
La (al menos, para mí) mejor película de ciencia-ficción de la historia ha cumplido ya un cuartito de siglo, y seguimos devanándonos los sesos sobre si Deckard era o no un replicante. ¿Y nosotros, no nos lo plantearíamos también, de estar en su lugar? ¿Y no somos todos, sino replicantes, creados también todos por un gran Tirell, a quien llamamos padre? ¿Y no sería un replicante quien creó el propio método Void-Kampf, que lo que hace es encubrir a los verdaderos androides? Una película tan única que casi nada tiene que ver con el libro de Philip K. Dick. Un Harrison Ford que palideció ante la interpretación de Rudger Hauer, que llegó a su cumbre tan temprano que no volvió a levantar cabeza. La mejor estética vista en una película, los sueños de Malthus plasmados en celuloide y la imagen más perfecta de cómo será, sin duda, la sociedad del futuro. Ni más, ni menos. God bless Blade Runner y, por favor, que dejen de hacer finales alternativos para rellenar discos 2 de requetereediciones de coleccionista Freak.









