si la gente del 15-M hubiera leantado el campamento el día de las elecciones, habría pasado a la historia como el movimiento que fue escuchado y supo cuándo retirarse: una vez sembrada la mejor de las semillas, que no es la de la duda o la del desconcierto, sino la de la esperanza. Pero la insistencia en seguir cuando todo ha acabado, ha acabado, también, con su grandeza, y le han hecho el juego a los políticos que tanto denostaban. Lo que empezó como un movimiento de todos para todos que sentó un ejemplo para el mundo, acabará como un desalojo más de okupas egoistas y antisistema, y todo por culpa de una minoría, pues la mayoría del movimiento, la que verdaderamente lo empezó, se fue hace mucho a sus casas, a trabajar y soñar con una nueva oportunidad de clamar por lo que es justo. Qué pena.

lunes, 16 de mayo de 2011

Los cuentos de hadas son incompatibles con las segundas partes

Siempre me pregunté cómo habrían sido las segundas partes de Pretty Woman, la bella durmiente o Blancanieves: parejas que no se conocen, presas de coups de foudre inexplicados e inexplicables o cegadas por los oropeles del poder, la fortuna o el rango: ¿y tenemos que creernos que fueron "felices por siempre"? El único final digno que he leido nunca para un cuento de hadas no se encuentra en un cuento, sino en una Epopeya, la de la Torre Oscura, de Stephen King, muy al final, cuando dos de los protagonistas se reencuentran, en otro mundo. Y Stephen King -mejor de lo que la mayoría piensa- razona algo así como que fueron todo lo felices que pudieron: tuvieron momentos buenos, momentos malos; momentos increibles y momentos en que todo estuvo a punto de caer: pero tuvieron una vida juntos, y no una mera oportunidad.
Así es el mundo, en que el mejor final a veces se encuentra en un relato de terror, y los finales de pesadilla son a menudo el corolario de una bonita boda, con sesión de fotos en el Parque del Capricho y boda de 400 asistentes en el Casino de Madrid.

jueves, 31 de marzo de 2011

De res unanimitatis o la fragilidad democrática

Hoy iba a hablar de los SPC 's (Supplementary Protection Certificate) como remedio temporal de protección de las patentes médicas y, en general, agrosanitarias, a modo de ejemplo de que todavía quedan heraamientas de equidad en la ponderación de lo que suelen tardar las diversas Administraciones en dar el sí definitivo a la comercialización de este tipo de productos. El abogado General Mengozzi, en los casos "Synthon" y "Generics" (Synthon BV vs. Merz Pharma GmbH & Co KG -caso 195/09-; y Generics (UK) Ltd vs. Synaptech Inc -case C 427/09-) elabora unas conclusiones magníficas -no voy de coña, que esto del derecho de la biotecnología me encanta-. Pero mi disquisición sobre la justicia, los jardineros fieles y los privilegios de las farmaceúticas la dejaré para otro día, porque hoy me he dado cuenta de que no hay cosa peor para la democracia que exigir unanimidad para tomar una decisión. La unanimidad es mala en las juntas de vecinos, porque en todo edificio suele haber siempre un cabrón paranoide que cree que los demás no tienen nada mejor que hacer que perder su tiempo pensando en hacerle la vida imposible -precisamente a él, mira tú por dónde-. Es mala en las decisiones laborales, porque siempre hay alguien que prefiere joderse a sí mismo antes que los demás se beneficien. Es mala para todo, como lo demuestra el que, incluso en las situaciones más extremas, siempre habrá algún elemento descontento cuyo criterio, por muy respetable que sea, no puede ser el que se imponga al de la mayoría. Y si no, que se lo pregunten al naúfrago de la balsa que, tras semanas en el mar, saca la pajita más corta.

Robert H. Jackson, en la Sentencia West Virginia State Board of Education v. Barnette, 319 U.S. 624, de 1943 -pg. 641-, decía con razón "compulsory unification of opinion achieves only the unanimity of the graveyard", uséase, que forzar un criterio unánime sólo consigue la unanimidad del camposanto. Y esto es lo que se logra cuando, en lugar de imponer mayorías reforzadas (3/5 -lo que viene siendo el 60%-, 3/4 -un 75%, vamos-, 4/5 o incluso 5/6), se impone la unanimidad absoluta para tomar una medida. Yo, lo siento mucho, creo que cuando un coche va por una calle de sentido único y se encuentra con que todos los demás van al contrario, es aquel, y no éstos, el que se equivoca. La unanimidad altera el principio de la mayoría dando la razón al único que no piensa como los 11, 111 o 1111 restantes, que están de acuerdo. Y lo que ocurre es que si de 20 tíos 19 están de acuerdo en algo, es el único que no piensa igual el que se lleva el gato al agua, de modo que el criterio de ese uno es el que sale ganando. Y así, el sustento de toda democracia, que es el respeto a lo que decide la mayoría, se altera y da gusto al que por gusto se opone. La única manera de eludir el pensamiento único es respetando a las minorías manteniendo su naturaleza, presencia y características, pues la unanimidad no deja más que dos posibilidades: o la exclusiva satisfaccíón del único que no piensa como los demás -que suele ser siempre por algo-, o que los demás hagan todo lo que sea preciso para que ese único cambie de opinión: y si no ha cambiado hasta el momento de la votación, es porque los razonamientos no han funcionado. Solo optando por regímenes en que todos voten, pero se elija lo que decida la mayoría, se podrá conciliar el principio democratico (el mejor, en política y en lo que sea) con el verdadero respeto a los disidentes, que es el que dimana de no tener ni que odiarles -ni guardársela- porque nos jodieron, ni que imponerles la voluntad única recurriendo, si es preciso, a la coerción, el ridículo o cualquiera de las vis.
L.

miércoles, 23 de febrero de 2011

Un día (no) como hoy hace 30 años...

... Un tarado fanático visible (pues había muchos más por detrás, y muchos, muchos más agazapados, a ver cómo salía la cosa) casi nos jode la democracia. En aquel entonces yo tenía 8 años, reciencito había hecho la comunión, y esos tanques en las calles de Madrid no me decían nada. Hoy, tras volver a ver esos mismos tanques y escuchar las conversaciones entre Tejero y García Carrés, doy gracias por no haber vivido esa noche con un poco más de entendimiento. Ver tanques circulando por las ciudades más importantes de España, sentir cómo los "nostálgicos" desempolvaban los sables para saldar nuevas -que no antiguas, porque en ese entonces eran los amos- rencillas, y pensar en lo que habría podido pasar da, sinceramente, miedo. Menos mal que somos un país cahapucero para todo, golpes de estado incluidos, y la cosa terminó bien. Hoy, Tejero vende sus oleos por un pastón en un pueblecito marinero de Málaga, donde se le puede encontrar paseando cualquier tarde, y la gente ha olvidado (o aprendido, em gustaría pensar) la lección de la Historia: que no se nos olvide la sensación de miedo que nos debiera embargar cada vez que vemos esos tanques, para que nunca vuelva a ser posible que se repita. Ni aquí, ni en ningún sitio.
L.

martes, 21 de diciembre de 2010

Privatizaciones, estados de alarma, desinformación y controladores aereos

Hola, me llamo L. (hasta vergüenza me da poner mi nombre) y mi hermano es controlador aéreo. Mis padres son gente sencilla, honrada y trabajadora que siempre ayudó cuanto pudo a todo aquel que se lo pidió - y a muchos otros que no tuvieron ni que pedirlo-, y que ahora no se explican qué pueden haber hecho mal en la vida para haber engendrado a dos delincuentes como nosotros que, pudiendo ser haber sido constructores, tertulianos de la Noria, restauradores de a 300 euros el cubierto... decidimos, no obstante, hacernos respectivamente funcionario de justicia y controlador aéreo. Con lo bien que nos está yendo con todos los sectores estratégicos privatizados, en pleno estado de Alarma -prorrogado, que la situación bien lo merece-, con una Bolsa sanísima y llena de inversores extranjeros, y con los Derechos Fundamentales pisoteados cada vez que a cierto calvo le da por intervenir las comunicaciones de todo un colectivo, extrajudicialmente y con el mero sustento de los intereses del Estado... Con un gobierno -que no partido- de gente preparada, que sólo tira de Decreto-Ley cuando verdaderamente no queda más remedio, y en que cada alto cargo es un pedazo de experto en lo que hace. En suma, un gobierno sólo aventajado en cazurrería, frustración y mezquindad por una oposición de señores de clase pseudoalta y estética neoastracanera que se cree que disfruta de un derecho divino al poder y sigue recordando con rencor las elecciones de 2004... Con unos salarios cada vez más altos y el paro casi a 0, es lógico que se haya castigado a esos capullos pijos de controladores que ganan 1.000.000 de euros al año -que lo se yo, que he visto las nóminas- y que no ha hecho nada para merecerlo. No como próceres del estilo de Díaz-Ferrán, que por ayudar a los pobres sudamericanos de Air Comet se endeudó hasta el punto de que la malvada jueza -facha, como todos los jueces y demás poderes represores- sólo le encontró 632 euros que embargar. Como Florentino y los permisos para construir las 4 torres a unas alturas peligrosas para el tráfico aéreo. Como esos ministros, diputados y senadores tan competentes y que tan duramente se prepararon para servir con generosidad y sacrificio -buscar en el Diccionario de la RAE, si es que todavía no lo han quitado-; padres de un país cada vez más unido, estable y orgulloso en y de su diversidad -igualito que Francia o Suiza- y, por ende, preparado para hacer frente como un todo compacto en el respeto a la diversidad a un mundo cada vez más globalizado. Como la SGAE, protectora del patrimonio cultural español y mecenas de los artistas que empiezan; como... como la madre que nos parió a todos, qué cojones, que somos el único país capaz de ser cada día más gilipollas, con una prensa totalmente sesgada, en que El Público y La Gaceta de los Negocios se deberían vender en el estante de ciencia-Ficción de la FNAC. Con una desinformación tan bestia que la gente no lo quiere aceptar porque si lo hiciera tendría que asumir, igualmente, una serie de realidades que ponen los pelos como escarpias... No puedo ni siquiera defender al colectivo de controladores en mi propio blog porque inmediatamente tendría a los típicos pseudoguays de uno y otro lado de la laguna Estigia que me pondrían a caldo precisamente amparándose en que aquí se puede comentar lo que se quiera sin siquiera tener que identificarse... Y no es cobardía, es que me da verdadera pereza el mero hecho de pensar en ellos. En fin, que es una pena que, como pupas de mariposa-payaso, hayamos eclosionado en un país de pobres de espíritu en que las ideas murieron con gigantes como Suarez, Solana, Gerardo Iglesias, Gloria Fuertes, Lorca o Aleixandre, cada uno militante de ejemplo y no sólo de palabra agria. Llevamos años de vuelta en el 98 (ya antes del 2004, ojo), y ni siquiera ha surgido una generación de intelectuales que al menos compensara para la posteridad todo este caos. Ya no queda ni gauche divine ni derecha exhaustiva: solo el puñetero pan y circo de los diversos medios de comunicación. Peazo gobernantes y peazo oposición, valientes unos y otros. Y nosotros en medio, viéndolas venir y observando a las amas de casa intentar pagar, sucesiva e infructuosamente, con la Visa electrón, la de crédito, los cheques-restaurante, la tarjeta del Corte Inglés y, al final, teniendo que mentir a la cajera con el ya tristemente famoso "guardemelo un segundín, que subo a casa a por dinero y se lo dejo pagado". Y esto es lo que se ve en la calle. Ni siquiera desesperación: solamente la desazón de quien no sabe qué habrá detrás de los nubarrones que se avecinan. Pero no pasa nada, que ya habrá colectivos en quienes centrar la desesperación, el odio y la frustración. Siempre los hubo, ¿no?. Ahora bien, cuando nos cansemos de los controladores, ¿a quién le tocará?

Abrazos en pleno estado de alarma, de alguien que de verdad cree en la Constitución y en el espíritu de concordia, convivencia y tolerancia que la impregnó.

miércoles, 9 de junio de 2010

De finales y principios

Acabo de ver el final de una serie que comencé por accidente -quizás poe aburrimiento-, me enganchó por sorpresa y me deja ahora, cuando yo elijo, con un buen montón de recuerdos y personajes que, por estereotipados que estén, no dejan de emocionar. Es difícil estar a la altura de un buen comienzo y un mejor desarrollo, así que lo mejor cuando se acaba, como en la vida, es echar el telón, recogerlo todo e irse por la salida de artistas, en silencio, sin efusiones y echando una última mirada atrás que aglutine en un nanosegundo todo lo vivido. Y en esa última mirada atrás nos damos cuenta de que el tiempo es tan relativo como eterno, pues en el brevísimo espacio de esa última mirada, en la décima de segundo que pasa entre un parpadeo y otro, revivimos todos y cada uno de los minutos de una aventura, de un viaje, de un amor o de una vida. Y así, siquiera temporalmente, nos asomamos a la inconmensurable capacidad que tiene el hombre de atesorar lo vivido y extraer, como un caliz último, la sublime esencia de la vida, que no es sino el sentimiento de haber sido humanos durante el tiempo que dura la caída de una gota de agua. Pero entonces resulta que si, en lugar de ver cómo comienza a caer, miramos a nuestros pies, vemos que no hay vaso, ni recipiente, ni siquiera tierra donde esa gota pueda caer y evaporarse, de modo que si bien la gota es pequeña, y frágil, y susceptible de mutar en vapor o solificarse en el hielo que a veces se encuentra en los diamantes, esa gota se convierte en eterna, pues nunca desaparecerá por completo. Somos gotas de un mar sin fin que en un momento determinado comienzan a caer, pero que nunca tocan un recipiente pues, una vez vertidas, viajan siempre por la eternidad. Somos gotas de eternidad que, pequeñas y débiles, son vertidas para pedurar: como tales o, dados los elementos, en otros estados, en otros espacios, en otros tiempos. Pero siempre, siempre, en la eternidad. Porque lo que importa, una vez nacido, podrá cambiar, pero nunca muere.

martes, 8 de junio de 2010

No son los rostros, sino las expresiones

No es la cara, ni el pelo, ni el color de los ojos: son las expresiones de cada poblador de esta tierra incierta, salvo en lo que atañe a nuestro destino final. Es la alegría de quien se acaba de reencontrar, el amor de quien quiere y se sabe querido.
Es la determinación de aquel a quien solo queda una cosa por hacer;
la indecisión de quien acaba de perderse;
la conciencia de quien nunca supo lo que no era saber;
la ira de quien ha sido tratado injustamente;
la desorientación de quien se acaba de enterar que le llevan años engañando;
el ahínco de quien, harto de caerse, se empeña en levantarse una, y otra, y hasta una milésima vez, siquiera sobre los muñones de pies que hace mucho desaparecieron.
La risa histérica del loco.
El asombro de quien hace mucho que pensaba que el mundo había desaparecido, y no era así.
La calma resignación de quien sabe que hizo lo que pudo.
La paz, última, de quien sabe que le hicieron todo lo posible.
La calma de quien está satisfecho con su obra.
La quietud de quien se va el momento que él elige.
El vacío de quien ha arrojado todo lo bueno que tenía por la borda.
Y en medio de tantas expresiones, con tantos miles de matices e intensidades, la sonrisa del niño y la esperanza de los inocentes.
Y quizás, en algún sitio, la expresión de quien se siente salvado.
Esa, todavía no la conozco.

miércoles, 26 de mayo de 2010

Zozobra, no miedo

El DRAE define zozobra como "inquietud, aflicción y congoja del ánimo que no deja sosegar, o por el riesgo que amenaza, o por el mal que ya se padece". Así nos encontramos (creo) algunos por más de una razón. Y la zozobra no es miedo, porque el miedo lleva a quienes lo padecen a buscar refugio, a huir o a intentar eludir de cualquier manera el mal temido. Tampoco es depresión, porque la depresión, al anular la voluntad, anula también la posibilidad de toda reacción activa y efectiva a los impulsos que se reciben. La zozobra, por contra, es un estadio de indecisión en que quien la sufre todavía no ha optado ni por huir, ni por quedarse y luchar. Lo que determina que quien provoca miedo en los demás ostenta una situación asertiva de poder sobre sus víctimas que le pone, al menos de momento, al abrigo de toda reacción hostil por parte de las mismas, pero, en cambio, quien causa zozobra no puede predecir el sentido, la intensidad y mucho menos las consecuencias de tan aciago sentimiento. Y por ello, sus -que diría el Capitán Trueno- con quienes sufren de zozobra, porque ésta puede derivar en miedo, sí, pero también puede acarrear algo peor: algo impredecible y, por ello, imprevisto. Y lo imprevisto suele tener consecuencias, si no fatales, sí cuando menos nocivas.
(Aviso a mis navegantes pelín maledicentes: este post no conlleva matiz de vis absoluta alguno, sólo pretende llevar a la reflexión sobre la adecuación d eprovocar en los demás sentimientos y sensaciones que, sencillamente no son ni unos ni otros. afortunadamente -y en este creo con toda firmeza- somos un país civilizado, donde civilizadamente reconocemos quien gana y quien pierde, sin necesidad de recurrir a otra violencia que la necesaria para forzar los pulmones a alzarse para que nos oigan)

martes, 11 de mayo de 2010

Subidón del IBEX

Paréntesis prosaico para hacer ua pequeña observación: cuidadín con lo del IBEX, que como me decía mi profe de bolsa, los buenos inversores compran cuando empieza a subir y venden cuando empieza a bajar. Y si tamañas fluctuaciones se están dando en tan poco tiempo, la cosa tiene un tufo a especulación Intradía que tira de espaldas. Cuidadín, que diría el eximio pequeño de la Calzada...

martes, 9 de marzo de 2010

La tolerancia

Para mí, tolerancia es aceptar, tanto teórica como prácticamente, que hay gente que no piensa como yo, y que la libertad de ideologías, religión y creencias nos hacen libres, de modo que tener a gente alrededor mío que piense de forma distinta no sólo me enriquece, sino que, pensando egoistamente, me aporta. Y si, más allá de aceptar a quienes discrepan a mi alrededor, les acojo y les cedo mi amistad -en lo poco o mucho que ello valga-, les apreciaré, valoraré sus maneras de ser y me extrañará que gente válida -por valiosa: para mí y para muchos otros- pueda albergar ideas que no sean dignas de reflexión, lo que me obligará, a su vez, a hacer un ejercicio de empatía. Y, poniéndome en su lugar, aprenderé: de causas y razones. Y, aprendiendo, mejoraré.

En suma, tolerancia es aceptar a quienes piensan de forma distinta a mí como potenciales amigos, porque me van a enriquecer. Es fomentar el diálogo y, quizás, así, lograr que las distintas partes evolucionen a través de estos diálogos: a mejor. Porque la mezcla de opiniones discrepantes es el término medio, y en el término medio está la virtud.

Ah, última idea: la tolerancia no debe ser una mera capacidad: su propia naturaleza exige que, para existir, debe ser ejercida: no es potencia, sino continuo acto (sus a los teóricos que se autoconsideran "tolerantes" hasta que dan con quienes rebaten sus ideas). No por mucho que alguien diga que es tolerante y abierto, lo es. Quizás, quizás, exista una relación inversamente proporcional entre las veces que determinados individuos reiteran su tolerancia, y lo que de verdad albergan dentro de ellos.

L

PS.- Invito a quienes se pasan por aquí, sean quienes sean, a que me presten su concepto de tolerancia. Gracias

lunes, 8 de febrero de 2010

la perversión del Derecho

Hay un antiguo dicho inglés que reza "the law is a whore and a rich man's plaything". En este caso, no ha resultado ser el juguete de ricos, sino de un resabiado. Este viernes se publicaba en el BOE el Decreto-ley que regulaba las nuevas condiciones laborales de los controladores aéreos, en tanto éstos no se avengan a llegar a un acuerdo sobre el nuevo convenio colectivo.
Bien, parto -y en esto no yerro- de que la gente que me lee sabe pensar por sí. Prescindamos, pues, de que nos encontramos con una corporación de niños pijos, y examinemos lo que el gobierno ha hecho, que es, ni más ni menos, que imponer, mediante Decreto-Ley, unas condiciones laborales no pactadas, incluyendo expresamente en dicha disposición todo tipo de medidas para castigar cualquier reacción de los controladores.
El Decreto-Ley no es cualquier norma dictada por el ejecutivo, no es un Reglamento cualquiera: es una norma con fuerza de ley, mediante la que el ejecutivo se arroga la potestad legislativa para hacer frente a una situación actual -y no una mera expectativa- de "extraordinaria y urgente necesidad", como reza el art. 86.1 de nuestra Constitución. La garantía de la separación de los tres poderes estatales, ejecutivo, legislativo y judicial, es la garantía de subsistencia de toda democracia, en que es el pueblo, a través de sus representantes, el soberano de la vida política, siendo la máxima expresión de la soberanía popular la potestad de dictar leyes, depositada en las Cortes Generales. Y dicha potestad sólo puede, solo debe, ceder en aquellos supuestos en que se de tan excepcional y urgente necesidad que al gobierno no le quede más remedio que adoptar medidas urgentes para hacer frente a situaciones catastróficas mediante la figura del Deecreto-ley, que, empero, obligatoriamente tiene que ser "inmediatamente" sometido al Congreso para que éste, siempre en el plazo máximo de 30 días, convalide dihas medidas o, por contra, las derogue. Porque estamos hablando de un instrumento en que el gobierno invade la competencia esencial del legislativo.
El viernes, mediante Decreto-ley, se adoptaron medidas de presión para imponer a un colectivo -me da lo mismo en este momento cuál- unas determinadas condiciones laborales. En otras palabras, se ha consagrado la posibilidad de que el ejecutivo, sea del partido que sea, se pase por el forro toda la legislación laboral y el propio concepto de negociación colectiva. Y como se trata de los pijos de los controladores, que ganan un pastizal, el Congreso convalidará el Decreto-ley, pues el partido de la oposición no se va a oponer, valga la redundancia, por miedo a ser tachados de protegepijos, máxime en una coyuntura económica como la actual.
Yo no me meto en política: de hecho, el noventa y nueve por ciento de los políticos actuales me la refanfinflan por su incompetencia, falta de ética y cortoplacismo, tanto de un lado como de otro. Pero no puedo dejar pasar por alto una medida como la que leí el viernes. Recurriendo a la mezquindad, la envidia y el resabio tan propios de esta piel de toro se va a consagrar una medida despótica que habría que estirpar de plano, pues hoy se está tirando de un colectivo mimado que cae poco bien, pero mañana se usará con otro, pasado mañana con otro, y al otro con otro... y así, sin duda alguna, acabará pudiéndose usar con cualquiera de nosotros. Un oscuro aplauso, preñado de triste admiración, a una medida diabólicamente pensada, con la mezquindad, previsión y poder amputatorio dignos solo de su creador último.

Señores que nos gobernaron, nos gobiernan y nos gobernarán: hay que respetar mucho más el Derecho, y no utilizarlo a nuestro antojo, para nuestros fines, prescindiendo del verdadero espíritu de las leyes, ese que cierto gabacho quiso dejar claro para siempre en un libro básico para toda la civilización occidental salvo, como siempre, para nosotros. Pero Montesquieu murió hace mucho, y de qué van a venir a darnos lecciones a nosotros...

viernes, 15 de enero de 2010

Haití

Haití no nos importa una mierda: a nadie. Me pregunto por qué la gente sale ahora, toda preocupadita, enarbolando como pabellón personal las fotos de colegios derrumbados, barricadas de cuerpos y familias hacinadas. ¿Por qué ahora? Haití lleva muriéndose décadas, señores. Hemos abandonado Haití hasta el punto de que ahora, ni más ni menos, ha decido suicidarse. Estos terremotos no son sino los verdugos de una sentencia de muerte dictada, una vez más, por nuestra desidia, nuestra apatía, nuestro egoísmo, que nos lleva a prescindir totalmente de aquellos que no podemos fagocitar, como los parásitos que somos. El mundo es un precario equilibrio de parásitos y parasitados, en que los papeles se alternan cíclicamente y en que hemos aceptado que haya de ser así. Pequeño detalle: los que hemos aceptado, expresa o tácitamente, que así debe ser, somos los pocos que ahora estamos arriba, no los de abajo: que se jodan. No se engañen, señores: a Haití lo hemos reventado nosotros, no la corteza terrestre, y lentamente, como los buenos torturadores, con el médico al lado que avisaba cuándo había que parar un poquito. Si hubiera tenido infraestructuras, buenos materiales de construcción, mecanismos de control sísmico, tan usuales en los países de la zona... esto no habría pasado. Así que, vuelvo a insistir: no se engañen. Pero es lógico: ¿qué tenían los pobres Haitianos que nos pudieran ofrecer? nada. Ni petroleo, ni minerales, ni productos exclusivos, ni fauna autóctona... Lógico que les hayamos dejado tirados, muriéndose en sus chabolas sin agua corriente ni electricidad, víctimas de dictadores, vudú, miseria, desorden y desesperanza... Lógico. Así que, por favor, que se pare este estúpido buenismo tan necesario para sentirnos bien. Dejemos de dar la monedita al pobre de la Iglesia que despedimos de nuestra empresa para sentirnos bien, y poder funcionar como es debido con la amante. De verdad, ya no puedo con tanta autosatisfacción, tanta solidaridad estúpida. Si queremos que de verdad tantos miles de muertes hayan servido para algo, reflexionemos de verdad, con dos cojones, cómo este mundo ha podido llegar a ésto y, sobre todo, por qué. Afrontémoslo, e intentemos cambiarlo entre todos, desde dentro, formando opición pública seria, no limitada a unos cuantos Hippijos que no tienen nada mejor que hacer, y forcemos a los de arriba -a quienes elegimos nosotros para que nos sirvieran- a que cambien las cosas. Seguid mirando las fotos de la prensa, las montañas de cuerpos, la putrefacción de los cadáveres, y sabed una sola cosa, sólo una: eso lo hemos hecho nosotros. Y si quereis fotos de la peor muerte, la muerte en vida, que os enseñen las fotos de cómo estaba haití antes del terremoto: ya me diréis qué es peor.
De verdad lo siento, pero es así. Y no hay peor ciego que quien no puede ver, ni peor engreido que quien se cree modesto. Y nosotros subimos a los dictadores, porque nos sale más barato pagarle las putas y los caprichos a un sólo asesino que pagarle a millones de ciudadanos honrados lo que de verdad es justo por los bienes que constituyen la legítima riqueza de todo un pueblo. Pero lógico: ¿qué haríamos nosotros sin nuestro petróleo, y nuestros diamantes de sangre, y nuestro cobre y silicio para las telecomunicaciones, y nuestros patios de recreo para reventar niños tipo Bangkok...? Hay que entendernos, pobrecita civilización occidental, no sea que nos vaya a faltar lo indispensable para la manicura...
Pero no importa, porque estos pobres habrán dado sus vidas incluso para que nos sintamos bien mandando billetitos de 10 euros (que es una copaza que nos vamos a privar de beber hoy, ojo) a Hippijos sin escrúpulos, Ayuda al Haitiano y cualquier otra ONG creada para ponernos tiritas en el corazón. El problema es que la herida del corazón de la civilización occidental es tan profunda que no sirven tiritas, y ha sangrado ya tanto, que nos ha dejado sin lo más importante: la capacidad de empatizar con los que sufren y la pasión por ayudarles, dejándonos grises y, lo que es peor, vacíos.

lunes, 16 de noviembre de 2009

Las noches en que el sueño no llega

Las noches en que el sueño no llega intento pensar en cosas distintas a que, precisamente, el sueño no llegue. Entre ellas releo, reveo, recuerdo:
- Las ultimas palabras de un Roy Batti moribundo a un Blade Runner que podría haber muerto en sus manos, pero que no lo hizo
- La letanía de Bruno Ganz al motorista moribundo en "el cielo sobre Berlín"
- La reflexión sobre la vida grande hecha de pequeñas cosas, como el cuenco de leche y las fresas, que hace Max Von Sydow en "el séptimo sello"
- La despedida de Rick a su amada en Casablanca...

Ayer tocó la última reflexión de John Coffey (como el café, pero se escribe de otra forma) a un Paul Edgecomb incapaz de evitar la muerte de un milagro y que anticipa que, de algún modo, pagará por ello, en "la milla verde":

"-I'm tired, boss:
tired of being on the road, lonely as a sparrow in the rain.
Of never having me a buddy to be with,
to tell me where we's gooing to,
coming from,
or why.
Mostly I'm tired of people being ugly to each other.
I'm tired of all the pain I feel and hear in the world every day
... there's too much of it...
it's like pieces of glass in my head all the time"

Nunca mne canso de ver esta película, y mira que es larga. Supongo -sólo supongo- que será por algo

L.

lunes, 20 de julio de 2009

He vuelto a la India

Esta noche, aun agotado, he vuelto a Benarés. Y la India me ha contado que me espera: entre los pliegues de su estómago abultado por un hambre insaciable, me ha dicho que espera volver a verme. Que me dejará volver a irme, pero que tengo que volver.
No he tenido miedo, pero sí me pregunto qué querrá de mí.

miércoles, 15 de abril de 2009

Amigos que se pierden, amigos que se ganan

Seré corto pero no tajante (apodíptico, que dicen por aquí): la vida es larga y complicada, y hay amigos que se van cayendo de nosotros -o nosotros de ellos- según avanzamos o retrocedemos; cambiamos o nos estancamos; nos promocionan o nos despiden; afrontamos la realidad o nos creamos ficciones... No temo estos avatares, consecuencia ineludible de la vida moderna, aunque siempre duelen. Siempre que, claro está, no afecten a mi círculo íntimo. Lo que sí temo es enterarme, cuando ya es tarde, de que he perdido a alguien importante y no me había dado cuenta, sencillamente porque nada me habían dicho para evitarlo. Hace mucho, mucho tiempo incluso para mí, decidí que lo peor de esta vida es tener que arrepentirte de lo que pudiste hacer y no hiciste. Pero si te castran la oportunidad de deshacer el mal ocultándote los errores en que has caído, ¿qué queda por hacer? ¿qué se puede hacer más que excusarse, ya a toro pasado, con la conciencia de lo tardío del remedio? Espero que no me pase y, por favor, decid a la gente lo que hacemos mal para que al menos, si tenéis que imputarnos algo, lo sea a sabiendas de que, dicho a tiempo, no quisimos arreglarlo. No es una petición, es un ruego
Un abrazo

martes, 17 de febrero de 2009

Refugios

Los verdaderos maestros de la tortura siempre la practican con un médico al lado -si es que a esos insectos se les puede llamar médicos-, para asegurar que la víctima no se morirá de shock traumático, pero también para evitar que el torturado llegue a ese punto en que desaparece mentalmente y se escapa, al menos en espíritu, al lugar refugio donde ya no siente. Todos tenemos un refugio: la armonía de una canción, los recuerdos de tiempos mejores, la infancia, los juguetes, esos sueños en que al final besamos a la mujer de nuestras vidas y la película no ha hecho más que empezar y todo irá bien... Siempre un refugio. Hoy soñé que estaba con alguien a quien puede que dejara ir, que puede que pudiera haber sido la mujer de mi vida, no lo se. Lo que sí se es que esta noche he sido feliz, y que esta mañana me he despertado con un vacío que dolía físicamente. Ella se casó, tiene una niña preciosa que lleva su nombre, y a veces me pregunto si no vale la pena focalizar, siquiera una vez en la vida, para obtener la verdadera felicidad, el sentimiento que no te deja cuando te despiertas, y que se enciende con las cosas más sencillas, como dejar pasar el tiempo en el Rastro sintiendo a alguien especial a tu lado. Mala cosa, la nostalgia de lo que pudo ser y no es.