jueves, 19 de noviembre de 2020

El enfermo imaginario de Moliere (y Flotats). CNTC

Ayer, a la salida del estreno de la comedia cumbre de Molière, Angel Fernández Montesinos, patriarca de la Revista y la Zarzuela en España exclamaba, con inusitado entusiasmo para sus más de 90 años, “ha vuelto el teatro”.

Ayer, al menos, así fue. Arropado por todo el mundo de esa gran víctima del Covid que es la escena española (desde Lluis Omar hasta Carlos Hipólito, pasando por Gonzalo de Castro o Emilio Gavira), Flotats bordó una de las comedias más atemporales de la historia del Teatro, con un Argán cansado hasta de sí mismo al que solo la dependencia psicológica de remedios y lavativas innecesarios distrae de una vida demasiado muelle, a merced de una esposa que no le quiere, una hija que por fortuna no se resigna a sus egoistas designios y una grandísima Anabel Alonso que descumple años y mejora en unas dotes escénicas ya de por sí excepcionales. Nunca se verá mejor Tonina.

En comedia es muy difícil lograr ese punto medio que, alejado del fácil histrionismo, mantiene atento al espectador y, a la par que entretiene, transmite un mensaje vital y de esperanza que se erige en moraleja. El avaro de ayer logró ser actual sin desvirtuar al clásico; insufló movimiento y máscaras sin distraer de la atención al drama del hipocondriaco ajeno a su realidad circundante. Mezcló la sombra y los estatismos de sendas cama y sillón de padecimientos con la luz, la música y el baile de todo lo bueno que siempre queda. En suma, Argán brilló con la luz que le circundaba y, brillando se redimió, redimiendonos a todos.

El equipo de Flotats consigue de sobra lo que el Maestro pretendía, y logra que ese hipocondriaco vocacionalmente infeliz nos insufle el único medicamento que siempre funciona: la esperanza. Esperanza que solo puede transmitir el trabajo bien hecho, la profesionalidad y el entusiasmo que ayer recaló, siquiera por dos horas, en un Teatro de la Comedia que volvió a ser mágico.

Ha vuelto el Teatro (con mayúsculas). Espero que para quedarse

miércoles, 4 de noviembre de 2020

El último baile del Gatopardo de Visconti

Los amantes de la joya de Visconti se dividen entre quienes consideran que sobra media hora del baile último, y los que afirman que tan extenso retrato es necesario para lo que Visconti pretendía con el Gatopardo. Yo soy de estos últimos y me explico, rogando ya de antemano, cual postrero narrador chespiriano, la indulgencia del público que lea esta reflexión.

Visconti, demasiado liberal para la aristocracia de donde provenía y demasiado tradicional para los liberales. Enamorado de Alain Delon -cosa que parece no gustó a Burt Lancaster, también prendado del joven sobrino Alfonso- y testigo de cambios esenciales en su Italia quiso transmitir la esencia Lampedusiana, ese todo cambia para no cambiar, en el escenario histórico de sucesión de clases dirigentes propiciado por los tiempos de Garibaldi y subsiguientes elecciones de 1860. Un tiempo en que los centenares de príncipes producidos por la otrora pluralidad de estados itálicos se agarraban a sus privilegios, costumbres y arrogancia como freno a los nuevos ricos burgueses que supieron aprovechar las crisis y las oportunidades. Y se agarraban con manos delgadas de hambriento digno, afectado por la endogamia y manchado del polvo de la decadencia, el polvo de los caminos sin asfaltar y de las habitaciones condenadas de los antiguos palacios.

Polvo, arrogancia y endogamia habitan cada minuto del Gatopardo, y solo la prevision del anciano -45 años, Dios nos valga- Príncipe Fabrizio de Salina pone postrero remedio a la decadencia de su familia, que no es sino la decadencia de la clase aristocrática de esa neonata Italia unida y tricolor. Por eso impide que su hija se case con su primo para unir a éste con la lozana hija del rico burgués de la región (a quienes allana el camino a la política) y poder sl fin apartarse de un mundo que sabe moribundo, el mundo del último baile.

Un baile de militares fantoches, decrépitas ancianas empolvadas hasta el ridículo como Baby Jane (otro polvo distinto al de los caminos, pero polvo al fin); petimetres, doncellas solteras jugando tontamente entre ellas esperando quien llene sus carnets de baile. Jarrones de cerámica llenos de heces y orines justo detras del salon de baile, comida atragantada por si al día siguiente no se come; jóvenes parejas apurando la llegada del amanecer y, entre ellos, nuevos ricos, por fin invitados, que sienten que han llegado a su cima (como el empresario del salón de música de Jazalgar).
De tal modo Visconti no solo denuncia a la vetusta aristocracia dominante, beata, endogámica y rodeada de fanfarrones de pomponsos uniformes, sino que tambien cuela en la narración un dardo mortal a la nueva clase pujante, con un mensaje demoledor: habeis derrocado a los nobles para ocupar su puesto, y lo que verdaderamente ansiabais al final era ser ellos, para poder despreciar como a vosotros se os despreció.

El baile del fin, el último baile de una época que agoniza. El Zenit donde pasado y futuro se encuentran y, efectivamente, nada cambia.

Tras lo cual, solo cabe el exeunt omnes. Pero solo se marcha quien supo ver que su era había terminado.

lunes, 2 de noviembre de 2020

Aviso a navegantes

Con la irresponsabilidad y el cortoplacismo (político y económico) que nos caracterizan pusimos todos los huevos en la misma cesta, la de los servicios turísticos. Igualito que hace 12 años con la construcción. Solo que esta vez, Europa va a tener demasiados estados a que rescatar como para darnos prioridad a nosotros, que gastamos lo de los demás, legislamos a golpe de decreto-ley, intentamos cargarnos la independencia judicial y abaratamos el coñac en el bar del Congreso para que los representantes del pueblo olviden para qué fueron elegidos.

La hucha de las pensiones está saqueada; vacía de tanto usarla, unos y otros, para rellenar agujeros que hubieran costado votos, y sendas evoluciones, demográfica y de calidad educativa, hacen poco posible que los jóvenes profesionales del futuro contribuyan a llenarla. A lo que no ayuda que no se facilite a los jubilados rescatar los fondos de pensiones sin carga tributaria, lo cual permitiría que, de nuevo, fueran ellos quienes volvieran a tirar de hijos y nietos, revitalizando el efecto multiplicador económico que tanto necesitamos.

Para colmo, nuestras ansias de ser servidos en casita igual que nuestros vecinos de los distintos ultramares nos han hecho ignorar el ultramarinos del señor Juan, la mercería de doña Mercedes y la ferretería de los asturianos en pro de Amazon, Primark y demás grandes superficies y plataformas online.

Si a todo esto unimos que de buen grado cedemos nuestros datos a cambio de poder subir nuestras fotos cuquis, y que la desinformación y la incultura han destrozado nuestro espíritu crítico, nos encontramos con que a fecha de hoy, destrozados económicamente, incultos y mermados emocionalmente tras 8 meses de pandemia, somos terreno abonado para conspiraciones, sectas, radicalismos, luchas, suicidios, depresiones, violencia doméstica, divorcios, abandonos, rapiña y, en suma, lo que está comenzando a venir.

Nunca he tenido más ganas de equivocarme

viernes, 31 de julio de 2020

Cinestudio espejo (0). El Angel Exterminador, de Luis Buñuel (1962)



¿Qué decir del maño más conocido del mundo después de Goya, solo aprehendido en toda su grandeza por Max Aub y un puñado de privilegiados? su filmografía lo dice todo y, más allá de la surrealista innovación del perro Andaluz y su etapa en París -donde la sobreveneración le cambió-, es su trilogía religiosa mejicana la que, al menos para un servidor, mejor lo define.

De Simón del desierto hablaremos en un post distinto (por gloriosa); la Vía Lactea es una consumación... el Angel exterminador es la mejor simbiosis entre surrealismo, crítica social y filosofía que el cine haya dado. Para Buñuel, la abulia y la decadencia confinan a la burguesía en un mundo tan minúsculo que cabe en un salón. Ahí, por mor de sus prejuicios -el mayordomo nunca es reconocido- y endogamia -representada por el incestuoso amor de los dos hermanos-, un puñado de parejas burguesas mejicanas de finales de los años 50 se ve avocado a desempeñar todos los actos vitales -desde fornicar hasta morir, pasando por alimentarse y defecar, en un giro tan Joyciano que el paralelismo abruma-. Y todo se repite, una y otra vez, en un vórtice que encierra, que delimita, contrae, comprime y ahoga hasta el punto en que la violencia parece el único recurso para romper la maldición de la inercia.

La abulia como motor del confinamiento abarca y justifica las repeticiones, el abandono previo y misterioso de la mansión por parte de un servicio que anticipa la catástrofe; la histeria, las reacciones, el hambre, el machismo, los tipos burgueses de la diva, el excéntrico venido de Norteamérica, el agónico agonizante, los masones histriónicos -y, por ello, pequeños o falsos-, los amantes suicidas... todos defecando en los jarrones de la dinastía Ch'ing, como en el Versalles prerevolucionario, mentando a vírgenes lavables de caucho, intentando huir mediante la laudanina, codeina y morfina en una anticipación del día de la marmota, hoy mas que nunca en boga.

Y volveremos al confinamiento por repetir los mismos errores

Cinestudio Espejo (1). Myra Breckenridge (1970), de Michael Sarne



Imaginen al gigante John Huston a los 75 años, haciendo de vieja gloria de Westerns metido a director estrambótico y pervertido de una Academia de interpretación de la que nadie se quiere graduar. A continuación, hagan lo propio con una gloriosa Mae West, ésta con casi 80 años, haciendo de agente de actores (masculinos) a los que solo contrata después de hacerles pasar por su despacho-dormitorio (entre ellos, un jovencísimo Tom Selleck), y que se arranca a cantar una versión de hard to handle que ni los Black Crowes (olvidemos, como todo el mundo, que la versión original, de 1968, fue de Otis Redding).

Por último, imaginen a una bellísima Rachel Welch como transexual operado en Estocolmo con el solo fin de vengarse del típico macho USA homófobo y oligofrénico tirándoselo de modo humillante (con los roles gloriosamente cambiados) para, a continuación, seducir a su candorosa novia (una virginal Farraw Fawcett) en un ajuste de cuentas rayano en la justicia poética. Entre medias, orgías setenteras, maduros jueces anticomunistas y porretas, policías casposos curtiendo a hippies, hermanos que usurpan las herencias de hermanos, críticas feroces al Showbiz de Hollywood y secuencias intercaladas de películas de Marilyn o del Gordo y el Flaco.

Ahora, imaginen lo más difícil: que esta película se haya rodado en el Hollywood de 1970. Si pueden hacerlo, estarán pensando en Myra Breckenridge, la película maldita basada sobre la novela hoónima del rebelde Gore Vidal que acabó con la carrera de Rachel Welch (y de buena parte del reparto antes, siquiera, de que comenzara). La película que Hollywood quiso borrar de su memoria a cualquier precio.

Porque cuando se ridiculiza al enemigo, el miedo desaparece y tomamos conciencia de que se le puede vencer. Aunque venga pertrechado con el dinero de las grandes productoras, la capa del anticomunismo MacCarthiano y el corsé del puritanismo y la censura.

Véanla (si la encuentran, es de culto por razones obvias) y abran los ojos de incredulidad hasta que se queden ojopláticos y boquiabiertos como un servidor.


Gracias, Pedro. Después de haber visto Myra Breckenridge, Érase una vez en Hollywood ha perdido toda su originalidad.


Luis

sábado, 18 de abril de 2020

Ecuanimidad, no tibieza

Resulta tristemente curioso observar cómo al ecuánime siempre le rechazan todos los bandos polarizados. La falta de voluntad de posicionarse en uno de los polos de todo conflicto, latente o activo, situa a quien desea la libertad necesaria para criticar cualquier mal en la más incómoda de las posiciones. La de apestado por todos los bandos y, por ello, desprotegido y sometido a las agresiones de ambos; a quienes conviene dar ejemplo con quien, intentando mantener la cordura, pudiera erigirse, él mismo, en ejemplo de que para vivir y convivir no hace falta elegir otro bando que el de la paz y la razón.

Releo el prólogo que Chaves Nogales hace a su obra A sangre y fuego, y encuentro la prevalencia de la cordura de quien, por ecuánime, hubo de huir de su país. Mandado fusilar por los sublevados y considerado fusilable por la república, Chaves no huyó a Monrouge en 1937 porque anticipara la victoria de los golpistas, sino porque sabía que unos y otros no le perdonarían nunca el no haber optado por el que fuese de los dos únicos pensamientos únicos. Porque sí puede haber diversos pensamientos únicos en un mismo territorio, siempre que se juren el exterminio mutuo.

Ese exterminio que, mientras llega, o bien mata la cordura o de otro modo la obliga a exiliarse y presenciar cómo sus seres amados, cada uno ya con una etiqueta fácilmente distinguible, se odian sin saber realmente por qué razón.

La ecuanimidad no es tibieza, sino valentía, porque desprotege frente a todos los bandos, colgando al ecuánime el peor de los carteles en un conflicto: el de blanco fácil, por no alineado.

domingo, 12 de abril de 2020

La macchina ammazzacattivi (La máquina matamalvados). Roberto Rossellini, 1952



En estos tiempos convulsos necesitamos cuentos amables, bellos y que alberguen la promesa -o, al menos, una posibilidad, por remota que sea- de redención. La máquina matamalvados acumula las tres cualidades. Una bella historia en que un pretendido San Andrés entrega al fotógrafo de un pequeño pueblo la posibilidad de castigar a los malvados mediante su cámara, despojándoles del alma. Amarcord, Dickens, el realismo fantástico que nunca dejó Itálica y el mejor Cuerda ya estaban en un pequeño pueblo costero italiano en que a los guardias filofascistas había que habilitarles un ataúd especial para la mano alzada, Romeo y Julieta resucitaban cada generación y las americanas eran las únicas que se bañaban en bikini.

Dulce, balsámica y de final feliz o, cuando menos, inesperadamente desconcertante

lunes, 23 de marzo de 2020

Bitácora de la pandemia. Estado de alarma prolongado

A lo largo del día de hoy el Congreso, de conformidad con el art. 116 CE, autorizará la prórroga del Estado de alarma otros quince días, para garantizar que a los locos no les de por abandonar las urbes en masa y contagiar, más aún si cabe, las zonas rurales. Me parece curioso ese afán por destruir los lugares donde uno encuentra solaz, como si quisiéramos acabar con la belleza. -Es por huir del contagio-, dicen; -los hospitales de aquí están saturados, y quitan los tubos a los ancianos para ponérselos a los jóvenes- recitan, en una suerte de mantra, reiterado con tal vehemencia que solo destila evasión y egoísmo. A tal estado de cosas no ayudan las decisiones erráticas de los responsables farmacéuticos, ni los bulos insertados en archivos de voz donde el enésimo pretendido jefe de cardiología del enésimo hospital público predica el Armagedon.
El Armagedon no va a venir. Al menos, en forma de coronavirus. Vendrá la saturación de las UCIS, el baile de números irreales, las pendientes ascendentes de las curvas, los problemas de suministro de mascarillas y demás material de protección... Pero también acabarán por venir los números reales, esos que nos dirán que la mortalidad es inferior al 1%, que el suministro de alimentos y medicinas está totalmente asegurado y que, más antes que después, si seguimos las pautas de aislamiento y prevención, llegaremos a la famosa meseta y estabilización.

domingo, 22 de marzo de 2020

La tía Cari

Cari es la hermana de mi padre. Tiene ya 70 años (que se dice pronto para una persona con discapacidad psíquica), le encantan los bolsos, el maquillaje y todo aquello que brille, y si le pones a tiro una escalera mecánica pasará horas subiendo y bajando felizmente por ella, hasta que un operario del Metro pregunte qué coño estamos haciendo, y nos diga que esto no es un parque de atracciones. Recriminación ésta que espero seguir oyend muchas veces más.

Cari es la más lista del centro de atención a discapacitados donde se encuentra. De hecho es tan lista que a veces se hace la tonta. Recuerdo un día que, viendo la tele, salió la Reina Leonor y ella, feliz, proclamó que la monarca era amiga suya y que hablaban de muchas cosas cuando se veían. Pues bien, la puñetera tenía razón. Como es la que mejor se expresa del Centro, siempre que hay visitas oficiales la sacan a ella para que reciba a las autoridades, y así, si pudiera escribir, tendría una agenda con más contactos que el propio Amancio Ortega.En suma, es de las pocas personas capaces de sacar al niño que llevamos dentro, ese que tan rápido olvidamos.

Cari tuvo la mala suerte de encontrarse con su cordón umbilical cuando estaba intentando salir de mi abuela para poner colores y formas, al fin, a ese mundo que oía desde el vientre de la tía Piedad (porque en los pueblos de la Mancha todos son tíos o tías, y si estas gordito te dicen lo guapo que estás). Creo que algo avisó a la tía de que estaba mejo flotando ahí dentro, e intentó evitar que saliera. Con la mala suerte de que se enrolló en su cuello, le privó de oxígeno durante demasiado tiempo, ese cerebro maravilloso se quedó sin riego y mi tía Cari nació con capacidades distintas a los demás.

Mi tía Cari recuerda los nombres de todos los familiares de toda la gente que conoce, enloquece de alegría cuando ve un bebé (benditos instintos) y, la verdad, es muy cotilla (además de pelín glotona, como su sobrino). Lleva en una residencia para personas como ella en san Martin de Valdeiglesias más de treinta años, y ha sido muy feliz.

Mi tía Cari el otro día se despertó tosiendo y con dificultades para respirar. Se cansaba mucho para llegar a la salita del desayuno, y ahí vió que otros compañeros estaban, también, tosiendo.

Pero yo no sabía nada de esto.

Algún día después del otro día me llamaron de la residencia. Estaba con el coronavirus y, la pobre, no sabía muy bien qué le estaba pasando, solo que estaba mal, y no podía explicar muy bien los síntomas. Era posible que la llevaran al hospital. A fecha de hoy está estable dentro de la febrícula y, si no empeora, seguirá en la dependencia que para contagiados con síntomas leves ha logrado habilitar el personal de la residencia. Todos ellos verdaderos héroes que, como los verdaderos héroes, es posible que acaben también contagiados y olvidados.

El verdadero mundo, ese que vale la pena, lo puebla gente como mi tía Cari. Ellos lo llenan de sonrisas, candor y una naturalidad que hace mucho que olvidamos. El verdadero mundo, el mejor posible, es aquel donde mi tía no hace más que subir y bajar escaleras mecánicas con una risa que contagia a todos los locos gloriosos, los poetas, los pintores y los abuelitos que nos enseñaron la esencia de lo bueno, el sustrato de lo bello.

Todos aquellos que, si no hacemos algo, irán muriendo estos días, vaciando el mundo de los únicos que verdaderamente valen la pena.

Lo que nos define como humanos

Hace mucho que no escribo. Ni aquí ni en otros sitios, más allá de textos académicos o profesionales. Pero estos días tenía que escribir. Aquí. No por ego, ni porque me lean (a estas alturas, y tras el parón de 2 años, dudo que nadie me siga ya). Sino porque a veces hay que dejar escritas cosas.
No por el miedo a la muerte, sino por el miedo a la vida.
Una vida en la que, tras esta pandemia, estará la mayoría de gente joven y fuerte, pero donde ya no estarán muchos de los físicamente débiles, esos que Hitler consideraba infrahumanos, indignos de respirar.

Pienso en los físicamente frágiles y me vienen a la memoria Oleg Karavaichuk creando belleza en su piano del Hermitage; el padre Angel ayudado a todos los que no tienen para comer; Stephen Hawking descubriendo el mundo detrás del mundo, Van Gogh creando belleza como bálsamo para la esquizofrenia... Tantos locos maravillosos, tantos ancianos que crearon -y crean- las mejores obras de su existencia precisamente tras haber vivido una vida plena, sin cuyas vivencias no podrían haber ideado lo que pervivirá siempre, más allá de ellos, más allá de nosotros.
Y pienso en los que no pueden defenderse por sí solos, los indefensos. Aquellos que, como mi tía Cari, nunca pudieron valerse por sí mismos y, en estos momentos de alarma, miedo y abandono, miran sin comprender por qué les están dejando solos en sus residencias.

Nos estamos muriendo, y hay que pervivir. Pero pervivir no es sobrevivir. Pervivir es superar los retos más graves como un todo, como un colectivo cuyo rasgo principal es la humanidad, no la racionalidad. Porque racional es optar por los fuertes frente a los débiles, mientras que humano es proteger a los débiles antes que a los fuertes.

Un pueblo se mide por el nivel de protección de sus integrantes mas indefensos, no por el grado de pureza de sangre o porcentaje de supervivencia (el término lo dice todo). Y nosotros no queremos meramente sobrevivir. A los supervivientes de toda catástrofe siempre les espera un calvario de recuperación; por contra, a las sociedades que perviven las abrazará una época de aprendizaje y curiosidad por un futuro mejor. Nosotros queremos pervivir como humanos, y para ello no podemos olvidar el atributo más importante del ser humano, que es la solidaridad, entendida como la superación del instinto de supervivencia individual en pro del más indefenso. Y en este sentido la solidaridad es antinatural, porque implica que nos sacrificamos por otro más débil, despreciando el natural instinto de supervivencia común a todos los animales. Pero, siendo antinatural, es por ello lo más humano que se puede encontrar, lo que nos distingue y, en ocasiones, nos hace únicos, asemejándonos, quizás por vez primera, al Dios en que cada uno cree.

Es muy fácil pensar en nosotros como buenos en tiempos de abundancia, solo porque no hemos tenido la oportunidad -o necesidad- de hacer cosas malas para sobrevivir. En estos tiempos de pandemia global toca enfrentarnos de verdad con nuestro verdadero yo, y darle una oportunidad de comportarse como humano, no como superviviente. Solo así, cuando todo esto termine -que terminará- podremos vivir con nosotros mismos en un mundo de seres humanos. Porque si sobreviviéramos tras haber sacrificado a los más débiles en pro de un ciego ideal de supervivencia numérica, nos encontraríamos otro mundo, seguramente. Pero no de personas


Solo pervive la belleza, y la belleza está en nuestro reflejo en los demás.

viernes, 25 de octubre de 2019

infelicidad y creacion

La felicidad es poco creativa. Se crea desde la ira, la tristeza o la búsqueda. Poco bueno nace cuando la vida sonríe y el estómago se llena debida y regularmente (salvo los comedores compulsivos o estéticos como Dumas, Stendhal o Balzac, pero de ello, hablaremos algún día, no tardío). La creatividad se recrea en la pérdida de lo que se tuvo y la búsqueda de lo que nunca se tendrá. Trabaja optimamente en el insomnio y los estados alterados de conciencia, y gusta de ser parida con dolor o vomitada con asco, propio o ajeno.
La belleza nace desde la fealdad de un momento súbito, doloroso y perdido, en que la única luz que nos salva in extremis es aquella que podamos crear. Por eso el creador sobrevive y el desafortunado puro, por carente de esa capacidad, se mata o es matado. Esa es la gratitud de la belleza, que requiere de dolor para nacer, pero postreramente consuela y, si no salva, salva del olvido.
Pero duele. Y cuando no duele, obliga a buscar esa pulsión que empuja a una pasión coyuntural y culpable, egoista y efímera.

martes, 30 de julio de 2019

Luis Acosta Moro (y tantos otros)

España da genios, locos, atormentados, privilegiados, inquietos, histriones... y suele sintetizarlos en individuos concretos que, después, olvida. Uno de ellos es Luis Acosta Moro, que fue dibujante, escritor, fotógrafo, histrión, productor, fuente de anécdotas... en suma, artista. Dibujó muchos de los cuentos de los niños de los setenta y solo publicó dos libros de fotografías, “cabeza de muñeca” y “trece historias sobre la muerte”. No pudo -quizás no quiso- evitar ser como fue, y la historia le abandonó, en la línea de Jorge Rueda y tantos otros, demasiados genios por metro cuadrado en esta península que pare grandeza y estupidez a partes iguales.
Hablaría más de él, pero eso se lo dejo a marclr1, por elementales razones de justicia. Si algún día le encuentran en la calle, preguntenle por cómo aparecía en silla de ruedas en las fiestas, empujado por modelos, y qué pasaba a la mínima de cambio.

Ave atque vale

sábado, 8 de septiembre de 2018

Adios, Ceesepe

Recuerdo que hace poco, caminando los dos por Madrid -en uno de sus descansos entre protestas contra los turistas que abarrotaban su calle Mayor-, se me volvió, me miró con esos ojos selectivamente aburridos que tenía y, sin previo aviso, me espetó a la jeta

- tú y yo damos pena, tío

Yo protesté, claro. La verdad es que los dos nos sentíamos un poco descuidados sentimentalmente, estábamos con un poquito (casi nada, la verdad) de sobrepeso, no íbamos precisamente de Loewe y, en fin... la imagen proyectada no era la de incuestionados líderes de masas.

Pero lo cierto es que a Ceesepe siempre le importó un carajo ser líder. Quería que le dejaran en paz, amaba pintar, odiaba cualquier violencia y, sin querer, soltaba unas invectivas telegráficas que quitaban el hipo, de certeras que eran. A veces alguien le entraba con algo pretendidamente pseudointeresante y, al poco, se volvía al orador, le clavaba la mirada y le soltaba un “tío, deja de dar la vara” con tal sinceridad y profundo agotamiento que succionaba la vitalidad del sujeto-objeto. Ahí acababa la cosa. Cualquier cosa.

Tuvo tanto éxito que quiso terminar solo, y su último cumpleaños lo celebró en una terraza del parque de Atenas, destemplado por la medicación, y solo acompañado de dos hermanos gorditos que, en el fondo y en la superficie, llegaron a quererle en contra de su voluntad. Como tanta otra gente.

Porque esa era la magia de Ceesepe: tenías que quererle, aunque él hiciera lo posible para obstaculizar tal cosa. Hablaba poco, sonreía menos, no se dejaba conocer y, mire Ud., se le quería. Porque era ingenioso e ingenuo; su languidez atraía; sus silencios hablaban. Sus palabras, medidas sin querer, siempre llegaban.
Se dedicó toda su vida a su arte, que evolucionó sin cambiar, porque fue de los únicos con un verdadero estilo propio. Pintaba señoras desnudas porque no sabía pintarlas vestidas, y quería a quien quería. A su núcleo.

Los demás eramos satélites, y nos bastaba.

Finalizo sin hacer el típico exordio cronológico de su vida. Ese es fácil encontrarlo. Yo cierro recordando su lealtad al Hylogui, su veneración por Emma, su aversión a un mendigo de la calle de Arenal que siempre le insultaba, su descubrimiento del banquito del Arranca Thelma; su gusto por toda curva, su miedo a los espacios vacíos y su amor a un arte que, junto con nosotros, siempre le recordará.

Buen viaje, amigo Carlos. La expo de este septiembre de Carlos A. y Carlos C. en la galería DoblEscaparate, como tú la bautizaste, no se anula. Solo se suspende hasta que volvamos a estar todos juntos.

Porque volveremos a estarlo.

miércoles, 27 de junio de 2018

Islandia, de Luisa Cunillé

Mala no, malísima. Para qué voy a mentir... con esas 8 palabras, bastarían. Y no lo pensé yo, lo pensó todo el teatro. Una obra con ínfulas totalmente insatisfechas, con más flecos sin solventar que la chaqueta de un hippy y a la que le sobra, mínimo, una hora. Gracias a Dios por los ojitos movibles de los carteles, y por favor, no metan pins políticos en americanas verdes como quien no quiere la cosa. El buen teatro nunca los necesitó.
El buen teatro

martes, 26 de junio de 2018

el tratamiento, de Pablo Remón

Esta vida es mucho sobre buscar la aprobacion de la figura paterna, la admiracion del grupo de pertenencia y, tambien, saldar deudas con quienes ya no están. Al protagonista/redactor de este tratamiento le marean los intermediarios del show business hasta el punto de erigirse en doctores Frankenstein de un producto que, como diría el ínclito Don Alfonso, ni su padre reconoció. Pero lo aceptó porque, al fin, en materia de recuerdos, no importa cómo (ni con qué) lleguemos, sino el poder preguntar al ausente que tenemos sentado al lado si está orgulloso del hijo que supo seguir adelante, del nieto a quien enseñó a leer o del hermano que tuvo que vivir por los dos.
L.
PS.- lo del guión llevado por el enano, glorioso

sabiduría popular (1)

Mucho de lo bueno en esta vida comienza con un “¿y si...?”; se decide con un “a tomar por culo”, y se zanja por un “que nos quiten lo bailao”

jueves, 14 de junio de 2018

La valentía, de Sanzol




No comprendemos a Sanzol.

Sanzol es un crisol de conocimientos que, debidamente agitados en esa cabeza que tiene, vomitan obras maestras. A la vez, es un creador cuyas vivencias y estados de ánimo utiliza magistralmente para crear, logrando pervivir en el tiempo sobreviviendo, con toda seguridad, a la parca última con la complicidad de ese Robin Goodfellow que tanto ama. Así,la pérdida de sus seres queridos, las crisis existenciales... hasta la necesidad de descansar mentalmente las plasma en obras que resultan joyas. Este último me parece que ha sido el caso con la Valentía.

Hay espectadores que pensaban que asistían al Sanzol de la Respiración, máxime dado el tema (los fantasmas de dos hermanas), y se encontraron con un académico enredo salido de las tripas de la editorial Bruguera más setentera posible. Me imagino a Sanzol, necesitado de descanso, volviendo a la casa de campo de su niñez -probablemente cerca de una carretera- y metiéndose en la misma cama de cuando era niño. Ahí, en la estantería trufada de pegatinas de Naranjito, Caribbean o Samantha Fox, la columna de Mortadelos Especiales, Olés, Sacarinos, TDT.... No me cuesta verlo zambulléndose en las historias de Ibañez, de Vazquez, Raf, Escobar... sobre todo, en Mortadelo y Filemon, Zipi y Zape, las hermanas Gilda y la mítica "fantasmas de alquiler", esa compañía que alquilaba fantasmas para dar sustos a inquilinos molestos, gamberros, vecinos ruidosos o plagas destructoras de cultivos.

Porque ahí está la valentía: las hermanas Gilda, peleándose y amándose a la vez; Mortadelo y Filemon (o tambien Pepe Gotera y Otilio), con las mismas ropas a lo Zipi y Zape, repitiendo chapuza tras chapuza; la rent-a-ghost Ltd. de Reg Parlett ... incluso el Mac Latha de Sir Tim O'Theo, todos respiran esa valentía de Sanzol que, a la sazón, es triple: la Valentía de esa solución definitiva silenciosamente pergeñada por la hermana; la del elenco de influencias de una niñez no del todo perdida y, en fin, la de un director que, como Alfredo Sanzol, se ve capaz de pergeñar tragedia y comedia.

Con el mismo éxito abrumador.

miércoles, 13 de junio de 2018

mind at ease

Take my hand,
lead me through all paths
deposit me in the shores of oblivion.
Let’s end the pain,
embrace absences,
just breath, flow, be:
a soft nothing and everything
with a wandering,
happily distracted,
-at last in peace-
mind.

sábado, 2 de junio de 2018

El Pericles de Shakespeare, por Declan Donnellan y Nick Ormerod

Si algo demuestra que Shakespeare era un solo hombre, y no un colectivo, son sus obras crepusculares, en especial Pericles y la Tempestad. Ambas hablan de la entropía del amor, de la necesidad de que los círculos se cierren y, a la par, de que ficcion y realidad son espejos enfrentados que se necesitan y, finalmente, funden.

Tal matiz es gloriosamente aprehendido por Donnellan y su eterna pareja profesional -y personal-, arrojando como resultado una obra cuya complejidad inicial e ínsita es superada recurriendo a las realidades (o  ficciones) superpuestas. En este caso, el relato del principe de Tiro se combina con el de los ultimos días de un padre, alrededor de cuya cama de hospital se logra congregar su familia para un adios último. Esa sencilla cama se va convirtiendo, merced a la magia de Ormerod, en nave, tumba, divan de prostíbulo y muchos otros atrezzos imaginarios de la ficcion, en una representacion fluida, sobria y engranada donde se logra lo que pocos hubieran logrado: el disfrute de una de las obras mas complejas de Shakespeare y la transmision de su mensaje último.

Al final de la obra la magnífica pareja, brillante en la sencillez que solo se puede permitir la grandeza, me comentaba el privilegio de poder compartir su obra con el mundo, opinion que fue el unico fallo de una velada perfecta por emotiva. 

El privilegio fue nuestro

viernes, 1 de junio de 2018

el Onis

https://vimeo.com/zurdezas/lentejastrailer?ref=em-v-share
 
Todo era más fácil en el Onis.

En ese bar que hacía esquina con Ruda y Toledo, todo era sencillo. Ismael cocinaba, Claudio llevaba las mesas y Tomas, Nicolas y Gregorio estaban tras la barra, 15 horas al día, de lunes a domingo -salvo miercoles, menudo descansazo-.

Allí servían los mejores picatostes de Madrid, la mejor oreja, los mejores bocatas de tortilla.... Allí, la caña de los domingos se acompañaba de su religiosa tapa de paella, y una misma lata de Coca Cola daba para tres (hasta cuatro, si eras amigo) cubatas. Allí compartían barra actores, jubilados, chamarileros del Rastro, jueces, hijos sexagenarios viviendo con madres pequeñas como pajaritos y gastadas como biblias de motel.... Allí estaba Madrid. 

En el Onis compartían el As o el Marca los sueños intonsos de los recien jóvenes con los sueños rotos de los tempranamente viejos; se miraban a los ojos y se sonreían, unos por inocentes, otros por sabios. Por Navidades, junto con la cuenta te deslizaban en el platillo el mechero con la publi, el calendario con la pechugona, la linterna multiusos, las participaciones de Navidad con el cartel de toros, y cada día del año olía a ese Madrid que no necesitaba calificativos, extravagancias o santificaciones más allá de las que pudiera impartir el cercano San Isidro o esa virgencita que, escondida en la balda entre trofeos, esculturas de las destilerías y homenajes del pueblo, parecía sacada de un cuentín de Guareschi.

El Onis cerró el 8 de noviembre de 2016, el mismo día que Donald Trump ganó las elecciones. Y a fecha de hoy, todavía creo que fue el destino el que hizo coincidir los días, para hacer ver que lo importante para unos es banal para otros. Que a esa ancianita que iba cada mañana con su hermana a por su cortado y su tostada perfecta, ese señor de pelo ridículo y gestos grandilocuentes le traía al pairo, porque no iba a conseguir que reabrieran su bar. Mi bar, el bar de Pablete, de José, de Olga, de Jorge... porque el Onis era de todos, y si pagábamos no era por la comida, sino por la terapia y la palabra amable y cómplice.

El Onis se cerró (recuerdo el día que Trump ganó porque coincide con ese día). Al poco, lo llevaban unos hipster gentrificadores, y despues se convirtió en algo que no logro identificar. 

No he conseguido volver.