De pequeño se quedaba en la clase durante los recreos, temeroso de las risas, de las humillaciones, de los golpes que, sobre todo, dolían en el alma. Un día, comiendo el bocadillo que su madre le había hecho, mientras miraba a los demás jugar, su corazón decidió que nunca saldría de esa clase, de ese aula. Y dejó de hablar, y de creer, y de ver otra cosa que no fueran los mismos pupitres, la misma soledad. Y los días se hicieron meses, y los años fueron pasando, y con los años, las caras, los centros de educación especial, los médics, y el niño, que ya era hombre, seguía sin halar, sin reconocer otra cosa que el aula en que decidió quedarse. y el hombre pasó a ser anciano, y nadie lograba que hablara, y le internaron en un asilo, con los demás viejos, para que muriera. y en ese asilo había otro anciano, y este anciano era uno de aquellos niños que le pegaba, que le humillaba, que le rompió. Y el antiguo abusón le reconoció y, mirándole a la cara, le dijo "lo siento". Y el anciano que nunca dejó de ser niño rompió a llorar, como setenta años antes y, recuperando la voz perdida, le contestó: -Ya es tarde, para tí y para mí, pero yo nunca dejé de ser niño, mientras que tú envejeciste antes de tiempo para comprobar que hasta tus hijos te han abandonado. Y a mí me espera una nueva vida en otro cuerpo, mientras que tú estarás condenado a soportar, por toda la eternidad, las consecuencias de una vida en que no dejaste de ser quien siempre abusó de los débiles. Te estpero en una nueva vida en que yo seré feliz, y completo, mientras que serás tú quien siempre estará sometido a un miedo que nunca acabará. Y por eso me das pena, y por eso te perdono-. Y, acercándose a él, le besó, le perdonó y, recuperando la edad que siempre debió tener, exhaló un último suspiro de tranquilidad, alivio y, sobre todo, confianza en un futuro que empezaba en ese preciso momento, un futuro sin miedo, sin dolor, sin paredes, sin monstruos.
Luis Fernández Antelo. Hogueras.
(Para Susana y Antonio, con la anticipación de otra velada única).
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miércoles, 1 de agosto de 2007
martes, 12 de junio de 2007
Cuento para alguien importante
Erase una vez una mujer que vivía con un gran secreto, tan secreto que ni siquiera ella sabía de verdad la importancia del mismo. Creía que lo sabía, pero se limitaba a reflexionar sobre su relevancia para su vida, para su salud, para su futuro. Y para no sufrir ni hacer sufrir, se alejó de los suyos pensando que, así, viviría, si no mejor, sí de otra manera. Y cuando se alejó, y se mudó a otra ciudad, a otro mundo, a otra realidad, se dió cuenta de una cosa: por las noches, y cuando estaba sola consigo misma, oía unas voces, más bien una voz que, lejana, le susurraba. Al principio pensó que sería algún vecino, pero la voz le venía en circunstancias tan especiales que nadie podía estar tan pendiente de cuándo estaba sóla, de cuándo estaba triste, de cuándo no había más que ella misma. Después pensó que pudiera ser que se estuviera volviendo loca, vista tanta intensidad emocional, tantos cambios, tantas vidas distintas en una. Un día, alguien le rompió el corazón. Ese día, mientras lloraba en su soledad, se dió cuenta de una cosa: de repente sintió que una fuerza interior la tomaba en brazos y, con la voz que siempre oyó y nunca reconoció, le contaba su historia, y la hacía sonreir, y saber que nunca estaría sóla, y qie podría con todo, y que era la reina del mundo, y que no tenía que preocuparse. y esa fuerza, de un sólo soplido, barrió toda su tristeza dejando unas ganas de vivir como nunca había sentido, dejándola llena de ánimo, de alegría, exultante. Y esa vez se dirigió a su propio cuerpo, y le dijo: -se que tú eres la voz, y que eres la fuerza que nunca he sentido, y quien me ha hecho sonreir, pero no sé exactamente quién eres. Dímelo, para poder darte las gracias-. Y volvió a sentir esa voz que, queda, le dijo: -soy la voz de tu enfermedad, pero nunca me quisiste ver como lo que era. Nací condenada a hacerte sufrir, pero también con la capacidad de hacerte ver el mundo con otros ojos mejores, de insuflarte fuerza que nadie tendrá nunca. No puedo evitar dañarte pero, como todas las enfermedades, si me abrazas y me comprendes, yo te ayudaré a comprenderte a tí, de modo que cada día tuyo valga tanto como mil días de los demás, y que cada noche tuya sean mil y una noches. Y nunca estarás triste, y te daré la capacidad de amar como nadie y de, en consecuencia, ser amada como nunca nadie ha sido amada. Pero escucha mi voz, escúchame a mí, acéptame, y seremos un ser nuevo-. Y ella, con nuevos ojos, miró a su enfermedad que era su secreto, la aceptó, y se dió cuenta de que el verdadero secreto, el secreto que ni siquiera ella sabía, era el que su propia enfermedad le acababa de revelar, y que le ayudaría en uno, en mil mundos, siempre.
(para tí, como te prometí un día)
(para tí, como te prometí un día)
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