miércoles, 28 de septiembre de 2011

Momento de tranquilidad

Cierro los ojos y sólo los abro para contemplar el candor de la inocencia que se esfuerza. Y descanso, en este laberinto de desconciertos, en este baile a veces estúpido. En esta huída hacia adelante, desbocada a mil caballos de potencia: por ahora, sin ningún obstáculo que, una vez más, me haga volar y dar otras siete vueltas de campana (aunque esta vez, dudo que las sobreviviera)

Es difícil...

... Estar a todo cuando, continuamente, oyes algo que no quieres escuchar: un susurro, una suave canción que te avisa de lo que estás descuidando, que es aquello que, por mucho que lo ignores, no desaparecerá.
Intentamos huir, distraer, eludir lo que nos hace daño. Aquello que no nos queda más remedio que decidir, pensando que el tiempo -el gran amnésico-, lo arreglará por nosotros. Y nos sumergimos en alcohol, en el trabajo, en las mentiras, en las aventuras que nos dejan sedientos de trascendencia. En problemas estúpidos que engrandecemos para tener algo con que ocupar el tiempo.
Pero la voz no se calla: simplemente se desplaza del oído al sueño y, de día, del sueño al corazón, al que no podemos callar. Porque si le callamos, moriremos la muerte que tememos afrontar; el olvido supremo, aquel que no podemos paliar ni enfrentar recordándonos a nosotros mismos. Y por eso tenemos que seguir oyendo la jodida voz: que no es la de la conciencia (ya quisiéramos nosotros), sino la de la realidad, la del tiempo que apremia, tiempo que se acaba, que se agota, que fluye como arena entre las manos de un niño que, inocente, piensa vaciar la playa cubo a cubo.

Y en esa zona gris vemos nuestras huellas, continuamente borradas como si estuvieram estampadas en esa misma arena, vulnerable y sumisa al capricho de los gigantes; como palabras escritas con agua en el suelo del palacio de verano de Pekín; como la última representación de una obra de teatro ante un público de enfermos de Alzheimer. Y la voz no cesa. Y esperamos que quien quiera que la profiera se calle o se muera de una vez. Pero una mañana nos miramos al espejo, sobrios, especialmente despiertos... Y vemos que somos nosotros los autores de esa voz que no cesa: muertos en vida, vivos en muerte, en hibernación imperfecta (pues la arena del reloj sigue cayendo); en continua oxidación por los fotones que, saliendo de nuestra alma, rebotan contra una piel que hemos endurecido hasta no sentir nada. Y así hasta que ya no podemos más, y nos tiramos por el acantilado, nos tumbamos a esperar la muerte, la provocamos haciendo que el hígado -o el cerebro- exploten o, al fin, afrontamos el gran miedo, distinto en cada uno de nosotros...

A fecha de hoy, solo he visto un ser valiente como para afrontarlo. Y era un niño.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

cinco de la mañana sin poder dormir

La última bomba atómica no será peligrosa
no nos esconderemos debajo de las mesas: saldremos al último día del sol
y, mirando el cielo, intentaremos descubrir la armonía de los últimos sonidos.
Nosotros, desnudos,
respirando
destruimos universos que ni siquiera conocíamos,
y las lágrimas no nos sirven para nada más que ver con más claridad
la desrucción que causamos.
No necesitamos
-no queremos-
paz.
Sólo no sentir
no sufrir
no doler
no mirar
no llorar
no oír.
Silencio, de noche y en el día que no acaba
una noche completa
en que
ya
nada se puede oir
porque nada queda
salvo
¿... algo...?
¿... lejos...?
¿...música...?
¿El sonido de un viejo album de fotos al cerrarse por última vez?
La electricidad estática y los rasguños del tiempo de un disco de pizarra de Gardel
que
sólo
era el único adorno de la casa que se derrumbó
sepultando
voces
recuerdos
cuadernos con notas ya borradas
camisas con el sudor de quienes ya no sudan
relicarios vacíos
lastas de ungüentos que una vez curaon
espejos ciegos
crucifijos de pasta de marfil
un trozo de menhir olvidado en el vale de Paredes
la cuerda de una guitarra, quemada por los extremos
una llave sefardí
la bandera raída conquistada al caído de una guerra
la cruz de caballero de Marseille
el cuadernillo que saint-Exupery llevó a su último vuelo
un vial de lágrimas de unicornio tras asomarse al mundo real
la primera botella de Coca cola
la convocatoria de plazas para el Gaff.
Una voz suave de mujer atrapada en una gramola diminuta
cantando una nana para mayores
-que la necesitan mucho más que los niños-.
Una carta de ajuste desajustada,
un laud.

Perlas hechas con lágrimas,
engarzadas en el collar del Señor de la suave monotonía,
del dulce olvido,
de la buscada y temporal ceguera del ojo, pero claridad de alma:
porque sólo en la oscuridad podemos ver la luz que no se ve,
oir la respiración,
la cadencia de los latidos,
la voz dulce, secreta e inamovible
de quienes sabíamos que no podían irse.
Capturar el último átomo vivo de aquel recuerdo que,
olvidado hasta hoy,
pequeño,
nos devuelve a la infancia.

Busco,
aspiro,
intuyo,
casi agarro lo que siempre se me escapa
y sólo en la madrugada,
en silencio,
consciente de que nadie hay y nadie está
pierdo una vez más lo que quizás nunca pueda alcanzar,
y la tristeza es mucho peor,
porque me habla del miedo de nunca ver,
nunca descansar,
nunca finalizar lo que ya solo quiero que empiece.
y lloro
y ansío
y rezo
y quiero
pero no quiero.

Y ese dolor
que duele tanto que no duele
lentamente
se apaga
como una canción triste
que canta un niño debajo de una mesa
esperando que el temblor pase,
que la bomba caiga
que ya nada pase
que quien le está soñando, despierte.

lunes, 19 de septiembre de 2011

El mar del antes, del durante y del después


El mar no es infinito, sino Eterno
Hecho de tiempo -no de olas-
de un tiempo cuyo fin no puede vislumbrarse, solo temerse,
(porque el día que el mar termine, ya no quedará nada).
El mar no es cruel, ni bondadoso:
es justo y, a veces, se ha de plegar al capricho de la única fuerza que le es superior:
la del peso de los universos, el peso de la luna a que adoraban los cazadores, los Moche, las sacerdotisas.
El mar no canta, ni susurra: ruge, o calla.
Las orillas del mar son tiempos olvidados a los que no se puede volver, una vez visitados. Eternamente cambiantes, ni esperan ni perdonan.
Testigos cruelmente imparciales de la sangre que se virtió en sus orillas,
de la lava que cristalizó en sus fondos,
de la lenta podredumbre de sus ahogados
de las canciones de las sirenas de Ulises
de los tesoros que, dormidos, ya no esperan a nadie
de la ira de los piratas
la desazón de los perdidos
la esperanza de quienes lo cruzaron buscando un futuro mejor
el sónar de los submarinos y el canto de las ballenas
la caza,
la luz de los peces abisales
la oscuridad de los pozos sin fondo
los otros mundos que laten al otro lado de sus fosas
las ciudades hundidas
las casas habitadas de corales
los restos de las focas que matamos
el ámbar gris
el semen de las ballenas
el semen de cada ahorcado de un palo mayor
el báculo de Moisés
los libros de Alejandría
la cámara de ámbar de San Petersburgo
los códigos de la Atlántida
el fuego griego
el aceite de piedra fenicio
las balas de los cañones españoles
los vestidos raídos de las damas que arrojaron a los tiburones
los juguetes de las niñas del Titanic
El oro de los dictadores

El mar no se venga, pero tampoco perdona:
no puede.
Y por eso, algún día, volveremos al mar del que salimos,
pero,
ese día,
no será en millones de años de evolución, sino en un suspiro,
el último

domingo, 11 de septiembre de 2011

Para Alex y Berta, con cariño

Neruda decía que podía escribir los versos mas tristes, esa noche. Yo, hoy y al contrario que el genio, podría escribir no los más buenos, pero sí los más alegres.
También podría recitar -casi  de memoria- la Epístola de San Pablo a los Corintiosa (esa de que el amor perdona siempre, no es egoista...), que siempre viene bien, o hacer una emotiva reseña de la vida y andanzas de A. y B. Pero creo que eso sería, por logico, usual y esperable, poco para estos 2 chicos.

Mi corta experiencia me dice que, por mucho que nos esforcemos, y busquemos palabras y frases esplendidamente complejas, al final son siempre palabras sencillas como gracias, querer, luz, bello... las que, usadas con la sinceridad de la sencillez, se convierten en eternas, y por eso nunca pasan, ni se olvidan.

Por eso, no me he preocupado por mirar diccionarios, citas o vidas memorables cuando, si caminamos en linea recta lo suficiente, siempre llegamos al mismo punto de partida: porque el mundo es redondo y, por ello, sin fin. 
Tambien por ello, aquí, y ahora, me bastan tres ideas para compartirlas con todos vosotros, aunque se que ya las sabeis:

- Que en esta boda no aprendemos nada nuevo, porque todos sabemos que A. y B. se quieren, casi desde siempre

- Que, eso sí, estamos aquí para celebrar de una puñetera vez por todas esa conciencia de que A. B., alterando las reglas de la matemática,  no son dos, sino tres: A.,  B,  y A&B

Que vemos cómo, segun pasan los años, cada vez hay mas poca gente que de verdad se quiera. Y lo que presenciamos hoy, en A y B, no cabe más remedio que celebrarlo: hoy, especialmente, pero tambien cada vez que les veamos, porque cada día que pasa, este mundo necesita mas que nunca la demostracion de que todavia queda gente que siente de verdad: que llora de verdad, que ama de verdad. Muy, muy poca, pero alguna queda gente de esta queda, como estos señores.

Por eso creo que nos hemos acercado hasta aquí, desde Madrid, Miami, San Sebastian... Para darles las gracias por ser así y pedirles por favor que no dejen de darme, de darnos, el ejemplo de cariño, compañía y lealtad que respiro siempre que les tengo cerca. Hoy celebramos juntos lo que ya sabíamos, es verdad, pero, sobre todo, lo que nos regalan, gratuitamente, siempre que estamos con ellos: la verdadera conciencia de que, en este puñetero mundo, todavía queda belleza, honestidad y corazón.    

En cierto cuento un viajero, consternado, preguntaba al enterrador como es que en todas las lápidas ponía que tal o cual persona había vivido 2, 3, 4 años... Y ninguno de los muertos superaba la niñez, a lo que el viejo le contestaba que ellos solo apuntaban el tiempo vivido realmente, no el otro. A y B. han vivido cada minuto hasta el punto de que, en ellos, el tiempo verdaderamente vivido coincide con el cronológico, y cada minuto con ellos lo vivimos, nosotros tambien, de verdad: porque nos contagian lo que sienten entre ellos y, queriendose, nos quieren, y nos recuerdan que vivir no es respirar, sino sentirse vivo. Gracias por recordarnoslo, y no dejeis de hacerlo nunca.
   

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Pacino, Wilde, Beardsley y Luis Antonio de Villena


Como era lógico, tenía que hablar del Salomé de Al Pacino, tan similar en concepción a su mítico looking for Richard, pero no tanto por lo bien que queda hablar de esto, sino porque, a veces, el hado acaba juntando a gente excepcional de distintas épocas, en el mismo espacio e, incluso, en el mismo tiempo. Y como son casi las nueve, sigo en el curro y todavía tengo que hacer un informe, lo suelto crípticamente unido para que el que quiera, lo digiera.

Adoro los dibujos del "depravado" Beardsley que, apóstol del decadentismo, acabó sus días aferrado a una Biblia y a las obras de Santa Teresa. Beardsley hizo los dibujos para el Salomé de Wilde, a quien adoraba pero que, seamos sinceros, no acabó de quedar muy convencido con los dibujos. Wilde, conocido -y reconocido- homosexual de época, sufrió en sus carnes el escarnio no tanto de su orientación sexual, sino de haber metido mano a quien no debía -el hijo de John Sholto Douglas, AKA noveno marqués de Queensberry-. Cosa que también debió haberle ocurrido a Luis Antonio de Villena en los primeros tiempos de la movida (no tanto el meter mano, cuanto el sufrir el peso de su tempranamente reconocida homosexualidad, también dandy), más o menos por el tiempo en que escribió el prólogo para decadentes de la edición que Lumen sacó de la obra de Beardsley. Libro que se encuentra muy cómodo en mi casita junto con la reciente (y barroca) edición en lengua hispana del Salomé con los dibujos de Beardsley, que consultó al Pacino para hacer su reciente película:
a ver cuándo viene a España (la peli, no Beardsley), que ganas no faltan de verla.

Páselo Ud. bien en Australia, mi querida V.

... Un placer avoir fait votre connaissance, que diría cierto marsellés por Ud. conocido

martes, 6 de septiembre de 2011

la silla de J.

Hoy, la silla de J. cumple 20 años. Y aunque no nos dimos cuenta, este mediodía no hemos ido tanto a verle a él cuanto a dar gracias, en secreto, a su silla. A J. hace 20 años le dejaron sin coordinación de cintura abajo, y desde entonces ha luchado como ha podido contra su cuerpo y, sobre todo, contra la consciencia de que para él se acabó la vida tal y como era. Y es cierto, se volvió un cojo pelín puñetero, que se dice... bueeeno: no puñetero del todo, pero sí un poco insoportablote de tanto en tanto, echando pestes de toda la clase política tres veces al día - y no sólo en arameo, también en latín y griego clásicos, que para eso es catedrático de tales lenguas-.

J. ha estado alrededor desde que tengo memoria: fue compañero de mi padre, y le recuerdo en la piscina de Villaviciosa, presumiendo de atleta en su bicicleta estática mientras nosotros engullíamos con placer las croquetas de bolsa y el Danone de chocolate que allá, a principios de los 80, todavía eran primicias burguesas que mis papis me vedaban por hacer daño al estómago (después me vengué, de ahí los 78 Kgs. embutidos en mi exiguo 1,70). Luego llegó lo de la operación seguido de un paulatino e imparable deterioro físico que nunca pensaría que se ha prolongado durante 20 años. Pero ni la rehabilitación en el centro de parapléjicos de Toledo ni el progresivo deterioro motriz, las sondas o los 7 calambres diarios en todo el cuerpo le impidieron nunca coger el coche (debidamente preparado, se entiende) y llevarme de excursión por las cooperativas manchegas a buscar buen vino, encontrar restaurantes de toda la vida con buenos menús del día o, incluso, acompañarme en Tomelloso cuando más necesité a los míos.

Un buen día, dejé de pensar en J. Al menos, dejé de pensar en él todo lo que debía. Y hoy mi padre, harto ya de mutismo, nos embutió a mi hermano y a mí en un taxi y nos llevó a verle. Y ahi estaba él, con su silla de 20 años. El único problema es que la silla parecía flamante, y el que había envejecido sus 20 años más los 20 de la silla, era él. Y me he puesto a pensar lo hijos de puta que podemos llegar a ser, y cómo podemos anestesiarnos sin morfina ni nada, acallando las voces de aquellos a quienes una vez necesitamos pero ahora, por incómodos, simplemente dejamos aparcados. Y aparcar una silla es tarea fácil: lo difícil es aparcar el jodido martilleo que lleva arrancándome el corazón desde las cuatro de la tarde, y no me deja olvidar lo que he visto.

Felicidades, silla de J. Me gustaría que no estuvieras, pero eres tú, junto con la paciente F., quien ha estado, no yo. Pero no hay problema: conociéndome, mañana seguro que se me ha pasado, y ya no sentiré la losa encima que, a fecha de ahora, apenas me deja respirar.

Mañana, vuelta a pensar en pasarlo bien, en chicas y en todo lo que vale la pena, que ni yo ni nadie de mi generación hemos nacido para pasarlo mal. Aunque, en un cuento antiguo, creo recordar que un niño cortaba en dos la manta que su padre le había dado al anciano abuelo al abandonar a éste en la montaña para morir, y cuando el padre le preguntó a su hijo por qué dejaba al abuelo con sólo media manta, el niñó contestó:

-es que la otra mitad te la guardo para cuando sea yo quien te deje aquí.

El perdón y el olvido

Seguimos crispados. Con unos, con otros y, muy especialmente, con nosotros mismos. El jodido paro continua subiendo, la Lagarde y el franco suizo nos están penetrando por todas las fronteras, los líderes sindicales que tenemos al fin comienzan a mostrarse como lo que realmente son, id est, un hatajo de chupópteros que, sabiéndose descubiertos, están intentando ponerse a cubierto de la justa ira de los trabajadores... Y en medio de esta olla a presión en que nos hemos convertido, no soy capaz de ver ningún espacio, ningún momento, para la paz. Por eso me limito, hoy, a hacer un llamamiento de comienzo de año (porque el año comienza en septiembre, no en enero), a la paz: y con nosotros mismos, la primera. Con los demás, después.
Me ha tocado presenciar y sufrir, por bastantes motivos, un incremento de tensión humana que, si no logramos canalizar, temo nos lleve al casi-desastre colectivo. La gente contempla con mirada perdida un futuro que se nos ha ido a todos de las manos, un panorama que ya ni siquiera es desolador, porque se antoja, como el peor de los escenarios posibles, perdido. Si el lienzo fuera negro, podríamos cubrirlo con una nueva pátina y volver a empezar, pero es que el bastidor se ha caído a una sima de la que con dificultad podremos recuperarlo. Por eso necesitamos paz. Y no la paz de los líderes, los visionarios o los papas, sino la verdadera paz, que es la que viene del perdón y del recuerdo, no del olvido o, ya que estamos, la memoria. Porque el olvido es la muerte eterna de lo que pasó, y la memoria se usa para almacenar números (de muertos) o datos (de injusticias), pero no para aprender del pasado que no se debe olvidar. Necesitamos sentarnos con nosotros mismos y bucear en nuestros recuerdos para encontrar los momentos en que fuimos felices y, localizados, intentar revivirlos hoy, ahora: para recuperar la felicidad, que yo entiendo como pequeños y concrtísimos momentos en que logramos reconstruir la armonía del Universo en nuestras vidas.
hay pequeños momentos, cortos e intensos, en que miramos lo que nos rodea, nos miramos -desde fuera- siendo uno con lo que nos rodea, y en ese momento somos felices, porque percibimos que, al fin, todo está, y está bien, como debe estar. Y en esos momentos recordamos todo lo bueno, y perdonamos lo malo que, momentaneament, no desaparece, pero sí se aparta para dejar lugar a un sentimiento de tanta intensidad que llena todo lo que nos rodea. Y entonces, todo queda perdonado, porque sin perdón, no podemos ser enteramente felices.
Recuerdo aquella muerte de un viajante con Pepe Sacristán gigante, tremendo, que habría emocionado al mismo Miller y dejado en nada al gran Mamet. Y ahí, en el momento álgido de la obra, me di cuenta de que podemos perdonar a las personas sin mayor problema, pero lo que no podemos perdonar son las injusticias. El hijo del viajante, roto, seguía queriendo a su padre, pero el recuerdo de esas medias que el infiel regalaba a su amante mientras que su madre tenía que remendárselas, no le dejaba ser libre: y el hijo amaba a su padre, pero no podía olvidar las medias nuevas en contraste con las de su madre, llenas de remiendos que acabaron trasladándose al corazón del hijo. Por eso tenemos que aprender a perdonar sin olvidar, pero sin almacenar en la memoria ningún libro de rencores. Y por eso hoy, que volvemos todos (y yo, espero, al blog), esforcémonos por aceptar que hemos de perdonarnos a nosotros mismos, volver a empezar con el recuerdo de lo que hemos de mejorar y encontremos, de nuevo, el pequeño momento en que el universo bajó a nosotros y nos dió su armonía. Recuperémosla, y comencemos a construir, no desde cero, pero sí desde la ilusión que da saber que las oportunidades de ser, de hacer mejor, sí existen.
D.

viernes, 2 de septiembre de 2011

Desactivada la (momentanea) moderacion de comentarios

Siento el temporal atentado a la libre espontaneidad, pero despues de que un sujeto/sujeta tuviera la feliz idea de colgar mis datos personales en mi propio blog, no podía arriesgarme a que eso pasara durante mi mes en la meca de la censura, id est, sin poder remediarlo. A partir de ahora, y como siempre, lo que escribais aparecerá directa -e incontroladamente- publicado.
Saludos varios,
L

miércoles, 31 de agosto de 2011

La especial casta de los Sostres

Acabo de leer la crítica que el ínclito y objetivo Salvador Sostres ha hecho del Diverxo, así como la contracrítica -que no reivindicación, porque el Diverxo no necesita tal cosa- de de la Serna. Y pasado el cabreo inicial vuelvo a pensar, una vez más, lo que sufrían ciertos niños cuando en el recreo les quitaban el Tronkito, la Pantera Rosa, la tartaleta o el sobao pasiego que mamá primorosamente les metía diariamente en la cartera, ajena a la cruda realidad.

Este simpático tertuliano, de pinta pelín rara (brutaca) y humor dudoso cuando habla de niñas de 17 años, realmente no tiene la culpa de ser como es: seguro que de pequeño le quitaban el bollo día sí día también en el recreo, un buen dia juró vengarse de los tíos mejores que él (muchos, muchos, muchos), y pasados unos años se cayó del retrete, lo que motivó que, por el desorden de las sinapsis le viniera una -una sola, ojo- idea ingeniosa que se espabiló a plasmar en el medio de comunicación al uso... En fin, que solo tuvo una idea, se le agotaron las meninges y ahora el pobre no hace más que lo que hacen tantos planos hoy en día: tirar de la controversia barata para que le escuchen los que son como él.

Es obvio que a nadie le interesan las críticas de lo que es malo de por sí, porque ese tipo de críticas afluye naturalmente, y no asombra: esta gente necesita criticar lo bueno para que se les escuche porque, precisamente, es la crítica de lo bueno lo que sorprende a los demás. Y, sinceramente, no me asombra que un tío así critique los modos del personal del Diverxo porque, sencillamente, no está acostumbrado a ellos; peor, los etiqueta de afectados, "como de gay que todavía no se lo ha contado a su padre": macho, qué comentario tan ingenioso, nunca oído e inusitadamente original, de verdad. Si es que no hay cosa como que te tiren a la cara el bocata grasiento de bar barato de carretera para perder el oremus, Salvita. Sugeriré a los del Diverxo que la próxima vez que vayas, te pongan al lado de la mesa un expositor con las últimas casettes del Fary, el cabrero o Torrebruno y el pack de VHS's porno de la cole "conductor insatisfecho". Respecto a los platos fallidos y lo de que a quien Dios no da, San Pedro no se lo presta... bueno, quien diga que el mollete de trompeta de los muertos o el Sabu Sabu de pulpets no son la leche, no tiene ni puta idea de comida, oiga, se ponga como se ponga. Vengo de pasar un mes entero en Pekín -a que mola, si es que no se puede ser más cool (lo digo ya yo, para que no me lo ponga el pierdebollos de turno en algún comentario)-, y salvo la salsa de Sésamo, no he encontrado ningún plato, de ninguna de las 4 cocinas chinas o japonesas, que supere lo que he tomado allí. En lo atinente a Dios y los mediocres, si bien el crítico de eso sabe mucho, su operación de subsunción al caso concreto es, como era de esperar, otro desastre.

No soy amigo de David Muñoz y Angela (aunque me gustaría); hace mucho que no voy al Diverxo (nunca logro encontrar mesa, aunque es por culpa mía) y he comido en todo tipo de restaurantes (los que menta Salvita, los mejores de comida clásica y en las calles de más de una ciudad, más de una vez) y este simpático crítico cada vez se asimila más a aquellos que, por fracasados de toda la vida o por esconder la total carencia de ideas, recurren a la crítica fácil. Qué pena, pero esto es como todo: si este tipo de gente no tuviera su público, se estarían dedicando a cualquier otra cosa. La culpa no es de ellos, sino nuestra.

Cosas veredes, amigo Sancho

Ya he vuelto

... Y no digo más, porque tengo que "rectificar" a Sostres y su crítica al Diverxo. Pekín, un año más, excepcional -tendré que reflexionar sobre mi convencimiento de que no se debe volver a los sitios donde se ha sido feliz-; cada año tengo más claro que sólo quienes más valen se pueden permitir ser normales -abrazos a Daniel, Clinton, Mike, Mahdi, Rodion, Vlada, Sophie, Eva, Belén, Laura, Marianiki y Fuckyoulcountly: mereceis no un post, sino todo un blog aparte- y en fin, que ciertas cosas, si se plasman por escrito, pierden la inusitada e inexplicable belleza de unos contornos que sólo se pueden revivir íntegramente en sueños.

Aún no he vuelto de Pekín. Sigo ahí, y esta tarde hemos quedado a las 20:00 donde las cervezas, al lado de la Vita, para un hotpot y una Tequila night en el Sensation (o una power hour, o una excursioncilla, o uno de los árabes de Mahdi...)

L.

lunes, 25 de julio de 2011

Me largo (hala)

Mañana me largo al mismo sitio que el año pasado. Me encantaría escribir un largo hasta luego, pero estoy de vuelta de Tanger, molido tras unos días de música Tamazigh, pastela, ras el hanout, llaves sefardíes y ferry, y mañana por la mañana me esperan los de British Airways. Pepe estará por casa y espero que vosotros no me olvidéis, pues me temo que el bloqueo de blogger sigue en mi lugar de destino. Os dejo con Trecet, Alcanda, Gasset Dubois, Pumares, Russell, Puccini... A la vuelta veremos en qué acabó el tarado de Utoya (declarado inimputable, pues los noruegos no pueden aceptar que esto pase cabalmente en su país y, peor, a los suyos), si los USA al final se declararon en bancarrota -compren yuanes renminbi-, y tantas otras cosas.

Un abrazo y felices vacaciones a todos

martes, 12 de julio de 2011

lunes, 11 de julio de 2011

enésima licencia friki





Mejor no pregunteis, que tengo que liarme a hablar de AFA, de prototipos, food premiums... y en el fondo estoy cumpliendo la promnesa que le hice a un amigo del mondo friki-bizarro éste

jueves, 7 de julio de 2011

El San Francisco de Messiaen o "ahora comprendo a los milicianos"


A ver si me explico. Duración aproximada del bodrio, según la excrecencia de octavilla que ahora sustituye al antiguo cuadernillo: 5 horas con 45 minutos. eso sí, ahí estaban todos, oseatejuro, desde la realeza, encarnada en Doña Sofía y su hermanica, pasando por premios Nobel -advinen Uds. quien-, alcaldes de Madrid, Ministros, magistrados de las más altas instancias, jefes de gabinete, jovencillos con traje entallado y corbata de bufete importante con sus quieroynopuedas de vestidos inapropiados para el Madrid Arena... y el que suscribe, con su camisica camboyana comprada al hijo de Curro, a ver por dónde iban los tiros.
No soy de los que presumen de odiar la ópera contemporánea, tomarme un bocata después de haber cenado en un restaurante de cocina de autor o reirme de las performances de Arco, pero de verdad, no soy capaz de recordar cómo pude llegar vivo al final del Acto I. Supongo que el auditorio, tan imbuido de trajes nuevos del emperador, dirá que fue mítico, pero mítico, lo que es mítico, solo lo fueron los ronquidos de la mayor parte de los asistentes. Ni siquiera Ruiz Mantilla, en la crítica del País, ha sido capaz de instilar la más mínima emotividad en un texto que, igual que todos los que he leido al respecto, parece que no se atreve a describir lo visto ayer como lo que realmente fue: un tostón disfrazado de superproducción: vamos, que solo faltaban las gafas 3D.
Si yo quiero ver una cúpula que me mole, me voy al duomo de Florencia o a ver la de Zamora. Si quiero ver un huevo de músicos juntos, me acerco al conservatorio en fecha de exámenes, y si quiero ver cómo más de 130 voces pegan mugidos (pobres profesionales) me voy a un partido de tercera regional, que es su sitio. Pero si voy a una ópera contemporánea, no quiero ver ni otra puesta en escena metafórica (lo del leproso con el tapao de negro unidos simbólicamente mediante un lazo que se va deshaciendo es de traca: te echo de menos, Bieito), ni a un tío cuya única expresión es la que le han contado que debe tener un iluminado, ni una obra sólo superada en dinamismo y tensión por "cinco horas con Mario II: la siesta de Carmen". Por favor, señores, no me innoven con estas cosas y, se lo ruego, larguenme a Mortier, que nos la ha vuelto a meter otra vez, solo que ésta, el miedo a quedar de reaccionarios e incultos me huelo que nos va a impedir protestar. Tenían que haber visto la cara de Gallardón a la media hora del espectáculo de marras...
D.

viernes, 1 de julio de 2011

Miralles y su croissant

Centrado en las "nuevas adquisiones" olvidé colgar uno de los hitos del ingenio patrio, que es el maravilloso onanismo de MIralles, onanismo que encubre un peso específico de filosofía que deja frito. In other words, en todo hay belleza y en todo hay matemñatica. Y si la variable aurea no es más que una proporción matemática, la belleza es proporción, y el atractivo son las micras de imperfección de la misma. De modo que la pasión son las curvas no acotadas del Gran Arquitecto (no deduzcan otros significados, por favor), con que cubre una perfección universal. Esperemos encontrarla, si bien prefiero quedarme en la capa de belleza con que se cubre lo estructuralmente perdurable.

miércoles, 29 de junio de 2011

Los hombres de cal

En Asturias, las mujeres deciden cuando mueren. Los hombres en cambio, más débiles, sólo llegan al cómo. El Freitas no pudo decidir ninguno de los dos: murió de la peor de las soledades, de aquella que no se busca porque es ella quien te encuentra, y te encuentra solo. Pensamos que trazamos nuestro camino en la vida mediante las decisiones que tomamos, pero al final, cuando echamos la vista atras, no vemos más que una linea recta, sin desvíos ni incorporaciones, que nos ha llevado inexorablemente al lobrego salon de una casa vacía donde nuestros únicos compañeros son un puñado mal contado de recuerdos y la foto de un niño, sentado en un pupitre delante de un mapa de España, que nos devuelve la mirada de estupor, y nos confirma que al final morimos como nacemos: desnudos y sin saber qué nos esperará más allá del umbral del útero, del umbral de la muerte.

Juventino era pintor, y lo que pintaba, gustaba. Con la pintura pasa como con los vinos, y los mejores son, sencillamente, aquellos que más nos gustan, sea un Chateau d'Yquem o un Señorío de los Llanos. Quizas fuera el primer grafitero de España, pues los murales del Zabala o del antiguo hotel de Busto, que parecían haber nacido cocidos con cada ladrillo, no los hubiera cambiado la gente del pueblo ni por 100 Banksis. Pero ya no importa, porque de su obra no queda nada, borrada, demolida o tapada con una buena mano de cal viva. Pero a diferencia de la cal con que los curas de Franco remozaban los frescos de sus parroquias, la cal que tapó las obras del Freitas nunca fue viva y, por eso, no podrá resucitar lo que cubrió. A veces creo que no somos seres de carne y hueso, sino solo de cal: cal viva y cal muerta, y borramos a voluntad la memoria de quienes no llegaron a ser como o cuanto esperábamos. Y así nuestras carcasas son blancas de cal, igual que las órbitas de los ojos que se cierran para no ver los abusos, el abandono, la deliberada ignorancia. Los dientes son de cal, y con ellos desgarramos la carne de nuestros enemigos, no por hambre, sino por despecho, venganza o destrucción. Y por eso, cuando morimos, lo único que queda es nuestro calcio, porque lo poco bueno que tenemos desaparece al morir.

Al Freitas le borramos mucho antes entre todos, y así al pobre Juventino, borrado por todos, no le quedó más remedo que borarse a sí mismo, sólo que, en lugar de utilizar cal, usó el alcohol que no depura, sino que mancha hasta que destruye. Y así hinchó su hígado, que fue haciéndose amarillo (como la cal). Y también la piel le fue blanqueando, y el alma, y el corazón, hasta que un día que, ya transparente, se miró al espejo, pudo ver lo que pasaba a sus transparentes espaldas. Y lo que vió fue la gente que se reía de él, la gente para la que ya no existía: la gente para la que ya era transparente desde siempre. Y así se lo llevó la parca, en un acto de misericordia impropio, porque el mal ya nos preocupamos nosotros de infligírselo.

Cal, alcohol y olvido de sí son las iniciales del Caos. Pasan los meses, pasan los años, y Freitas, borrado, no tiene quien le recuerde: ni siquiera sus obras. Han pasado los años, y no he sido capaz de encontrar ni una puta foto suya: ni de él, ni de lo que creó. ¿Es que de verdad no queda nada? ¿De verdad somos capaces de borrar para siempre a alguien? ¿De verdad somos capaces de hacernos eso entre nosotros? ¿De verdad tenemos que bucear en la memoria para recuperar un puto gen, una puta partícula de ADN para escribir siquiera una línea? Por Dios, ¿siquiera una línea? ¿De verdad no nos quedan más cojones que fornicar y reproducirnos en el supremo acto de egoismo para procrear acólitos a quienes no quede más remedio que recordarnos?

No te preocupes, Freitas: donde tú estás, estaremos todos. Y estaremos igual de olvidados. De todas maneras, si no cambiamos, será lo que merezcamos: toda tu gente, todo tu país, todo tu mundo, toda tu creación. Duerme y no nos sueñes: suéñate a tí mismo, Juventino, y protégete así de nosotro, mi querido amigo. Yo no olvido tus paseos a pie hasta Luarca, ni tu fiel ramo de flores, que siempre supiste depositar ante quien desde el principio identificaste como la diosa que es. Solo por eso, por ser el primero que vio a la diosa escondida, ya merecerías ser recordado. Por mí, siempre.

Un abrazo, mi amigo a quien la desgracia amó.

miércoles, 8 de junio de 2011

Me cago en la tortita de salvado de avena de Dukan...

.. y en los jodidos huevos sin yema/yemas sin huevo, que no saben a nada (pero ojo, que va el tío con dos cojones, y te suelta que "para que su consumo resulte más fino y menos monótono... se pueden preparar en forma de tortilla con cebolla picada o con yemas de espárragos para darles sabor": pedazo de explosión de sabor, compadre).

Y en el aspartamo, la Estevia (6,72 euros me han limpiado por 15 puñeteros gramos: desde luego, más ligerito de monedas sí que me siento) y demás edulcorantes, que no se disuelven ni a la de tres y luego te los encuentras ahí, agazapadas las tres pastillitas en el último sorbo, escondidas para que te las tomes de golpe al final y, ahí sí, te dan el trastazo asquedulzonazo que te deja con las papilas gustativas anestesiadas durante media hora.

Y en la mirada de la del departamento de "comida sana" del Corte Inglés que, después de contrastar visualmente lo deplorable de tu estado y ese peazo cuerpo Danonecaducado que tiene ante ella te dice, con ese tono sádico-paternalista que dan ganas de hacerla tragarse todo el Sheitan del expositor, que "no queda salvado de avena". Pero vamos a ver, niña de mis ojos de madre de reputación más que dudosa: ¿cómo no va a quedar algo que torna ligera la deglución de un polvorón envuelto en papel de lija, mujer?.

Y en los puñeteros 2 litros de agua al día, que no hago más que ir al baño a hacer pis. (Aviso: no se tomen un litro de agua de un solo trago, como yo he hecho esta mañana, que unos riñones que han devenido del tamaño de un anacardo por falta de uso no aguantan un torrrente acuoso tal, y lo desvían por el cauce trasero: lanzadito al baño que me ha tocado ir, y mira que me fastidia sentarme en el trono en mi lugar de trabajo...).

Y en la difícil decisión entre el sabrosísimo pollo sin piel, el tiernísimo pavo (sin piel pero, eso sí, con los dientes que me he dejado intentando masticarlo), la ternera magra (úsenla como Phyliss para los zapatos, funciona) y la siempre suave caza -aconsejo el faisán, que se derrite en la boca: Ummm, qué sabor más delicioso...-

Y en las albóndigas asadas de ternera al horno cuidando, claro está, de que el (poco) agua que les queda caiga a la bandeja inferior. Voy a exportar unas cuantas a Libia, para que los rebeldes las utilicen de munición antiaérea: Gadafi abdica en una tarde, seguro.

Y en la maravillosa salsa de yogur desnatado y granos de mostaza (sin más), que es lo único que puedo echar a los platos.

... obviamente, todo sin sal, señora, que retiene líquidos (voy a empezar a tomarla con los cubatas, para prolongar el chuzo del sábado... Uy, si tampoco puedo beber alcohol, que engorda un montón...). Ahora bien, no hay que preocuparse, que de todas estas cosas cocinadas sin sal, sin salsas, aceite (Uuuu, el demonio...), mantequilla o manteca, podemos tomar tanto como queramos, cuando queramos. No, si encima le vamos a tener que dar las gracias al gabacho y todo.


Y solo llevo tres días