sábado, 18 de abril de 2020
Ecuanimidad, no tibieza
domingo, 12 de abril de 2020
La macchina ammazzacattivi (La máquina matamalvados). Roberto Rossellini, 1952

En estos tiempos convulsos necesitamos cuentos amables, bellos y que alberguen la promesa -o, al menos, una posibilidad, por remota que sea- de redención. La máquina matamalvados acumula las tres cualidades. Una bella historia en que un pretendido San Andrés entrega al fotógrafo de un pequeño pueblo la posibilidad de castigar a los malvados mediante su cámara, despojándoles del alma. Amarcord, Dickens, el realismo fantástico que nunca dejó Itálica y el mejor Cuerda ya estaban en un pequeño pueblo costero italiano en que a los guardias filofascistas había que habilitarles un ataúd especial para la mano alzada, Romeo y Julieta resucitaban cada generación y las americanas eran las únicas que se bañaban en bikini.
Dulce, balsámica y de final feliz o, cuando menos, inesperadamente desconcertante
lunes, 23 de marzo de 2020
Bitácora de la pandemia. Estado de alarma prolongado
El Armagedon no va a venir. Al menos, en forma de coronavirus. Vendrá la saturación de las UCIS, el baile de números irreales, las pendientes ascendentes de las curvas, los problemas de suministro de mascarillas y demás material de protección... Pero también acabarán por venir los números reales, esos que nos dirán que la mortalidad es inferior al 1%, que el suministro de alimentos y medicinas está totalmente asegurado y que, más antes que después, si seguimos las pautas de aislamiento y prevención, llegaremos a la famosa meseta y estabilización.
domingo, 22 de marzo de 2020
La tía Cari
Cari es la más lista del centro de atención a discapacitados donde se encuentra. De hecho es tan lista que a veces se hace la tonta. Recuerdo un día que, viendo la tele, salió la Reina Leonor y ella, feliz, proclamó que la monarca era amiga suya y que hablaban de muchas cosas cuando se veían. Pues bien, la puñetera tenía razón. Como es la que mejor se expresa del Centro, siempre que hay visitas oficiales la sacan a ella para que reciba a las autoridades, y así, si pudiera escribir, tendría una agenda con más contactos que el propio Amancio Ortega.En suma, es de las pocas personas capaces de sacar al niño que llevamos dentro, ese que tan rápido olvidamos.
Cari tuvo la mala suerte de encontrarse con su cordón umbilical cuando estaba intentando salir de mi abuela para poner colores y formas, al fin, a ese mundo que oía desde el vientre de la tía Piedad (porque en los pueblos de la Mancha todos son tíos o tías, y si estas gordito te dicen lo guapo que estás). Creo que algo avisó a la tía de que estaba mejo flotando ahí dentro, e intentó evitar que saliera. Con la mala suerte de que se enrolló en su cuello, le privó de oxígeno durante demasiado tiempo, ese cerebro maravilloso se quedó sin riego y mi tía Cari nació con capacidades distintas a los demás.
Mi tía Cari recuerda los nombres de todos los familiares de toda la gente que conoce, enloquece de alegría cuando ve un bebé (benditos instintos) y, la verdad, es muy cotilla (además de pelín glotona, como su sobrino). Lleva en una residencia para personas como ella en san Martin de Valdeiglesias más de treinta años, y ha sido muy feliz.
Mi tía Cari el otro día se despertó tosiendo y con dificultades para respirar. Se cansaba mucho para llegar a la salita del desayuno, y ahí vió que otros compañeros estaban, también, tosiendo.
Pero yo no sabía nada de esto.
Algún día después del otro día me llamaron de la residencia. Estaba con el coronavirus y, la pobre, no sabía muy bien qué le estaba pasando, solo que estaba mal, y no podía explicar muy bien los síntomas. Era posible que la llevaran al hospital. A fecha de hoy está estable dentro de la febrícula y, si no empeora, seguirá en la dependencia que para contagiados con síntomas leves ha logrado habilitar el personal de la residencia. Todos ellos verdaderos héroes que, como los verdaderos héroes, es posible que acaben también contagiados y olvidados.
El verdadero mundo, ese que vale la pena, lo puebla gente como mi tía Cari. Ellos lo llenan de sonrisas, candor y una naturalidad que hace mucho que olvidamos. El verdadero mundo, el mejor posible, es aquel donde mi tía no hace más que subir y bajar escaleras mecánicas con una risa que contagia a todos los locos gloriosos, los poetas, los pintores y los abuelitos que nos enseñaron la esencia de lo bueno, el sustrato de lo bello.
Todos aquellos que, si no hacemos algo, irán muriendo estos días, vaciando el mundo de los únicos que verdaderamente valen la pena.
Lo que nos define como humanos
No por el miedo a la muerte, sino por el miedo a la vida.
Una vida en la que, tras esta pandemia, estará la mayoría de gente joven y fuerte, pero donde ya no estarán muchos de los físicamente débiles, esos que Hitler consideraba infrahumanos, indignos de respirar.
Pienso en los físicamente frágiles y me vienen a la memoria Oleg Karavaichuk creando belleza en su piano del Hermitage; el padre Angel ayudado a todos los que no tienen para comer; Stephen Hawking descubriendo el mundo detrás del mundo, Van Gogh creando belleza como bálsamo para la esquizofrenia... Tantos locos maravillosos, tantos ancianos que crearon -y crean- las mejores obras de su existencia precisamente tras haber vivido una vida plena, sin cuyas vivencias no podrían haber ideado lo que pervivirá siempre, más allá de ellos, más allá de nosotros.
Y pienso en los que no pueden defenderse por sí solos, los indefensos. Aquellos que, como mi tía Cari, nunca pudieron valerse por sí mismos y, en estos momentos de alarma, miedo y abandono, miran sin comprender por qué les están dejando solos en sus residencias.
Nos estamos muriendo, y hay que pervivir. Pero pervivir no es sobrevivir. Pervivir es superar los retos más graves como un todo, como un colectivo cuyo rasgo principal es la humanidad, no la racionalidad. Porque racional es optar por los fuertes frente a los débiles, mientras que humano es proteger a los débiles antes que a los fuertes.
Un pueblo se mide por el nivel de protección de sus integrantes mas indefensos, no por el grado de pureza de sangre o porcentaje de supervivencia (el término lo dice todo). Y nosotros no queremos meramente sobrevivir. A los supervivientes de toda catástrofe siempre les espera un calvario de recuperación; por contra, a las sociedades que perviven las abrazará una época de aprendizaje y curiosidad por un futuro mejor. Nosotros queremos pervivir como humanos, y para ello no podemos olvidar el atributo más importante del ser humano, que es la solidaridad, entendida como la superación del instinto de supervivencia individual en pro del más indefenso. Y en este sentido la solidaridad es antinatural, porque implica que nos sacrificamos por otro más débil, despreciando el natural instinto de supervivencia común a todos los animales. Pero, siendo antinatural, es por ello lo más humano que se puede encontrar, lo que nos distingue y, en ocasiones, nos hace únicos, asemejándonos, quizás por vez primera, al Dios en que cada uno cree.
Es muy fácil pensar en nosotros como buenos en tiempos de abundancia, solo porque no hemos tenido la oportunidad -o necesidad- de hacer cosas malas para sobrevivir. En estos tiempos de pandemia global toca enfrentarnos de verdad con nuestro verdadero yo, y darle una oportunidad de comportarse como humano, no como superviviente. Solo así, cuando todo esto termine -que terminará- podremos vivir con nosotros mismos en un mundo de seres humanos. Porque si sobreviviéramos tras haber sacrificado a los más débiles en pro de un ciego ideal de supervivencia numérica, nos encontraríamos otro mundo, seguramente. Pero no de personas
Solo pervive la belleza, y la belleza está en nuestro reflejo en los demás.
viernes, 25 de octubre de 2019
infelicidad y creacion
martes, 30 de julio de 2019
Luis Acosta Moro (y tantos otros)
sábado, 8 de septiembre de 2018
Adios, Ceesepe
- tú y yo damos pena, tío
Yo protesté, claro. La verdad es que los dos nos sentíamos un poco descuidados sentimentalmente, estábamos con un poquito (casi nada, la verdad) de sobrepeso, no íbamos precisamente de Loewe y, en fin... la imagen proyectada no era la de incuestionados líderes de masas.
Pero lo cierto es que a Ceesepe siempre le importó un carajo ser líder. Quería que le dejaran en paz, amaba pintar, odiaba cualquier violencia y, sin querer, soltaba unas invectivas telegráficas que quitaban el hipo, de certeras que eran. A veces alguien le entraba con algo pretendidamente pseudointeresante y, al poco, se volvía al orador, le clavaba la mirada y le soltaba un “tío, deja de dar la vara” con tal sinceridad y profundo agotamiento que succionaba la vitalidad del sujeto-objeto. Ahí acababa la cosa. Cualquier cosa.
Tuvo tanto éxito que quiso terminar solo, y su último cumpleaños lo celebró en una terraza del parque de Atenas, destemplado por la medicación, y solo acompañado de dos hermanos gorditos que, en el fondo y en la superficie, llegaron a quererle en contra de su voluntad. Como tanta otra gente.
Porque esa era la magia de Ceesepe: tenías que quererle, aunque él hiciera lo posible para obstaculizar tal cosa. Hablaba poco, sonreía menos, no se dejaba conocer y, mire Ud., se le quería. Porque era ingenioso e ingenuo; su languidez atraía; sus silencios hablaban. Sus palabras, medidas sin querer, siempre llegaban.
Se dedicó toda su vida a su arte, que evolucionó sin cambiar, porque fue de los únicos con un verdadero estilo propio. Pintaba señoras desnudas porque no sabía pintarlas vestidas, y quería a quien quería. A su núcleo.
Los demás eramos satélites, y nos bastaba.
Finalizo sin hacer el típico exordio cronológico de su vida. Ese es fácil encontrarlo. Yo cierro recordando su lealtad al Hylogui, su veneración por Emma, su aversión a un mendigo de la calle de Arenal que siempre le insultaba, su descubrimiento del banquito del Arranca Thelma; su gusto por toda curva, su miedo a los espacios vacíos y su amor a un arte que, junto con nosotros, siempre le recordará.
Buen viaje, amigo Carlos. La expo de este septiembre de Carlos A. y Carlos C. en la galería DoblEscaparate, como tú la bautizaste, no se anula. Solo se suspende hasta que volvamos a estar todos juntos.
Porque volveremos a estarlo.
miércoles, 27 de junio de 2018
Islandia, de Luisa Cunillé
martes, 26 de junio de 2018
el tratamiento, de Pablo Remón
sabiduría popular (1)
jueves, 14 de junio de 2018
La valentía, de Sanzol

No comprendemos a Sanzol.
Sanzol es un crisol de conocimientos que, debidamente agitados en esa cabeza que tiene, vomitan obras maestras. A la vez, es un creador cuyas vivencias y estados de ánimo utiliza magistralmente para crear, logrando pervivir en el tiempo sobreviviendo, con toda seguridad, a la parca última con la complicidad de ese Robin Goodfellow que tanto ama. Así,la pérdida de sus seres queridos, las crisis existenciales... hasta la necesidad de descansar mentalmente las plasma en obras que resultan joyas. Este último me parece que ha sido el caso con la Valentía.
Hay espectadores que pensaban que asistían al Sanzol de la Respiración, máxime dado el tema (los fantasmas de dos hermanas), y se encontraron con un académico enredo salido de las tripas de la editorial Bruguera más setentera posible. Me imagino a Sanzol, necesitado de descanso, volviendo a la casa de campo de su niñez -probablemente cerca de una carretera- y metiéndose en la misma cama de cuando era niño. Ahí, en la estantería trufada de pegatinas de Naranjito, Caribbean o Samantha Fox, la columna de Mortadelos Especiales, Olés, Sacarinos, TDT.... No me cuesta verlo zambulléndose en las historias de Ibañez, de Vazquez, Raf, Escobar... sobre todo, en Mortadelo y Filemon, Zipi y Zape, las hermanas Gilda y la mítica "fantasmas de alquiler", esa compañía que alquilaba fantasmas para dar sustos a inquilinos molestos, gamberros, vecinos ruidosos o plagas destructoras de cultivos.
Porque ahí está la valentía: las hermanas Gilda, peleándose y amándose a la vez; Mortadelo y Filemon (o tambien Pepe Gotera y Otilio), con las mismas ropas a lo Zipi y Zape, repitiendo chapuza tras chapuza; la rent-a-ghost Ltd. de Reg Parlett ... incluso el Mac Latha de Sir Tim O'Theo, todos respiran esa valentía de Sanzol que, a la sazón, es triple: la Valentía de esa solución definitiva silenciosamente pergeñada por la hermana; la del elenco de influencias de una niñez no del todo perdida y, en fin, la de un director que, como Alfredo Sanzol, se ve capaz de pergeñar tragedia y comedia.
Con el mismo éxito abrumador.
miércoles, 13 de junio de 2018
mind at ease
sábado, 2 de junio de 2018
El Pericles de Shakespeare, por Declan Donnellan y Nick Ormerod
viernes, 1 de junio de 2018
el Onis
jueves, 17 de mayo de 2018
Los verdugos
jueves, 19 de abril de 2018
Duelo
En la oscuridad observo, complacido,
el pavor de los temerosos,
la exaltación de los que desesperan,
el triunfo de la atrición.
Huelo un sudor que me agrede,
oigo el chocar de cruces que,
esgrimidas como espadas,
pugnan por ser las primeras en el juicio.
Veo un nuevo altar
cuyo santo no venero,
acercándose, despiadado,
a contarme el último secreto:
Solo existe la fe,
solo existe esto.
Y la única energía que verás,
-justo antes de caer muerto-,
es la que nace de los huesos quebrados,
de los miembros bajo mil pies,
del pavor, hondo, de los lamentos
de los órganos que atraviesan unas astillas.
Astillas que, a la vez,
son cruces, flecha, lanzas
que destruyen la esperanza última,
esa de poder renacer.
No hay nada más,
no hay otros sonidos,
otros sueños
ni más colores que estos tonos,
En negro
miércoles, 18 de abril de 2018
El sonido del mar
lunes, 12 de marzo de 2018
Mis 10 mandamientos del sumiller
1.- Elude deliberadamente el vino más caro, en pro del mejor vino calidad-precio.
2.- No te trae el mejor vino en abstracto, sino el que mejor acompaña el plato concreto.
3.- No trae un vino que eclipse el plato, consciente del protagonismo del caldo en cada fase de cada comida.
4.- Busca un vino que, en caso de que el plato tenga alguna carencia, la supla, complemente o incluso oculte, llegando a asumir la culpa porque “el vino sabía demasiado”.
5.- Es leal al director de orquesta.
6.- Vela porque el personal no rellene las copas demasiado rápido, sino solo cuando proceda.
7.- Disfrutando de lo que hace, hace disfrutar a quien se pone en sus manos.
8.- Habla con los clientes, mezclando el vino que presenta, su historia, anécdotas y, por qué no, algún taco emotivo.
9.- Contrapropone motivadamente al cliente cuando sabe que la eleccion de caldos de éste no va a ser la óptima o cuando -como pasa alguna vez- el que pide le va a dejar sin la mejor botella de la cava, esa que ha tardado años en encontrar, solo porque financieramente puede tras un pelotazo financiero, aunque no distinga un Romanée-Conti de un Pentavin.
10.- Por último, sabe ser a la vez correcto, educado, versátil, agradable, simpático, cachondo, iconoclasta e invitador, a la vista de la idiosincrasia colectiva de cada mesa concreta.
Ea