
Los franceses, quieran o no, son latinos. E igual que a nosotros -bueno, al Gobierno- se nos ha ido de las manos mucho patrimonio porque árabes, millonarios americanos y demás nos sobrepujaron en Christie's (y mejor no hablemos de la casa de Vicente Aleixandre en la antigua calle Velintonia, que SE ESTA CAYENDO porque los herederos -que también tienen bastante culpa- y el gobierno no se pone de acuerdo sobre la compra), al gobierno francés se le escapó bastante del patrimonio de André Breton, uno de los padres del surrealismo. Pero lograron, no obstante, adquir una parte sustancial, de la que una de las paredes de su apartamento parisino está magistralmente expuesta en el Pompidou (en la 5ª, no en la 4ª: Cfr. posts anteriores). Viendo esa pared, se entiende el estado de ánimo -el LSD- de todo artista surrealista, y la libertad con que aborda todo proceso creativo, sea en pintura, literatura o cualquier otro arte. Y me hizo mucha ilusión ver que, además de arte africano, mágico y funerario, y diversos fetiches, había un bargueño español -probablemente de sacristía-, del XVII o, cando menos, una buena copia de uno de esa época.
Se habla mucho de los contrapuntos, la coordinación de estilos en el mismo espacio.... Tras ver lo de Breton, no me siento tan solo con lo de mi salón. Creo que un bargueño del XVII puede convivir perfectamente con dos jarrones Kutani del XIX (Gracias, Ivan y Luis), un juego de sillas Mackintosh, un samovar ruso y sendos dibujos originales de Francisco Ibañez y Hergé (se aceptan, como siempre, críticas).