Hace poco me enteré de que había muerto Marina, la madre de Jose, de la casa de los Gregorio de Aldín: murió primero el hijo y, pocos meses después, le siguió la madre. Y entonces recordé. Recordé la imagen que me acompañó durante toda mi infancia, y me di cuenta de que hacía mucho -demasiado- tiempo que ya no veía aquella carpetovetónica y artesanal motocamilla azul en que, todos y cada uno de sus días, la madre bajó al hijo impedido desde la niebla de las montañas hasta el mar y la luz de Luarca. Y eso hicieron, los dos, todas sus vidas. Y por eso, todas las mañanas en Almuña recuerdo el familiar sonido de esa maravillosa e imposible máquina azul de humilde motor (si llegaba a los 3 caballos de potencia, era por la grandeza de Dios), que una modesta pareja ideó, construyó y convirtió en parte del paisaje más humano de una España cada vez más hastiada, cada vez más gastada, insensible, cruel, seca y yerma por dentro. Estoy cansado, desde hace mucho, de que nos sirvan mascados los mitos a adorar; de que nos impongan los héroes a quienes tenemos que rendir culto con alma, cuerpo y abono de palco de Bernabeu, escaño en el Congreso o silla de tertuliano en la última mierda de programa de noche de fin de semana. Estoy harto de que me impongan no ya cómo vestir, sino cómo pensar y a quién admirar, por el tamaño de sus tetas o de su billetera. Y por eso mi memoria, también harta y, a veces, inesperada cómplice, me trajo a la retina la figura de los míticos centauros. Y la imagen que tardé en procesar -por increíble- fue la de una walkiria subida a lomos de un centauro: una walkiria que vencía al mundo, al dolor y a la muerte. Y logré comprender el por qué de ese cuadro, al recordar la motocamilla azul en que durante décadas, una sencilla mujer llevó a su hijo impedido a saludar al mundo, poniéndole unas ruedinas a sus piernas, imposibilitadas para andar.
Todas las mañanas del mundo, además del gran título de Corneau, se queda pequeño para definir el amor, la dedicación y la infinita paciencia de una madre que luchó hasta el final porque su hijo fuera feliz, incluso sin saberlo. Y pensando mucho, recordé también que mientras la madre miraba siempre hacia delante -siempre al camino que quedaba por recorrer, que aunque era el mismo siempre era distinto-, el hijo miraba hacia arriba. Y ahora, hoy,creo que se por qué. Creo que el día en que Jose nació -el día que ocurrió todo-, un pacto secreto se fraguó, tácito, entre la madre, el hijo y la irónica Providencia: la madre llevaría al hijo, impedido, por los caminos de la vida, los caminos que se ceñían a tres kilómetros de montaña, uno de valle y uno de mar. Y, a cambio, el hijo grabaría a fuego en su memoria todos los caminos del cielo: para, llegado el momento, ser él quien guiara a su madre por la infinitud de las nubes y las estrellas de un universo mejor. Y así, y porque el cielo es infinito -y no como los cuatro kilómetros de Aldín a Luarca-, Jose tuvo que fijar toda su atención en ese cielo inexpugnable y complejo, en ese laberinto de caminos por recorrer hasta comparecer ante el único juez Eterno. Y por eso, hoy ya no oigo el sonido de la motocamilla, pero si me esfuerzo y, como Jose hacía, callo, me concentro y miro hacia el cielo, alcanzo a verle a él. Y es él quien ahora guía a su madre para que no se pierda todas las maravillas del cielo que los dos han merecido y él, en silencio durante medio siglo, memorizó una a una. Y van juntos, y van de la mano, y ahora conversan en voz alta. Y la motocamilla quedó abajo porque, donde están, ninguno de los dos necesita otra cosa que todas las mañanas de un mundo, ahora eterno para ellos, para caminar, hablar y -creo- seguir parándose a saludarnos a nosotros, los vecinos de aquí abajo que, pensando que somos listos, en verdad nunca pudimos ver todo lo que Jose, postrado, veía desde su camilla de motor, paciencia y amor.
Primero subió el hijo, para prepararlo todo a su madre. Y la madre, harta ya de ver la motocamilla azul solina, subió también, muy poco después, para que aquel no la echara de menos. Y ahora están ya juntos, para siempre, recorriendo los mil caminos del cielo.