lunes, 14 de noviembre de 2011
Patsy -comme un appel-
A veces han de pasar décadas hasta que logramos poner nombre a los recuerdos. Hoy, tras 25 años, encontré, al fin, aquel rumor cuya armonía solo llegaba a oir claramente al final de la noche. Pero un día, luchando contra el fin de un buen sueño, rescaté del olvido una sola frase: "il emporte mes rêves". Y a través de ella, lo encontré. Y tras volverla a escuchar, me doy cuenta de que bastaría con quedarse en los dos primeros minutos. Pero esos dos minutos, previos a uno de tantos estribillos ochenteros escuchados por un adolescente más, podría escucharlos hasta siempre, como estoy haciendo ahora, con esa insistencia loca que logra revivir, solo en el perfecto delirio de toda noche de forzada lucha contra la vigilia, a Jeanmi, Monique, Thierry, Christophe, la Maison du Quartier, la escalada con Jose y Pepín, los bocadillos con Celine, Helene, Cyrile, Aurelie. La Bernerie en Retz, Pépé y Mémé, Renaud,partenaire particulaire, Mylene Farmer, las latas de ravioli relleno, los tebeos en francés. El olor del plástico de las primeras Nike, compradas en Oxford Street...
Pero de estos recuerdos, solo sabe José
Un oiseau plane tout là-haut dans le ciel,
il emporte mes rêves,
le vent se prend dans ses ailes.
Les gouttes de pluie,
qui tombent de feuille en feuille,
caressent les arbres d'où s'échappe un cri.
C'est comme un appel, un signal,
une raison tropicale
pour mon âme de céder au voyage idéal.
Oh, c'est comme un appel, «jungle dream»,
une douce sensation dont je suis victime.
C'est comme une révolte, «jungle dream»,
d'un sentiment qu'on réprime.
C'est comme un appel, «jungle dream»,
l'envie de voler par-dessus les cimes.
J'ai comme l'illusion d'être la victime,
vertige du secret à dire.
Le vent tiède souffle dans ses cheveux,
oh il caresse ma peau,
j'ai le vertige de ses yeux bleus.
Il y'a tant d'amour au fond de mon âme
qu'elle s'envole vers celui qui réclame.
Et par delà les fleurs, par-dessus les forêts,
l'oiseau fou m'entraîne
vers le monde qui me plaît.
Oh, oh, c'est comme un appel, «jungle dream»,
une douce sensation dont je suis victime.
C'est comme une révolte, «jungle dream»,
d'un sentiment qu'on réprime.
C'est comme un appel, «jungle dream»,
l'envie de voler par-dessus les cimes.
J'ai comme l'illusion d'être la victime,
vertige du secret à dire.
C'est comme un appel, «jungle dream»,
une douce sensation, oh dont je suis victime.
C'est comme une révolte, «jungle dream»,
d'un sentiment qu'on réprime.
C'est comme un appel, «jungle dream»,
l'envie de voler par-dessus les cimes.
J'ai comme l'illusion d'être la victime,
vertige du secret à dire.
miércoles, 19 de octubre de 2011
"Our revels now are ended. These our actors,
As I foretold you, were all spirits and
Are melted into air, into thin air:
And, like the baseless fabric of this vision,
The cloud-capp'd towers, the gorgeous palaces,
The solemn temples, the great globe itself,
Yea, all which it inherit, shall dissolve
And, like this insubstantial pageant faded,
Leave not a rack behind. We are such stuff
As dreams are made on, and our little life
Is rounded with a sleep". (Will Shakespeare, the tempest)
We are such stuff as dreams are made on: we are the stuff dreams are made on, and maybe -just maybe-, we are nothing but someone else's dream. Someone else which we call God -because he created us, and we can perceive being nothing but a Creation- but which can just be our closest friend; our neighbour, the woman which buys groceries in the same supermarket than us... and we are nothing but parts of a dream which will soon end.
Where do dreamt creatures go when the dreamer wakes up?
That, we'll soon know
As I foretold you, were all spirits and
Are melted into air, into thin air:
And, like the baseless fabric of this vision,
The cloud-capp'd towers, the gorgeous palaces,
The solemn temples, the great globe itself,
Yea, all which it inherit, shall dissolve
And, like this insubstantial pageant faded,
Leave not a rack behind. We are such stuff
As dreams are made on, and our little life
Is rounded with a sleep". (Will Shakespeare, the tempest)
We are such stuff as dreams are made on: we are the stuff dreams are made on, and maybe -just maybe-, we are nothing but someone else's dream. Someone else which we call God -because he created us, and we can perceive being nothing but a Creation- but which can just be our closest friend; our neighbour, the woman which buys groceries in the same supermarket than us... and we are nothing but parts of a dream which will soon end.
Where do dreamt creatures go when the dreamer wakes up?
That, we'll soon know
lunes, 17 de octubre de 2011
Occupy Wall Street
Como dice María, ¿por qué hacemos más caso a los de fuera que a los de dentro? y, en todo caso, yo ya me he perdido con los indignados americanos: quiénes son, ¿los del Tea party (que ahora, además de negar la teoría de la evolución, parece que tienen hasta un himno, "I am America", de Krista Branch), o los de Occupy Wall Street? leche, si Obama pone un circo, le crecen los enanos. No están como aquí, pero bueno...
martes, 11 de octubre de 2011
Una historia verdadera
Siento que, a veces, este blog parezca tornarse pelín emotivo/ternurista, pero qué se le va a hacer: a veces toca cachondeo y otras, como es el caso, dejar escrito en este espacio tan infinitamente efímero que es la "blogosfera" historias que no pueden caer en el olvido, pues entre tanto volcán, crisis, cambio de gobierno, primaveras árabes, hambrunas, sádicos et alii, tiene que haber, necesariamente, luz.
Y la hay, créanme. El problema es que lo bello, lo heroico, lo que nos hace tirar un día más, no tiene gancho para el común de los mortales... pero de esto ya se ha hablado mucho y ni tengo un orujo de hierbas delante, ni me acabo de zampar unos carabineros, ni la mierda de medios de comunicastración que tenemos vale la pena.
Lo que vale la pena son unas gemelitas indias adoptadas por una pareja tras ser salvadas de la muerte por un ingeniero agrónomo en un pueblo de la India. El ingeniero, que acababa al fin de descubrir un acuífero y se prestaba a notificar a la aldea que en breve tendrían un pozo con agua, se encontró a todos arremolinados en torno a dos bebés tendidos en el suelo, y le contaron la historia: los padres acababan de morir en un accidente, no había quien se ocupara de ellas -eran bebes, dos y niñas...- y la supervivencia atávica del grupo exigía -esperaba- que se prescindiera de ellas, cosa que iban a hacer de un modo que no merece la pena recordar.
Y este ingeniero, ni corto ni perezoso, le dijo a Fuenteovejuna que si no salvaban a las niñas no había pozo: y a punto estuvo de ser muerto, él también, por el pecado de ir contra la supervivencia de la aldea. Pero se mantuvo en las suyas y, al fin, cambió el pozo por la vida de esas niñas que, tras ser adoptadas, pululan hoy encantadas por las calles de Madrid, desconozco si conscientes o no de que deben la vida a una de esas personas por las que se podría redimir a todo un mundo.
Como cierta me la contaron, y así la plasmo yo.
D.
Y la hay, créanme. El problema es que lo bello, lo heroico, lo que nos hace tirar un día más, no tiene gancho para el común de los mortales... pero de esto ya se ha hablado mucho y ni tengo un orujo de hierbas delante, ni me acabo de zampar unos carabineros, ni la mierda de medios de comunicastración que tenemos vale la pena.
Lo que vale la pena son unas gemelitas indias adoptadas por una pareja tras ser salvadas de la muerte por un ingeniero agrónomo en un pueblo de la India. El ingeniero, que acababa al fin de descubrir un acuífero y se prestaba a notificar a la aldea que en breve tendrían un pozo con agua, se encontró a todos arremolinados en torno a dos bebés tendidos en el suelo, y le contaron la historia: los padres acababan de morir en un accidente, no había quien se ocupara de ellas -eran bebes, dos y niñas...- y la supervivencia atávica del grupo exigía -esperaba- que se prescindiera de ellas, cosa que iban a hacer de un modo que no merece la pena recordar.
Y este ingeniero, ni corto ni perezoso, le dijo a Fuenteovejuna que si no salvaban a las niñas no había pozo: y a punto estuvo de ser muerto, él también, por el pecado de ir contra la supervivencia de la aldea. Pero se mantuvo en las suyas y, al fin, cambió el pozo por la vida de esas niñas que, tras ser adoptadas, pululan hoy encantadas por las calles de Madrid, desconozco si conscientes o no de que deben la vida a una de esas personas por las que se podría redimir a todo un mundo.
Como cierta me la contaron, y así la plasmo yo.
D.
Apple sin Steve Jobs
Apple está triste, ¿qué tendrás Apple? pues el lógico acojono del mamut que ve que quien le creó con el Mackintosh, le recreó con el Ipod, le resucitó con el Iphone y ahora, con el Ipad le había dado la tranquilidad, se ha ido para siempre. Lo siento por el fallecimiento de un ser humano que, por otro lado, tuvo la satisfacción de hacer realidad su sueño (olé, Sr. Jobs, esté donde esté: casi nadie lo logra), pero lo que es por Apple, ese hijo desagradecido, pródigo -en su sentido más estricto- y que solo se acordaba de Santa Barbara -Barbara Jobs, se entiende- cuando tronaba en Wall Street o Pekín... pues muchas lágrimas, lo que es muchas lágrimas, no voy a echar. en 3 años máx. los chinos se harán con la participación mayoritaria en la compañía de la manzana -si no la tienen ya sindicada- y confirmarán lo que no es sino una situación de hecho consolidada.
D.
Descanse Ud., sr. Jobs, que se lo tiene merecido. Y si tuviera Ud. mala leche, se dedicaría a decir "te lo dije" de aquí a poco.
D.
Descanse Ud., sr. Jobs, que se lo tiene merecido. Y si tuviera Ud. mala leche, se dedicaría a decir "te lo dije" de aquí a poco.
lunes, 10 de octubre de 2011
Pina Bausch, Wim Wenders y kazuo Ohno
Este fin de semana ha tocado el tranquilo cultivo de este melonaco que Dios me ha dado por cabeza, y el fertilizante ha sido espectacular, con independencia de sus resultados: Pina, de Wim Wenders, en 3D el sábado -Gema, ve a verlo-, y ayer, la loca Elektra de Strauss, con escenografía del Pompidouzado Anselm Kiefer y un papelón principal increíble, en lo que es la orgía de despecho, odio, sentimientos encontrados y, al final, el vacío de la venganza, más sabiamente combinada que he visto junto a la versión de Titus de la Taymor (sí, hubo vida de la buena antes de "en tierra hostil"). Pero lo que yo quiero enfatizar es la maravilla que vi este sábado en 3D, y que ha hecho que me reconcilie con la danza contemporánea, esa expresión corporal que en muchos casos tiene más de mimo inspirado que de baile, y que me hace posponer toda reflexión sobre la muerte de Steve Jobs, Eduardo III, Kevin Spacey, el pollo del Niemeyer, the bridge, los cadáveres que va dejando Almodovar... y demás, que tendrán que esperar.Estoy enamorado del Señor Wenders desde que convertí "el cielo sobre Berlín" en una de mis tres películas-fetiche (decisión que ha sobrevivido incluso el destrozo que le perpetraron "city of angels" y el vídeo de U2). Con Buena Vista Social Club disfruté un montón, y estoy esperando que me llegue "hasta el fin del mundo" para volverla a ver desde el cariño de cuasicuarentón con -mínimo- bagaje de experiencias visuales. Todo ello me llevó este sábado a los Ideal con las esperanzas altas y, reconozcámoslo, no sólo no me defraudó, sino que ha superado cualquier expectativa: desde la última vez que ví un espectáculo de Danza contemporánea de la mano del Sr. Duato -imitador burdo de maestros que ha convertido la Compañía Nacional de Danza en su cortijo-, no había vuelto a poner pie en una de estas sesiones hasta ahora, en que he visto un acto múltiple de amor hacia un genio que nos dejó hace pocó más de dos años. Porque "Pina" es un homenaje desde el amor, hecho con amor, por un profesional que se ha dejado aconsejar por aquellos que estuvieron trabajando con ella durante más de 20 años, su Tanztheater de Wüpperthal, un grupo de profesionales de la danza malacostumbrados a cocrear con el mito Bausch, en una suerte de relación de retroalimentación que el tiempo ha agradecido, convirtiendo a la Bausch en un personaje de la talla de la Bernhardt, la Duncan, la Callas, Von Karajan o Glenn Gould; de esos que no solo no muere nunca sino que, como decía una de sus bailarinas, crece cada vez que nos visita en los sueños.
A través de diversas incursiones detrás de los ensayos y representaciones de hitos como sus Café Müller, el Rito de la primavera, Orfeo y Eurídice, Kontakthof o Água, y ayudado de la magia de un 3D magistral -porque ha tenido que seguir cada paso, de modo que parece que les estamos acompañando, a los bailarines-, Wenders nos muestra el genio y, tanto o más importante, cómo esta excepcional cualidad privativa de sólo un puñado de humanos se plasma en lo que queda después de su partida. Porque Pina, lo que es Pina, no aparece ni en, ni para esta película (murió demasiado pronto, demasiado de improvisto), más allá de unas muy concretas secuencias de archivo que sirven al cineasta para enhebrar la suave cadencia de la filmación.
En Pina, Wenders nos muestra que por nuestras obras nos conocerán, y nos despliega parte del legado de Pina Bausch a través del cariño, la maestría y el genio contagiado a todos y cada uno de los integrantes del Tanztheater, bailarines que, siendo distintos, cada uno es, también, Pina. Y esa es la magia de este peliculón: que viendo a los suyos, a su obra, vemos la sombra del genio que hubo detrás, en una suerte de cuento contado por un autor anónimo, sobre un personaje anónimo, del que solo se habla en susurros, y en términos míticos. Y de ese modo adivinamos el animal artístico que, superando el protagonismo clásico de las piernas en el baile, erige a brazos y manos en instrumento supremo de sendas armonía, comunicación y arte. Todo, sobre la base del doble sueño de que, con ayuda de los demás, se superan todos los obstáculos, partiendo de nuestra inevitable unión con las fuerzas de la naturaleza y los 4 elementos: porque sólo en contínua unión con la tierra de donde venimos (y a donde inevitablemente volvemos: véase la escena donde se intenta enterrar a la bailarina), el agua que somos, el viento que nos mueve y el fuego que llevamos dentro -y que fumamos, como Pina, por paquetes-, podremos vivir con nosotros mismos. Así, se nos muestra cómo podemos caer una y mil veces, mientras haya alguien que nos recoja; caminar a ciegas, siempre que nos ayuden a quitar los obstáculos; empaparnos, mientras se nos proporcione calor humano e, incluso, rasgarnos las vestiduras, mesarnos los cabellos o autolesionarnos siempre que el fin, empero, lo valga.
El fin de Pina siempre fue esa belleza que el decapitado Trecet nos incitaba a buscar ("esta es la única protesta que merece la pena en este asqueroso mundo"). Y una vez que Pina la encontró, se la dejó a su compañía y se fue: debe ser cansado, eso de ser los macilentos y picudos hombros que sostienen, a solas, una de las últimas luces de la pureza. Y como decía una de sus amigas, en este momento debe estar en el cielo junto con Kazuo Ohno, los dos saltando de nube en nube, y hablando de qué pueden representar ahí arriba ahora que pueden volar, mientras el maestro del Butoh juega a plegarse, como una futura mariposa, y ella baila, con los ojos cerrados, pero moviéndolos detrás de los párpados (pues en la oscuridad, como en la luz, también se puede seguir el movimiento del universo).
Que soñemos contigo, Pina, y nos recojas cuando caigamos.
L.
PS.- Si alguien conoce o se encuentra con Fernando Suels Mendoza, el único español de la compañía, por favor que me lo reverencie de mi parte. Y en lo atinente a los incondicionales de Carolyn Carlson, no solo les respeto, sino que a nivel estético me gustan más sus coreografías que las de la Bausch, pero porque acometen a la perfección una simbiosis de influencias (ballet clásico, flamenco, bailes tradicionales...) que son percibidas más rapidamente por el subconsciente. Y desde luego, si lo interpreta Sara Orselli, ya me dan las cuatro cosas: pedazo de feminidad, Señor -gracias, Esther, por la pista-.
jueves, 29 de septiembre de 2011
Adeu, corridas en Cataluña, adeu
Como el blog lo hago yo aunque sea de todos, y creo que tal presupuesto ha sido minuciosamente respetado -aun a riesgo de haber sido llamado de todo en ocasiones-, me veo legitimado para poner mis opiniones, y luego que me las rebata quien quiera.Estamos locos. Si a mí me dieran a elegir entre la vida humana más "insignificante" (entrecomillo porque no hay vida humana insignificante) y la Gioconda, quemaría ese cuadro que, al final, no es más que eso, un puñetero cuadro -y les habla un coleccionista de casi todo-. Pero abolir las corridas de toros en Cataluña, cuando casi simultaneamente se ha autorizado por la Generalitat la matanza de miles de jabalís llegando a usar venenos me parece, cuando menos, un poco incoherente, ¿no?.
Respeto a los agricultores, pero leche, creo que el mismo respeto se merecen todos los profesionales que vivían del toreo, y éstos no son solo los empleados directamente como consecuencia del negocio taurino, sino los hosteleros, los reventas, los que se sacaban unas pelillas ayudando a los guiris a conseguir entradas, los Tour operators que organizaban las excursiones ex profeso a la Monumental. Los dueños de los bares de la zona, los carniceros, los vendedores de puros, aguas, almohadillas y patatas fritas; los fabricantes de abanicos, los impresores de la cartelería, señalética y entradas... No todos los que van a perder con esta prohibición son empresarios taurinos o ganaderos de Lamborghini, picadero y rubia oxigenada con abrigazo de visón: también perderán -y más o todo, porque éstos no tienen asesores financieros-, los camareros de los baretos que te ponían la tapita antes (o después) de la corrida, los que echaban la manta con sus cuatro cosas para vender a la salida de la Monumental y otros tantos. Pero no importa, que les jodan, ¿no?
Pero qué más da: lo importante es quién ha ganado el pulso (porque de los toros, de los toros, en realidad... ¿se ha preocupado alguien en serio? no me joroben y, al menos, seamos consecuentes)
El nene
miércoles, 28 de septiembre de 2011
Momento de tranquilidad
Cierro los ojos y sólo los abro para contemplar el candor de la inocencia que se esfuerza. Y descanso, en este laberinto de desconciertos, en este baile a veces estúpido. En esta huída hacia adelante, desbocada a mil caballos de potencia: por ahora, sin ningún obstáculo que, una vez más, me haga volar y dar otras siete vueltas de campana (aunque esta vez, dudo que las sobreviviera)
Es difícil...
... Estar a todo cuando, continuamente, oyes algo que no quieres escuchar: un susurro, una suave canción que te avisa de lo que estás descuidando, que es aquello que, por mucho que lo ignores, no desaparecerá.
Intentamos huir, distraer, eludir lo que nos hace daño. Aquello que no nos queda más remedio que decidir, pensando que el tiempo -el gran amnésico-, lo arreglará por nosotros. Y nos sumergimos en alcohol, en el trabajo, en las mentiras, en las aventuras que nos dejan sedientos de trascendencia. En problemas estúpidos que engrandecemos para tener algo con que ocupar el tiempo.
Pero la voz no se calla: simplemente se desplaza del oído al sueño y, de día, del sueño al corazón, al que no podemos callar. Porque si le callamos, moriremos la muerte que tememos afrontar; el olvido supremo, aquel que no podemos paliar ni enfrentar recordándonos a nosotros mismos. Y por eso tenemos que seguir oyendo la jodida voz: que no es la de la conciencia (ya quisiéramos nosotros), sino la de la realidad, la del tiempo que apremia, tiempo que se acaba, que se agota, que fluye como arena entre las manos de un niño que, inocente, piensa vaciar la playa cubo a cubo.
Y en esa zona gris vemos nuestras huellas, continuamente borradas como si estuvieram estampadas en esa misma arena, vulnerable y sumisa al capricho de los gigantes; como palabras escritas con agua en el suelo del palacio de verano de Pekín; como la última representación de una obra de teatro ante un público de enfermos de Alzheimer. Y la voz no cesa. Y esperamos que quien quiera que la profiera se calle o se muera de una vez. Pero una mañana nos miramos al espejo, sobrios, especialmente despiertos... Y vemos que somos nosotros los autores de esa voz que no cesa: muertos en vida, vivos en muerte, en hibernación imperfecta (pues la arena del reloj sigue cayendo); en continua oxidación por los fotones que, saliendo de nuestra alma, rebotan contra una piel que hemos endurecido hasta no sentir nada. Y así hasta que ya no podemos más, y nos tiramos por el acantilado, nos tumbamos a esperar la muerte, la provocamos haciendo que el hígado -o el cerebro- exploten o, al fin, afrontamos el gran miedo, distinto en cada uno de nosotros...
A fecha de hoy, solo he visto un ser valiente como para afrontarlo. Y era un niño.
Intentamos huir, distraer, eludir lo que nos hace daño. Aquello que no nos queda más remedio que decidir, pensando que el tiempo -el gran amnésico-, lo arreglará por nosotros. Y nos sumergimos en alcohol, en el trabajo, en las mentiras, en las aventuras que nos dejan sedientos de trascendencia. En problemas estúpidos que engrandecemos para tener algo con que ocupar el tiempo.
Pero la voz no se calla: simplemente se desplaza del oído al sueño y, de día, del sueño al corazón, al que no podemos callar. Porque si le callamos, moriremos la muerte que tememos afrontar; el olvido supremo, aquel que no podemos paliar ni enfrentar recordándonos a nosotros mismos. Y por eso tenemos que seguir oyendo la jodida voz: que no es la de la conciencia (ya quisiéramos nosotros), sino la de la realidad, la del tiempo que apremia, tiempo que se acaba, que se agota, que fluye como arena entre las manos de un niño que, inocente, piensa vaciar la playa cubo a cubo.
Y en esa zona gris vemos nuestras huellas, continuamente borradas como si estuvieram estampadas en esa misma arena, vulnerable y sumisa al capricho de los gigantes; como palabras escritas con agua en el suelo del palacio de verano de Pekín; como la última representación de una obra de teatro ante un público de enfermos de Alzheimer. Y la voz no cesa. Y esperamos que quien quiera que la profiera se calle o se muera de una vez. Pero una mañana nos miramos al espejo, sobrios, especialmente despiertos... Y vemos que somos nosotros los autores de esa voz que no cesa: muertos en vida, vivos en muerte, en hibernación imperfecta (pues la arena del reloj sigue cayendo); en continua oxidación por los fotones que, saliendo de nuestra alma, rebotan contra una piel que hemos endurecido hasta no sentir nada. Y así hasta que ya no podemos más, y nos tiramos por el acantilado, nos tumbamos a esperar la muerte, la provocamos haciendo que el hígado -o el cerebro- exploten o, al fin, afrontamos el gran miedo, distinto en cada uno de nosotros...
A fecha de hoy, solo he visto un ser valiente como para afrontarlo. Y era un niño.
miércoles, 21 de septiembre de 2011
cinco de la mañana sin poder dormir
La última bomba atómica no será peligrosa
no nos esconderemos debajo de las mesas: saldremos al último día del sol
y, mirando el cielo, intentaremos descubrir la armonía de los últimos sonidos.
Nosotros, desnudos,
respirando
destruimos universos que ni siquiera conocíamos,
y las lágrimas no nos sirven para nada más que ver con más claridad
la desrucción que causamos.
No necesitamos
-no queremos-
paz.
Sólo no sentir
no sufrir
no doler
no mirar
no llorar
no oír.
Silencio, de noche y en el día que no acaba
una noche completa
en que
ya
nada se puede oir
porque nada queda
salvo
¿... algo...?
¿... lejos...?
¿...música...?
¿El sonido de un viejo album de fotos al cerrarse por última vez?
La electricidad estática y los rasguños del tiempo de un disco de pizarra de Gardel
que
sólo
era el único adorno de la casa que se derrumbó
sepultando
voces
recuerdos
cuadernos con notas ya borradas
camisas con el sudor de quienes ya no sudan
relicarios vacíos
lastas de ungüentos que una vez curaon
espejos ciegos
crucifijos de pasta de marfil
un trozo de menhir olvidado en el vale de Paredes
la cuerda de una guitarra, quemada por los extremos
una llave sefardí
la bandera raída conquistada al caído de una guerra
la cruz de caballero de Marseille
el cuadernillo que saint-Exupery llevó a su último vuelo
un vial de lágrimas de unicornio tras asomarse al mundo real
la primera botella de Coca cola
la convocatoria de plazas para el Gaff.
Una voz suave de mujer atrapada en una gramola diminuta
cantando una nana para mayores
-que la necesitan mucho más que los niños-.
Una carta de ajuste desajustada,
un laud.
Perlas hechas con lágrimas,
engarzadas en el collar del Señor de la suave monotonía,
del dulce olvido,
de la buscada y temporal ceguera del ojo, pero claridad de alma:
porque sólo en la oscuridad podemos ver la luz que no se ve,
oir la respiración,
la cadencia de los latidos,
la voz dulce, secreta e inamovible
de quienes sabíamos que no podían irse.
Capturar el último átomo vivo de aquel recuerdo que,
olvidado hasta hoy,
pequeño,
nos devuelve a la infancia.
Busco,
aspiro,
intuyo,
casi agarro lo que siempre se me escapa
y sólo en la madrugada,
en silencio,
consciente de que nadie hay y nadie está
pierdo una vez más lo que quizás nunca pueda alcanzar,
y la tristeza es mucho peor,
porque me habla del miedo de nunca ver,
nunca descansar,
nunca finalizar lo que ya solo quiero que empiece.
y lloro
y ansío
y rezo
y quiero
pero no quiero.
Y ese dolor
que duele tanto que no duele
lentamente
se apaga
como una canción triste
que canta un niño debajo de una mesa
esperando que el temblor pase,
que la bomba caiga
que ya nada pase
que quien le está soñando, despierte.
no nos esconderemos debajo de las mesas: saldremos al último día del sol
y, mirando el cielo, intentaremos descubrir la armonía de los últimos sonidos.
Nosotros, desnudos,
respirando
destruimos universos que ni siquiera conocíamos,
y las lágrimas no nos sirven para nada más que ver con más claridad
la desrucción que causamos.
No necesitamos
-no queremos-
paz.
Sólo no sentir
no sufrir
no doler
no mirar
no llorar
no oír.
Silencio, de noche y en el día que no acaba
una noche completa
en que
ya
nada se puede oir
porque nada queda
salvo
¿... algo...?
¿... lejos...?
¿...música...?
¿El sonido de un viejo album de fotos al cerrarse por última vez?
La electricidad estática y los rasguños del tiempo de un disco de pizarra de Gardel
que
sólo
era el único adorno de la casa que se derrumbó
sepultando
voces
recuerdos
cuadernos con notas ya borradas
camisas con el sudor de quienes ya no sudan
relicarios vacíos
lastas de ungüentos que una vez curaon
espejos ciegos
crucifijos de pasta de marfil
un trozo de menhir olvidado en el vale de Paredes
la cuerda de una guitarra, quemada por los extremos
una llave sefardí
la bandera raída conquistada al caído de una guerra
la cruz de caballero de Marseille
el cuadernillo que saint-Exupery llevó a su último vuelo
un vial de lágrimas de unicornio tras asomarse al mundo real
la primera botella de Coca cola
la convocatoria de plazas para el Gaff.
Una voz suave de mujer atrapada en una gramola diminuta
cantando una nana para mayores
-que la necesitan mucho más que los niños-.
Una carta de ajuste desajustada,
un laud.
Perlas hechas con lágrimas,
engarzadas en el collar del Señor de la suave monotonía,
del dulce olvido,
de la buscada y temporal ceguera del ojo, pero claridad de alma:
porque sólo en la oscuridad podemos ver la luz que no se ve,
oir la respiración,
la cadencia de los latidos,
la voz dulce, secreta e inamovible
de quienes sabíamos que no podían irse.
Capturar el último átomo vivo de aquel recuerdo que,
olvidado hasta hoy,
pequeño,
nos devuelve a la infancia.
Busco,
aspiro,
intuyo,
casi agarro lo que siempre se me escapa
y sólo en la madrugada,
en silencio,
consciente de que nadie hay y nadie está
pierdo una vez más lo que quizás nunca pueda alcanzar,
y la tristeza es mucho peor,
porque me habla del miedo de nunca ver,
nunca descansar,
nunca finalizar lo que ya solo quiero que empiece.
y lloro
y ansío
y rezo
y quiero
pero no quiero.
Y ese dolor
que duele tanto que no duele
lentamente
se apaga
como una canción triste
que canta un niño debajo de una mesa
esperando que el temblor pase,
que la bomba caiga
que ya nada pase
que quien le está soñando, despierte.
lunes, 19 de septiembre de 2011
El mar del antes, del durante y del después
El mar no es infinito, sino Eterno
Hecho de tiempo -no de olas-
de un tiempo cuyo fin no puede vislumbrarse, solo temerse,
(porque el día que el mar termine, ya no quedará nada).
El mar no es cruel, ni bondadoso:
es justo y, a veces, se ha de plegar al capricho de la única fuerza que le es superior:
la del peso de los universos, el peso de la luna a que adoraban los cazadores, los Moche, las sacerdotisas.
El mar no canta, ni susurra: ruge, o calla.
Las orillas del mar son tiempos olvidados a los que no se puede volver, una vez visitados. Eternamente cambiantes, ni esperan ni perdonan.
Testigos cruelmente imparciales de la sangre que se virtió en sus orillas,
de la lava que cristalizó en sus fondos,
de la lenta podredumbre de sus ahogados
de las canciones de las sirenas de Ulises
de los tesoros que, dormidos, ya no esperan a nadie
de la ira de los piratas
la desazón de los perdidos
la esperanza de quienes lo cruzaron buscando un futuro mejor
el sónar de los submarinos y el canto de las ballenas
la caza,
la luz de los peces abisales
la oscuridad de los pozos sin fondo
los otros mundos que laten al otro lado de sus fosas
las ciudades hundidas
las casas habitadas de corales
los restos de las focas que matamos
el ámbar gris
el semen de las ballenas
el semen de cada ahorcado de un palo mayor
el báculo de Moisés
los libros de Alejandría
la cámara de ámbar de San Petersburgo
los códigos de la Atlántida
el fuego griego
el aceite de piedra fenicio
las balas de los cañones españoles
los vestidos raídos de las damas que arrojaron a los tiburones
los juguetes de las niñas del Titanic
El oro de los dictadores
El mar no se venga, pero tampoco perdona:
no puede.
Y por eso, algún día, volveremos al mar del que salimos,
pero,
ese día,
no será en millones de años de evolución, sino en un suspiro,
el último
domingo, 11 de septiembre de 2011
Para Alex y Berta, con cariño
Neruda decía que podía escribir los versos mas tristes, esa noche. Yo, hoy y al contrario que el genio, podría escribir no los más buenos, pero sí los más alegres.
También podría recitar -casi de memoria- la Epístola de San Pablo a los Corintiosa (esa de que el amor perdona siempre, no es egoista...), que siempre viene bien, o hacer una emotiva reseña de la vida y andanzas de A. y B. Pero creo que eso sería, por logico, usual y esperable, poco para estos 2 chicos.
Mi corta experiencia me dice que, por mucho que nos esforcemos, y busquemos palabras y frases esplendidamente complejas, al final son siempre palabras sencillas como gracias, querer, luz, bello... las que, usadas con la sinceridad de la sencillez, se convierten en eternas, y por eso nunca pasan, ni se olvidan.
Por eso, no me he preocupado por mirar diccionarios, citas o vidas memorables cuando, si caminamos en linea recta lo suficiente, siempre llegamos al mismo punto de partida: porque el mundo es redondo y, por ello, sin fin.
Tambien por ello, aquí, y ahora, me bastan tres ideas para compartirlas con todos vosotros, aunque se que ya las sabeis:
- Que en esta boda no aprendemos nada nuevo, porque todos sabemos que A. y B. se quieren, casi desde siempre
- Que, eso sí, estamos aquí para celebrar de una puñetera vez por todas esa conciencia de que A. B., alterando las reglas de la matemática, no son dos, sino tres: A., B, y A&B
Que vemos cómo, segun pasan los años, cada vez hay mas poca gente que de verdad se quiera. Y lo que presenciamos hoy, en A y B, no cabe más remedio que celebrarlo: hoy, especialmente, pero tambien cada vez que les veamos, porque cada día que pasa, este mundo necesita mas que nunca la demostracion de que todavia queda gente que siente de verdad: que llora de verdad, que ama de verdad. Muy, muy poca, pero alguna queda gente de esta queda, como estos señores.
Por eso creo que nos hemos acercado hasta aquí, desde Madrid, Miami, San Sebastian... Para darles las gracias por ser así y pedirles por favor que no dejen de darme, de darnos, el ejemplo de cariño, compañía y lealtad que respiro siempre que les tengo cerca. Hoy celebramos juntos lo que ya sabíamos, es verdad, pero, sobre todo, lo que nos regalan, gratuitamente, siempre que estamos con ellos: la verdadera conciencia de que, en este puñetero mundo, todavía queda belleza, honestidad y corazón.
En cierto cuento un viajero, consternado, preguntaba al enterrador como es que en todas las lápidas ponía que tal o cual persona había vivido 2, 3, 4 años... Y ninguno de los muertos superaba la niñez, a lo que el viejo le contestaba que ellos solo apuntaban el tiempo vivido realmente, no el otro. A y B. han vivido cada minuto hasta el punto de que, en ellos, el tiempo verdaderamente vivido coincide con el cronológico, y cada minuto con ellos lo vivimos, nosotros tambien, de verdad: porque nos contagian lo que sienten entre ellos y, queriendose, nos quieren, y nos recuerdan que vivir no es respirar, sino sentirse vivo. Gracias por recordarnoslo, y no dejeis de hacerlo nunca.
También podría recitar -casi de memoria- la Epístola de San Pablo a los Corintiosa (esa de que el amor perdona siempre, no es egoista...), que siempre viene bien, o hacer una emotiva reseña de la vida y andanzas de A. y B. Pero creo que eso sería, por logico, usual y esperable, poco para estos 2 chicos.
Mi corta experiencia me dice que, por mucho que nos esforcemos, y busquemos palabras y frases esplendidamente complejas, al final son siempre palabras sencillas como gracias, querer, luz, bello... las que, usadas con la sinceridad de la sencillez, se convierten en eternas, y por eso nunca pasan, ni se olvidan.
Por eso, no me he preocupado por mirar diccionarios, citas o vidas memorables cuando, si caminamos en linea recta lo suficiente, siempre llegamos al mismo punto de partida: porque el mundo es redondo y, por ello, sin fin.
Tambien por ello, aquí, y ahora, me bastan tres ideas para compartirlas con todos vosotros, aunque se que ya las sabeis:
- Que en esta boda no aprendemos nada nuevo, porque todos sabemos que A. y B. se quieren, casi desde siempre
- Que, eso sí, estamos aquí para celebrar de una puñetera vez por todas esa conciencia de que A. B., alterando las reglas de la matemática, no son dos, sino tres: A., B, y A&B
Que vemos cómo, segun pasan los años, cada vez hay mas poca gente que de verdad se quiera. Y lo que presenciamos hoy, en A y B, no cabe más remedio que celebrarlo: hoy, especialmente, pero tambien cada vez que les veamos, porque cada día que pasa, este mundo necesita mas que nunca la demostracion de que todavia queda gente que siente de verdad: que llora de verdad, que ama de verdad. Muy, muy poca, pero alguna queda gente de esta queda, como estos señores.
Por eso creo que nos hemos acercado hasta aquí, desde Madrid, Miami, San Sebastian... Para darles las gracias por ser así y pedirles por favor que no dejen de darme, de darnos, el ejemplo de cariño, compañía y lealtad que respiro siempre que les tengo cerca. Hoy celebramos juntos lo que ya sabíamos, es verdad, pero, sobre todo, lo que nos regalan, gratuitamente, siempre que estamos con ellos: la verdadera conciencia de que, en este puñetero mundo, todavía queda belleza, honestidad y corazón.
En cierto cuento un viajero, consternado, preguntaba al enterrador como es que en todas las lápidas ponía que tal o cual persona había vivido 2, 3, 4 años... Y ninguno de los muertos superaba la niñez, a lo que el viejo le contestaba que ellos solo apuntaban el tiempo vivido realmente, no el otro. A y B. han vivido cada minuto hasta el punto de que, en ellos, el tiempo verdaderamente vivido coincide con el cronológico, y cada minuto con ellos lo vivimos, nosotros tambien, de verdad: porque nos contagian lo que sienten entre ellos y, queriendose, nos quieren, y nos recuerdan que vivir no es respirar, sino sentirse vivo. Gracias por recordarnoslo, y no dejeis de hacerlo nunca.
miércoles, 7 de septiembre de 2011
Pacino, Wilde, Beardsley y Luis Antonio de Villena
Como era lógico, tenía que hablar del Salomé de Al Pacino, tan similar en concepción a su mítico looking for Richard, pero no tanto por lo bien que queda hablar de esto, sino porque, a veces, el hado acaba juntando a gente excepcional de distintas épocas, en el mismo espacio e, incluso, en el mismo tiempo. Y como son casi las nueve, sigo en el curro y todavía tengo que hacer un informe, lo suelto crípticamente unido para que el que quiera, lo digiera.
Adoro los dibujos del "depravado" Beardsley que, apóstol del decadentismo, acabó sus días aferrado a una Biblia y a las obras de Santa Teresa. Beardsley hizo los dibujos para el Salomé de Wilde, a quien adoraba pero que, seamos sinceros, no acabó de quedar muy convencido con los dibujos. Wilde, conocido -y reconocido- homosexual de época, sufrió en sus carnes el escarnio no tanto de su orientación sexual, sino de haber metido mano a quien no debía -el hijo de John Sholto Douglas, AKA noveno marqués de Queensberry-. Cosa que también debió haberle ocurrido a Luis Antonio de Villena en los primeros tiempos de la movida (no tanto el meter mano, cuanto el sufrir el peso de su tempranamente reconocida homosexualidad, también dandy), más o menos por el tiempo en que escribió el prólogo para decadentes de la edición que Lumen sacó de la obra de Beardsley. Libro que se encuentra muy cómodo en mi casita junto con la reciente (y barroca) edición en lengua hispana del Salomé con los dibujos de Beardsley, que consultó al Pacino para hacer su reciente película:
a ver cuándo viene a España (la peli, no Beardsley), que ganas no faltan de verla.
Páselo Ud. bien en Australia, mi querida V.
... Un placer avoir fait votre connaissance, que diría cierto marsellés por Ud. conocido
martes, 6 de septiembre de 2011
la silla de J.
Hoy, la silla de J. cumple 20 años. Y aunque no nos dimos cuenta, este mediodía no hemos ido tanto a verle a él cuanto a dar gracias, en secreto, a su silla. A J. hace 20 años le dejaron sin coordinación de cintura abajo, y desde entonces ha luchado como ha podido contra su cuerpo y, sobre todo, contra la consciencia de que para él se acabó la vida tal y como era. Y es cierto, se volvió un cojo pelín puñetero, que se dice... bueeeno: no puñetero del todo, pero sí un poco insoportablote de tanto en tanto, echando pestes de toda la clase política tres veces al día - y no sólo en arameo, también en latín y griego clásicos, que para eso es catedrático de tales lenguas-.J. ha estado alrededor desde que tengo memoria: fue compañero de mi padre, y le recuerdo en la piscina de Villaviciosa, presumiendo de atleta en su bicicleta estática mientras nosotros engullíamos con placer las croquetas de bolsa y el Danone de chocolate que allá, a principios de los 80, todavía eran primicias burguesas que mis papis me vedaban por hacer daño al estómago (después me vengué, de ahí los 78 Kgs. embutidos en mi exiguo 1,70). Luego llegó lo de la operación seguido de un paulatino e imparable deterioro físico que nunca pensaría que se ha prolongado durante 20 años. Pero ni la rehabilitación en el centro de parapléjicos de Toledo ni el progresivo deterioro motriz, las sondas o los 7 calambres diarios en todo el cuerpo le impidieron nunca coger el coche (debidamente preparado, se entiende) y llevarme de excursión por las cooperativas manchegas a buscar buen vino, encontrar restaurantes de toda la vida con buenos menús del día o, incluso, acompañarme en Tomelloso cuando más necesité a los míos.
Un buen día, dejé de pensar en J. Al menos, dejé de pensar en él todo lo que debía. Y hoy mi padre, harto ya de mutismo, nos embutió a mi hermano y a mí en un taxi y nos llevó a verle. Y ahi estaba él, con su silla de 20 años. El único problema es que la silla parecía flamante, y el que había envejecido sus 20 años más los 20 de la silla, era él. Y me he puesto a pensar lo hijos de puta que podemos llegar a ser, y cómo podemos anestesiarnos sin morfina ni nada, acallando las voces de aquellos a quienes una vez necesitamos pero ahora, por incómodos, simplemente dejamos aparcados. Y aparcar una silla es tarea fácil: lo difícil es aparcar el jodido martilleo que lleva arrancándome el corazón desde las cuatro de la tarde, y no me deja olvidar lo que he visto.
Felicidades, silla de J. Me gustaría que no estuvieras, pero eres tú, junto con la paciente F., quien ha estado, no yo. Pero no hay problema: conociéndome, mañana seguro que se me ha pasado, y ya no sentiré la losa encima que, a fecha de ahora, apenas me deja respirar.
Mañana, vuelta a pensar en pasarlo bien, en chicas y en todo lo que vale la pena, que ni yo ni nadie de mi generación hemos nacido para pasarlo mal. Aunque, en un cuento antiguo, creo recordar que un niño cortaba en dos la manta que su padre le había dado al anciano abuelo al abandonar a éste en la montaña para morir, y cuando el padre le preguntó a su hijo por qué dejaba al abuelo con sólo media manta, el niñó contestó:
-es que la otra mitad te la guardo para cuando sea yo quien te deje aquí.
El perdón y el olvido
Seguimos crispados. Con unos, con otros y, muy especialmente, con nosotros mismos. El jodido paro continua subiendo, la Lagarde y el franco suizo nos están penetrando por todas las fronteras, los líderes sindicales que tenemos al fin comienzan a mostrarse como lo que realmente son, id est, un hatajo de chupópteros que, sabiéndose descubiertos, están intentando ponerse a cubierto de la justa ira de los trabajadores... Y en medio de esta olla a presión en que nos hemos convertido, no soy capaz de ver ningún espacio, ningún momento, para la paz. Por eso me limito, hoy, a hacer un llamamiento de comienzo de año (porque el año comienza en septiembre, no en enero), a la paz: y con nosotros mismos, la primera. Con los demás, después.
Me ha tocado presenciar y sufrir, por bastantes motivos, un incremento de tensión humana que, si no logramos canalizar, temo nos lleve al casi-desastre colectivo. La gente contempla con mirada perdida un futuro que se nos ha ido a todos de las manos, un panorama que ya ni siquiera es desolador, porque se antoja, como el peor de los escenarios posibles, perdido. Si el lienzo fuera negro, podríamos cubrirlo con una nueva pátina y volver a empezar, pero es que el bastidor se ha caído a una sima de la que con dificultad podremos recuperarlo. Por eso necesitamos paz. Y no la paz de los líderes, los visionarios o los papas, sino la verdadera paz, que es la que viene del perdón y del recuerdo, no del olvido o, ya que estamos, la memoria. Porque el olvido es la muerte eterna de lo que pasó, y la memoria se usa para almacenar números (de muertos) o datos (de injusticias), pero no para aprender del pasado que no se debe olvidar. Necesitamos sentarnos con nosotros mismos y bucear en nuestros recuerdos para encontrar los momentos en que fuimos felices y, localizados, intentar revivirlos hoy, ahora: para recuperar la felicidad, que yo entiendo como pequeños y concrtísimos momentos en que logramos reconstruir la armonía del Universo en nuestras vidas.
hay pequeños momentos, cortos e intensos, en que miramos lo que nos rodea, nos miramos -desde fuera- siendo uno con lo que nos rodea, y en ese momento somos felices, porque percibimos que, al fin, todo está, y está bien, como debe estar. Y en esos momentos recordamos todo lo bueno, y perdonamos lo malo que, momentaneament, no desaparece, pero sí se aparta para dejar lugar a un sentimiento de tanta intensidad que llena todo lo que nos rodea. Y entonces, todo queda perdonado, porque sin perdón, no podemos ser enteramente felices.
Recuerdo aquella muerte de un viajante con Pepe Sacristán gigante, tremendo, que habría emocionado al mismo Miller y dejado en nada al gran Mamet. Y ahí, en el momento álgido de la obra, me di cuenta de que podemos perdonar a las personas sin mayor problema, pero lo que no podemos perdonar son las injusticias. El hijo del viajante, roto, seguía queriendo a su padre, pero el recuerdo de esas medias que el infiel regalaba a su amante mientras que su madre tenía que remendárselas, no le dejaba ser libre: y el hijo amaba a su padre, pero no podía olvidar las medias nuevas en contraste con las de su madre, llenas de remiendos que acabaron trasladándose al corazón del hijo. Por eso tenemos que aprender a perdonar sin olvidar, pero sin almacenar en la memoria ningún libro de rencores. Y por eso hoy, que volvemos todos (y yo, espero, al blog), esforcémonos por aceptar que hemos de perdonarnos a nosotros mismos, volver a empezar con el recuerdo de lo que hemos de mejorar y encontremos, de nuevo, el pequeño momento en que el universo bajó a nosotros y nos dió su armonía. Recuperémosla, y comencemos a construir, no desde cero, pero sí desde la ilusión que da saber que las oportunidades de ser, de hacer mejor, sí existen.
D.
Me ha tocado presenciar y sufrir, por bastantes motivos, un incremento de tensión humana que, si no logramos canalizar, temo nos lleve al casi-desastre colectivo. La gente contempla con mirada perdida un futuro que se nos ha ido a todos de las manos, un panorama que ya ni siquiera es desolador, porque se antoja, como el peor de los escenarios posibles, perdido. Si el lienzo fuera negro, podríamos cubrirlo con una nueva pátina y volver a empezar, pero es que el bastidor se ha caído a una sima de la que con dificultad podremos recuperarlo. Por eso necesitamos paz. Y no la paz de los líderes, los visionarios o los papas, sino la verdadera paz, que es la que viene del perdón y del recuerdo, no del olvido o, ya que estamos, la memoria. Porque el olvido es la muerte eterna de lo que pasó, y la memoria se usa para almacenar números (de muertos) o datos (de injusticias), pero no para aprender del pasado que no se debe olvidar. Necesitamos sentarnos con nosotros mismos y bucear en nuestros recuerdos para encontrar los momentos en que fuimos felices y, localizados, intentar revivirlos hoy, ahora: para recuperar la felicidad, que yo entiendo como pequeños y concrtísimos momentos en que logramos reconstruir la armonía del Universo en nuestras vidas.
hay pequeños momentos, cortos e intensos, en que miramos lo que nos rodea, nos miramos -desde fuera- siendo uno con lo que nos rodea, y en ese momento somos felices, porque percibimos que, al fin, todo está, y está bien, como debe estar. Y en esos momentos recordamos todo lo bueno, y perdonamos lo malo que, momentaneament, no desaparece, pero sí se aparta para dejar lugar a un sentimiento de tanta intensidad que llena todo lo que nos rodea. Y entonces, todo queda perdonado, porque sin perdón, no podemos ser enteramente felices.
Recuerdo aquella muerte de un viajante con Pepe Sacristán gigante, tremendo, que habría emocionado al mismo Miller y dejado en nada al gran Mamet. Y ahí, en el momento álgido de la obra, me di cuenta de que podemos perdonar a las personas sin mayor problema, pero lo que no podemos perdonar son las injusticias. El hijo del viajante, roto, seguía queriendo a su padre, pero el recuerdo de esas medias que el infiel regalaba a su amante mientras que su madre tenía que remendárselas, no le dejaba ser libre: y el hijo amaba a su padre, pero no podía olvidar las medias nuevas en contraste con las de su madre, llenas de remiendos que acabaron trasladándose al corazón del hijo. Por eso tenemos que aprender a perdonar sin olvidar, pero sin almacenar en la memoria ningún libro de rencores. Y por eso hoy, que volvemos todos (y yo, espero, al blog), esforcémonos por aceptar que hemos de perdonarnos a nosotros mismos, volver a empezar con el recuerdo de lo que hemos de mejorar y encontremos, de nuevo, el pequeño momento en que el universo bajó a nosotros y nos dió su armonía. Recuperémosla, y comencemos a construir, no desde cero, pero sí desde la ilusión que da saber que las oportunidades de ser, de hacer mejor, sí existen.
D.
viernes, 2 de septiembre de 2011
Desactivada la (momentanea) moderacion de comentarios
Siento el temporal atentado a la libre espontaneidad, pero despues de que un sujeto/sujeta tuviera la feliz idea de colgar mis datos personales en mi propio blog, no podía arriesgarme a que eso pasara durante mi mes en la meca de la censura, id est, sin poder remediarlo. A partir de ahora, y como siempre, lo que escribais aparecerá directa -e incontroladamente- publicado.
Saludos varios,
L
Saludos varios,
L
miércoles, 31 de agosto de 2011
La especial casta de los Sostres
Acabo de leer la crítica que el ínclito y objetivo Salvador Sostres ha hecho del Diverxo, así como la contracrítica -que no reivindicación, porque el Diverxo no necesita tal cosa- de de la Serna. Y pasado el cabreo inicial vuelvo a pensar, una vez más, lo que sufrían ciertos niños cuando en el recreo les quitaban el Tronkito, la Pantera Rosa, la tartaleta o el sobao pasiego que mamá primorosamente les metía diariamente en la cartera, ajena a la cruda realidad.
Este simpático tertuliano, de pinta pelín rara (brutaca) y humor dudoso cuando habla de niñas de 17 años, realmente no tiene la culpa de ser como es: seguro que de pequeño le quitaban el bollo día sí día también en el recreo, un buen dia juró vengarse de los tíos mejores que él (muchos, muchos, muchos), y pasados unos años se cayó del retrete, lo que motivó que, por el desorden de las sinapsis le viniera una -una sola, ojo- idea ingeniosa que se espabiló a plasmar en el medio de comunicación al uso... En fin, que solo tuvo una idea, se le agotaron las meninges y ahora el pobre no hace más que lo que hacen tantos planos hoy en día: tirar de la controversia barata para que le escuchen los que son como él.
Es obvio que a nadie le interesan las críticas de lo que es malo de por sí, porque ese tipo de críticas afluye naturalmente, y no asombra: esta gente necesita criticar lo bueno para que se les escuche porque, precisamente, es la crítica de lo bueno lo que sorprende a los demás. Y, sinceramente, no me asombra que un tío así critique los modos del personal del Diverxo porque, sencillamente, no está acostumbrado a ellos; peor, los etiqueta de afectados, "como de gay que todavía no se lo ha contado a su padre": macho, qué comentario tan ingenioso, nunca oído e inusitadamente original, de verdad. Si es que no hay cosa como que te tiren a la cara el bocata grasiento de bar barato de carretera para perder el oremus, Salvita. Sugeriré a los del Diverxo que la próxima vez que vayas, te pongan al lado de la mesa un expositor con las últimas casettes del Fary, el cabrero o Torrebruno y el pack de VHS's porno de la cole "conductor insatisfecho". Respecto a los platos fallidos y lo de que a quien Dios no da, San Pedro no se lo presta... bueno, quien diga que el mollete de trompeta de los muertos o el Sabu Sabu de pulpets no son la leche, no tiene ni puta idea de comida, oiga, se ponga como se ponga. Vengo de pasar un mes entero en Pekín -a que mola, si es que no se puede ser más cool (lo digo ya yo, para que no me lo ponga el pierdebollos de turno en algún comentario)-, y salvo la salsa de Sésamo, no he encontrado ningún plato, de ninguna de las 4 cocinas chinas o japonesas, que supere lo que he tomado allí. En lo atinente a Dios y los mediocres, si bien el crítico de eso sabe mucho, su operación de subsunción al caso concreto es, como era de esperar, otro desastre.
No soy amigo de David Muñoz y Angela (aunque me gustaría); hace mucho que no voy al Diverxo (nunca logro encontrar mesa, aunque es por culpa mía) y he comido en todo tipo de restaurantes (los que menta Salvita, los mejores de comida clásica y en las calles de más de una ciudad, más de una vez) y este simpático crítico cada vez se asimila más a aquellos que, por fracasados de toda la vida o por esconder la total carencia de ideas, recurren a la crítica fácil. Qué pena, pero esto es como todo: si este tipo de gente no tuviera su público, se estarían dedicando a cualquier otra cosa. La culpa no es de ellos, sino nuestra.
Cosas veredes, amigo Sancho
Este simpático tertuliano, de pinta pelín rara (brutaca) y humor dudoso cuando habla de niñas de 17 años, realmente no tiene la culpa de ser como es: seguro que de pequeño le quitaban el bollo día sí día también en el recreo, un buen dia juró vengarse de los tíos mejores que él (muchos, muchos, muchos), y pasados unos años se cayó del retrete, lo que motivó que, por el desorden de las sinapsis le viniera una -una sola, ojo- idea ingeniosa que se espabiló a plasmar en el medio de comunicación al uso... En fin, que solo tuvo una idea, se le agotaron las meninges y ahora el pobre no hace más que lo que hacen tantos planos hoy en día: tirar de la controversia barata para que le escuchen los que son como él.
Es obvio que a nadie le interesan las críticas de lo que es malo de por sí, porque ese tipo de críticas afluye naturalmente, y no asombra: esta gente necesita criticar lo bueno para que se les escuche porque, precisamente, es la crítica de lo bueno lo que sorprende a los demás. Y, sinceramente, no me asombra que un tío así critique los modos del personal del Diverxo porque, sencillamente, no está acostumbrado a ellos; peor, los etiqueta de afectados, "como de gay que todavía no se lo ha contado a su padre": macho, qué comentario tan ingenioso, nunca oído e inusitadamente original, de verdad. Si es que no hay cosa como que te tiren a la cara el bocata grasiento de bar barato de carretera para perder el oremus, Salvita. Sugeriré a los del Diverxo que la próxima vez que vayas, te pongan al lado de la mesa un expositor con las últimas casettes del Fary, el cabrero o Torrebruno y el pack de VHS's porno de la cole "conductor insatisfecho". Respecto a los platos fallidos y lo de que a quien Dios no da, San Pedro no se lo presta... bueno, quien diga que el mollete de trompeta de los muertos o el Sabu Sabu de pulpets no son la leche, no tiene ni puta idea de comida, oiga, se ponga como se ponga. Vengo de pasar un mes entero en Pekín -a que mola, si es que no se puede ser más cool (lo digo ya yo, para que no me lo ponga el pierdebollos de turno en algún comentario)-, y salvo la salsa de Sésamo, no he encontrado ningún plato, de ninguna de las 4 cocinas chinas o japonesas, que supere lo que he tomado allí. En lo atinente a Dios y los mediocres, si bien el crítico de eso sabe mucho, su operación de subsunción al caso concreto es, como era de esperar, otro desastre.
No soy amigo de David Muñoz y Angela (aunque me gustaría); hace mucho que no voy al Diverxo (nunca logro encontrar mesa, aunque es por culpa mía) y he comido en todo tipo de restaurantes (los que menta Salvita, los mejores de comida clásica y en las calles de más de una ciudad, más de una vez) y este simpático crítico cada vez se asimila más a aquellos que, por fracasados de toda la vida o por esconder la total carencia de ideas, recurren a la crítica fácil. Qué pena, pero esto es como todo: si este tipo de gente no tuviera su público, se estarían dedicando a cualquier otra cosa. La culpa no es de ellos, sino nuestra.
Cosas veredes, amigo Sancho
Ya he vuelto
... Y no digo más, porque tengo que "rectificar" a Sostres y su crítica al Diverxo. Pekín, un año más, excepcional -tendré que reflexionar sobre mi convencimiento de que no se debe volver a los sitios donde se ha sido feliz-; cada año tengo más claro que sólo quienes más valen se pueden permitir ser normales -abrazos a Daniel, Clinton, Mike, Mahdi, Rodion, Vlada, Sophie, Eva, Belén, Laura, Marianiki y Fuckyoulcountly: mereceis no un post, sino todo un blog aparte- y en fin, que ciertas cosas, si se plasman por escrito, pierden la inusitada e inexplicable belleza de unos contornos que sólo se pueden revivir íntegramente en sueños.
Aún no he vuelto de Pekín. Sigo ahí, y esta tarde hemos quedado a las 20:00 donde las cervezas, al lado de la Vita, para un hotpot y una Tequila night en el Sensation (o una power hour, o una excursioncilla, o uno de los árabes de Mahdi...)
L.
Aún no he vuelto de Pekín. Sigo ahí, y esta tarde hemos quedado a las 20:00 donde las cervezas, al lado de la Vita, para un hotpot y una Tequila night en el Sensation (o una power hour, o una excursioncilla, o uno de los árabes de Mahdi...)
L.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
